A principios de marzo, nueve días después de iniciar su guerra con Irán, el presidente Donald Trump ofreció una conferencia de prensa para presumir su “éxito militar, como la gente nunca ha visto”.
“Estamos ganando de manera muy contundente”, afirmó, y “el resultado será precios del petróleo más bajos”.
Peter Navarro, consejero principal de la Casa Blanca, escribió en marzo un ensayo explicando por qué: “La guerra con Irán bajará los precios de la energía”. El secretario de Defensa Pete Hegseth anunció en abril “una victoria histórica y contundente” que había dejado a Irán “sin capacidad de combate durante años”.
En cambio, la guerra de Trump contra Irán debería enseñarse durante décadas como un modelo de cómo no conducir ni la guerra ni la política exterior. Es un ejemplo de cómo la soberbia puede inundar una presidencia y llevarla a buscar soluciones militares para problemas globales complicados, y, en el proceso, empeorarlo todo.
Ahora Trump se encuentra atrapado como en la obra de Sartre “A puerta cerrada”.
“La inquietante realidad es que el conflicto está lejos de terminar”, escribe Ali Vaez, del International Crisis Group, en un ensayo para Foreign Affairs titulado “La nueva guerra eterna”.
Aun así, persiste la miopía trumpista, con una administración que sigue asegurando que su presión sobre Irán es un éxito rotundo. “El bloqueo está funcionando; está funcionando como nada que hayamos visto antes”, dijo el secretario del Tesoro, Scott Bessent, a Fox News en septiembre.
Mmm. Los precios del diésel en algunos puntos de California han llegado a 9.99 dólares por galón (2.64 dólares por litro), el precio máximo que esas bombas pueden mostrar. Estados Unidos ya ha gastado más de 43,000 millones de dólares en la guerra, según una estimación conservadora del Pentágono, suficiente dinero para ofrecer un año de universidad gratuita a cada familia estadounidense que gane menos de 125,000 dólares anuales. Los precios más altos provocados por la guerra le han costado a la familia estadounidense promedio alrededor de 1,000 dólares, según el economista Mark Zandi. De manera más amplia, hemos agotado nuestro arsenal, cobrado vidas estadounidenses e iraníes, posiblemente cometido crímenes de guerra, expuesto vulnerabilidades estadounidenses, perdido en la práctica el acceso a algunas bases y debilitado la credibilidad militar de Estados Unidos hasta en zonas tan lejanas como el este de Asia.
Frente a todo esto, la administración Trump cree tener la ventaja gracias a la presión económica que el bloqueo le está generando a Irán.
Bueno, tal vez. Es cierto que la economía iraní es una catástrofe y que los iraníes comunes —la gente a la que se supone debemos estar ayudando— están sufriendo enormemente. El tipo de cambio ahora es de más de 2.5 millones de riales por dólar, una décima parte del valor que tenía el rial en 2021.
Sin embargo, Washington no parece entender que, en lugar de rendirse, Irán podría optar por escalar. “Han llegado a la conclusión de que la única manera en que sobreviven es abriéndose paso a tiros”, dijo Vali Nasr, experto en Irán de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de Johns Hopkins. Sugirió que Irán podría intensificar los ataques contra embarcaciones y, especialmente si es atacado, golpear infraestructura petrolera en la zona del golfo Pérsico.
Temo que Esfandyar Batmanghelidj, analista sobre Irán en un centro de estudios británico, tenga razón cuando dice: “Irán no ha desatado una campaña de tierra arrasada, pero podría hacerlo si la situación actual se prolonga demasiado. Eso es lo que le preocupa a todo el que de verdad sigue de cerca esta región y sus dinámicas”.
Es difícil imaginar que se llegue a un acuerdo, en parte porque tanto Trump como Irán tienen un historial de sobreextenderse. No ayuda que los principales negociadores de Trump, Jared Kushner y Steve Witkoff, sean inversionistas inmobiliarios elegidos por su cercanía con Trump y no, digamos, por su habilidad diplomática.
Los líderes iraníes también parecen envalentonados. Ahmad Vahidi, comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria de Irán, se jactó en agosto de que Irán había puesto a Estados Unidos “de rodillas”. El canciller Abbas Araghchi le dijo al programa “Meet the Press” que Irán estaba plenamente preparado para una nueva ronda de combates, “incluso si se llega a una guerra apocalíptica”.
Uno de los pocos temas en los que coincido con Trump es la importancia primordial de evitar que Irán obtenga armas nucleares. En su discurso ante las Naciones Unidas —aquel en el que reflexionó sobre si debía “aniquilar a la República Islámica y hacerlo rápido”— insistió en que “Irán nunca tendrá un arma nuclear”.
Eso es fácil de decir. Pero la guerra de Trump podría, en realidad, haber aumentado la probabilidad de que Irán busque desarrollar un arma nuclear.
La guerra de Trump comenzó con el asesinato del anterior líder supremo, quien había emitido una fetua en la que declaraba que Irán no desarrollaría armas nucleares. El nuevo líder supremo, su hijo, no hereda esa fetua y no ha emitido una propia, así que ahora “hay una conversación seria en Irán” sobre buscar armas nucleares, dijo Nasr.
Una nueva propuesta ante el Parlamento iraní plantea retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear, y 32 figuras iraníes han pedido que el país lo haga. Eso sería un cataclismo.
“Cualquier otro país que no fuera Irán se habría retirado del TNP si hubiera sido tratado de la misma manera”, dijo Araghchi a reporteros.
Deberíamos tomarnos en serio estas advertencias.
Una de las razones por las que los profesores enseñarán la guerra de Trump como un ejemplo de mala praxis militar es que encaja perfectamente en un patrón más amplio de políticas estadounidenses contraproducentes hacia Irán. Yo deploro la brutalidad, la corrupción y la incompetencia económica de los gobernantes de Irán, así que me resulta indignante que Estados Unidos haya empoderado una y otra vez a los extremistas iraníes.
Primero, Estados Unidos ayudó a derrocar a un primer ministro elegido democráticamente en 1953, lo cual avivó el nacionalismo y agrió la relación de los iraníes con Occidente. Luego, en las décadas de 1960 y 1970, Estados Unidos le dio a Irán un reactor nuclear, respaldó a un sha cada vez más autoritario y se excedió de maneras que ayudaron a que el ayatolá Ruhollah Jomeiní se convirtiera en una fuerza nacional al denunciar el imperialismo estadounidense.
La guerra de Irak de 2003, emprendida por el presidente George W. Bush, derrocó a Sadam Husein, enemigo de Irán, y empoderó a milicias chiitas que apoyan a Irán. En 2018, Trump anunció su retiro del pacto nuclear que Obama había firmado con Irán. El broche final de esta “marcha de la insensatez”, por tomar prestada una frase de la historiadora Barbara Tuchman, fue la guerra de Trump contra Irán este año, la cual ha fortalecido a los sectores militares más duros en Teherán y les ha permitido proyectar mayor poder sobre el golfo Pérsico y los mercados petroleros globales.
Eso es lo que me parece particularmente digno de estudiarse: cómo es que, durante tres cuartos de siglo, los estadounidenses hemos manejado tan mal nuestra política exterior que hemos empoderado sistemáticamente a los extremistas iraníes. Ellos nos llaman el “Gran Satán”, pero, en realidad, nuestra ineptitud nos ha convertido en sus benefactores.