Pregunta de trivia: ¿qué país supera a Haití, Somalia y el Congo como nación morosa y fuera de la ley?

Respuesta: en los pasillos de las Naciones Unidas, es nada menos que Estados Unidos.

La administración Trump está en mora con sus cuotas ante la ONU, mientras que 141 países —incluidos los mencionados arriba— están al corriente. Y mientras otros países al menos aparentan promover la paz en el espíritu de las Naciones Unidas, el presidente Donald Trump usó su discurso ante la ONU para amenazar con “aniquilar” a Irán y “mandarlo al infierno”. Fue un caso poco común de un líder mundial que sube al podio de la ONU para reflexionar en voz alta sobre si cometer lo que suena a genocidio.

Todo esto subraya una tragedia de nuestra era: hay unos 130 conflictos armados en curso alrededor del mundo, más del doble que en 2009, según el Comité Internacional de la Cruz Roja, y una proporción cada vez mayor de los desafíos que nos aquejan son internacionales y requieren soluciones multilaterales; sin embargo, las grandes potencias están marginando a las Naciones Unidas y volviéndola aún menos eficaz de lo habitual.

Los precios de los combustibles se disparan. La guerra de Trump contra Irán se ha extendido a Yemen y el mar Rojo. Rusia realiza los llamados ataques de “zona gris” en Europa. Existe el riesgo de una guerra con China por Taiwán o el mar de China Meridional. Las drogas, las epidemias, la inteligencia artificial, el hackeo informático, el terrorismo, la trata de personas, el cambio climático, la hambruna que se avecina en Somalia, el costo de la guerra en Ucrania, Sudán y la Franja de Gaza: todos estos desafíos exigen respuestas conjuntas, y las Naciones Unidas son el foro obvio para desarrollarlas.

Y sin embargo, para muchos de estos problemas, las Naciones Unidas se están volviendo casi irrelevantes.

El año pasado, Trump calificó a la ONU de estar llena de “palabras vacías”, y tenía algo de razón. La organización es una tímida Torre de Babel más eficaz para emitir papeles que para resolver conflictos; el infierno es una reunión de la ONU.

Muchas veces, a lo largo de los años, he querido darme de topes contra la pared de frustración con la burocracia de la ONU. En 2009, cuando cubría el genocidio en la región sudanesa de Darfur junto con George Clooney, la ONU retiró nuestra escolta de seguridad por temor a ser asociada con cualquier crítica que Clooney pudiera hacer contra Sudán por cometer genocidio. Cuando masacraron a bosnios, ruandeses y yazidíes, la ONU titubeó.

“El costo se mide en vidas”, dijo Nadia Murad, premio Nobel de la Paz, cuya región yazidí en Irak fue rodeada por combatientes del Estado Islámico en 2014 durante casi dos semanas. “Nadie vino a ayudarnos”, me dijo, y terminó secuestrada por el Estado Islámico y siendo violada durante meses. Su madre y sus seis hermanos fueron asesinados.

Y, sin embargo, si bien las Naciones Unidas están periódicamente paralizadas, también son vitales y, a veces, una bendición.

“También he visto a trabajadores de la ONU quedarse en lugares después de que todos los demás se han ido, haciendo un trabajo que nadie más está dispuesto a hacer”, dijo Murad. “Ese trabajo es indispensable. Precisamente por eso la ONU debe hacerlo mejor”.

Los críticos pueden denunciar a los trabajadores de la ONU como “parásitos fatalmente arrogantes”, como los calificó hace unos días el presidente argentino Javier Milei, pero yo he estado bajo la mira de armas junto a valientes humanitarios de la ONU en la República Centroafricana que intentaban llevar ayuda a una zona desesperada después de que otros trabajadores humanitarios habían huido. He visto a trabajadores de la ONU en la primera línea viviendo en contenedores de carga en Somalia, durmiendo en tiendas de campaña en Sudán del Sur, conduciendo por caminos peligrosos en el Congo y plantándose ante hombres armados en Yemen, arriesgando sus vidas para salvar a niños de la guerra, la violación y la enfermedad.

Uno de los héroes del siglo XX fue James P. Grant, quien dirigió UNICEF y en 1982 diseñó la revolución de la supervivencia infantil. Él y su equipo emplearon vacunas y un mejor tratamiento de la diarrea para salvar 25 millones de vidas durante su vida, y muchísimas millones más desde entonces.

¿Cuándo han hecho los críticos de las Naciones Unidas algo remotamente tan noble?

¿Cuándo han puesto los críticos de las Naciones Unidas su vida en la línea de fuego por otros, como los 136 empleados de la ONU que murieron en cumplimiento de su deber el año pasado? ¿O como los 73 miembros del personal de la ONU actualmente retenidos como prisioneros por los hutíes en Yemen?

Hoy, en el Congo, trabajadores de la ONU combaten el brote de ébola. En Somalia, alimentan a niños hambrientos. En Gaza, distribuyen ayuda. Si Estados Unidos se distinguió durante la guerra entre Israel y Hamás en Gaza por proporcionar bombas de 907 kilogramos que Israel utilizó para destruir vecindarios enteros, las Naciones Unidas se distinguieron por intentar lograr la paz y hacer llegar la ayuda a través de los puestos de control israelíes.

¿Cuál es lo opuesto al multilateralismo de la ONU? Es la invasión rusa de Ucrania. Es el ataque de Trump contra Irán. Es Elon Musk “metiendo a la USAID en la trituradora de madera”, como él mismo lo dijo, algo que, según un cálculo, ha costado más de 750,000 vidas. Así que, pese a toda mi impaciencia con la lenta burocracia de la ONU, prefiero quedarme con las Naciones Unidas antes que con el jingoísmo y el capricho de las grandes potencias.

Lo que está en juego no es solo la ONU en sí, sino la arquitectura global más amplia. Los golpes de Trump contra la OTAN son un regalo para Rusia. Su embestida contra la Corte Penal Internacional es un regalo para los señores de la guerra. Su retiro de la Organización Mundial de la Salud es un regalo para los virus.

Se supone que las Naciones Unidas elegirán este año a un nuevo secretario general, y este es un momento en que el mundo necesita un líder carismático y franco que pueda usar el poder de su tribuna para enfrentar las crisis de seguridad y humanitarias del planeta. Lamentablemente, eso parece ser exactamente lo que Estados Unidos, China y Rusia están decididos a evitar.

Existe una preocupación creciente de que Trump, Xi Jinping y Vladimir Putin no logren ponerse de acuerdo sobre ninguno de los candidatos actuales a secretario general, y que terminen optando por algún “caballo negro” inocuo, tan tibio e inofensivo que la ONU quede aún más marginada y debilitada.

El resultado sería, muy probablemente, más brotes de ébola, más guerra, más parálisis frente a las amenazas comunes que enfrenta la humanidad, y más oscuridad descendiendo sobre nuestro planeta.