A estas alturas de la trayectoria de Trump, conocemos de sobra los métodos del presidente: negar todo, no disculparse por nada. Acaparar el protagonismo. Contraatacar, devolver el golpe, contrademandar. Declarar siempre la victoria, incluso cuando se pierde (especialmente cuando se pierde). El resentimiento vende. El nativismo vende. La crueldad, si es que aún no es algo normal, se convierte en la norma. Las reglas y las tradiciones son para los incautos; todo el mundo es, si no corrupto, al menos corruptible.
Estos son los instintos del presidente Donald Trump, sí. Pero antes de ser suyos, fueron de Roy Cohn. El nuevo libro de Kai Bird, American Scoundrel, escrito junto a Susan Goldmark (esposa de Bird y su investigadora principal), es una biografía de Cohn, el siniestro abogado del siglo XX que actuó como asesor jurídico principal de Joe McCarthy cuando el senador de Wisconsin sembraba el pánico anticomunista en Estados Unidos, y que también representó a Trump cuando el joven promotor inmobiliario intentaba eludir las acusaciones de discriminación contra posibles inquilinos afroamericanos. American Scoundrel es, en gran medida, un libro que explica cómo llegamos a la situación actual, mostrando cómo la astucia, la paranoia y la desfachatez de Cohn guiaron a McCarthy, influyeron en Trump y se arraigaron profundamente en Estados Unidos.
Al día siguiente de ganar las elecciones de 2016, Trump habló por teléfono con Roger Stone, su amigo, asesor y antiguo aliado de Cohn. “¿No crees que a Roy le habría encantado ver este momento?”, comentó con nostalgia el presidente electo sobre Cohn, fallecido en 1986. “Cómo le echamos de menos”. Apenas unos meses después, cuando el presidente se enfureció porque Jeff Sessions —entonces fiscal general— no le protegía lo suficiente, un Trump indignado exclamó: “¿Dónde está mi Roy Cohn?”.
Si realmente quería encontrar a Cohn, lo único que tenía que hacer Trump era mirarse al espejo.
Los paralelismos entre Cohn y Trump son evidentes en casi todas las páginas de American Scoundrel, hasta el punto de que Bird apenas necesita señalarlos. Desde joven, por ejemplo, Cohn sacó partido de la influencia de su padre, un juez de Nueva York, tal como Trump se apoyaría en la fortuna y los contactos de su propio padre, Fred Trump. A los 16 años, Cohn libró a uno de sus profesores de una multa de tráfico llamando a la comisaría —“Estoy seguro de que sabe quién es mi padre”— y, más tarde, se valió de la influencia paterna para conseguir un puesto como fiscal federal adjunto en Nueva York.
Cohn se obsesionó con divulgar sus logros —“No lo consideraba una victoria si el mundo no se enteraba”— y cultivó relaciones con columnistas de crónica social para mantenerse en los titulares (no es que necesitara mucha ayuda: el papel de Cohn en el procesamiento de Julius y Ethel Rosenberg consolidó su nombre en los círculos jurídicos y anticomunistas, incluso antes de que su trabajo para McCarthy lo convirtiera en una figura nacional). Para Cohn, “la lealtad personal lo era todo”, escribe Bird, y su desprecio por las formalidades legales quedaba patente en su máxima: “No me hables de la ley. Háblame del juez”.
Era incluso pésimo a la hora de pagar sus facturas, “otra lección que Trump aprendió de Cohn”, señala Bird. Al igual que su protegido, Cohn fue acusado formalmente en varias ocasiones y estuvo constantemente bajo auditoría del IRS (la agencia tributaria estadounidense). En su fiesta de cumpleaños de 1980, sus amigos le regalaron un pastel que mostraba su propio rostro con gesto adusto (no se sabe si había camisetas disponibles). Quienes conocían a ambos hombres reconocían que algunos de los tics verbales de Trump —como “si quieres saber la verdad” y “puedo decirte”— tienen su origen en Cohn.
A Cohn también le gustaba hablar del tamaño de las multitudes. En 1963, tras declararse inocente de los cargos de perjurio y obstrucción a la justicia, Cohn se situó frente a un tribunal de Manhattan y dijo a los periodistas allí reunidos que era “la multitud más grande que he visto desde las audiencias del Ejército contra McCarthy”. Y cuando organizó una fiesta en Washington para celebrar la elección de Ronald Reagan en 1980, Cohn presumió de las celebridades asistentes (Barbara Walters y Andy Warhol, entre otros) y se jactó de que “tuvimos la multitud más grande”.
Ah, y Cohn también lucía un bronceado permanente.
Más allá del estilo y el temperamento, Cohn y Trump compartían un mismo molde político. Cohn “destacaba en la política performativa”, escribe Bird: pretendía defender a la clase trabajadora mientras se desplazaba en un Rolls-Royce u organizaba fiestas a bordo de su yate, el Defiance. Ambos hombres veían la historia “a través de un prisma teñido por la conspiración”, tachando a sus rivales de comunistas, radicales o miembros del “Estado profundo”. En un perfil de 1978 escrito por Ken Auletta —y citado por Bird—, Cohn arremete contra los liberales por creer que “debemos ser amados por el resto del mundo, que en realidad nos odia”, en lugar de centrarse en los intereses nacionales. “No hay nada particularmente original en los instintos machistas de Trump en política exterior”, sostiene Bird. Provenían de Cohn.
“El macartismo de la década de 1950”, escribe Bird, “evolucionó hacia una política nativista y partidaria del ‘Estados Unidos primero’ que transformó al Partido Republicano moderno en un partido de resentimiento contra el antiguo establishment, contra el multiculturalismo, la globalización y la cultura liberal”; en este proceso, Cohn actuó como nexo entre McCarthy y Trump. Al leer American Scoundrel, a veces me preguntaba por qué el título no estaba en plural.
Un periodista que entrevistó a fondo a Cohn ofreció una valoración que bien podría aplicarse a Trump: “Albergaba un cúmulo de prejuicios apenas disimulados que exhibía siempre que alguno de ellos le convenía, siempre que le resultaban útiles”. La pregunta para nuestra época es: ¿durante cuánto tiempo seguirán siendo útiles?
“El macartismo de Roy Cohn sobreviviría mucho tiempo a McCarthy y envenenaría el panorama político estadounidense durante las décadas venideras”, escribe Bird. El trumpismo también podría mutar y perdurar, incluso cuando el propio Trump —agobiado por conflictos, desgastado por una baja aprobación pública y ralentizado por la edad— comience a desaparecer de la escena.
“¿Por qué McCarthy cayó en desgracia, pero no el macartismo?”, se pregunta Bird. En parte, concluye, se debió a que el presidente Dwight Eisenhower se negó a atacar directamente al senador, a pesar de las insistentes peticiones de sus asesores —incluido su hermano menor, Milton Eisenhower—, quienes le instaban a “hacer pedazos a McCarthy”. Aunque el macartismo dividía al país y contaminaba al Partido Republicano, el presidente “nunca asumió el riesgo político de ridiculizar las premisas de McCarthy”, señala Bird. Eisenhower decidió que ignorar al senador era mejor que darle relevancia mediante una confrontación directa.
¿Cuántas veces hemos visto cálculos similares por parte de los líderes republicanos durante los años de Trump, con resultados dolorosos y predecibles? La transición de la diversión a la consternación, pasando por la tolerancia y finalmente la capitulación, ha sido breve pero abrupta, y es posible que permanezcamos estancados en el fondo durante un tiempo. La paranoia del macartismo “persistió como un rasgo habitual de la vida estadounidense” mucho después de que McCarthy abandonara la escena, escribe Bird, dejando “una herida supurante en la psique de la nación”. Trump, bajo la tutela de un antiguo colaborador de McCarthy, aprendió a hurgar en esa herida, asegurándose de que siguiera sangrando.
Bird es un cronista del establishment estadounidense; entre los protagonistas de sus obras anteriores figuran presidentes como Jimmy Carter, asesores como McGeorge Bundy y científicos como Robert Oppenheimer. Cohn rondaba los márgenes de estas historias como una fuerza antisistema que, al mismo tiempo, se alimentaba del establishment y lo saboteaba. Ahora, con Trump, la política de Cohn ha triunfado; el establishment ha sido desplazado, cooptado y emasculado. Lo que queda, escribe Bird, es una “contranarrativa subversiva” del poder estadounidense.
En una entrevista con periodistas del Times a principios de este año, Trump afirmó que el único límite que percibía para su poder era, bueno, él mismo. “Mi propia moralidad”, dijo. “Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Bird no establece esta comparación, pero las palabras de Trump evocan —una vez más— las que Cohn pronunció en una entrevista para Penthouse hace 45 años: “Decidí hace mucho tiempo establecer mis propias reglas”, dijo, “actuar según mis propias decisiones, mis propios juicios y mi propia conciencia”.
¿Dónde está nuestro Roy Cohn? Sentado en el Despacho Oval.