París, Francia.- Con sólo 28 años, la nativa de California no puede evitar soñar con jugar frente a un público local en los Juegos de Los Ángeles 2028, pero sus padres están menos entusiasmados.

"Siempre tratamos de convencerla de que deje de jugar", dice Linda Liu, su madre. "Sólo queremos que tenga un trabajo normal".

Así, resulta que ni siquiera la estadounidense más condecorada de todos los tiempos en su deporte puede escapar de la presión de sus padres respecto a su profesión.

Es un giro olímpico al eterno conflicto entre hijos que van tras empleos soñados poco convencionales y padres que presionan por un empleo de 9:00 AM a 5:00 PM. Además de soportar consejos profesionales frecuentes y no solicitados de mamá y papá, lo que más molesta a Zhang es que reconoce que tienen razón.

Por cada Simone Biles o Michael Phelps que convierten el éxito olímpico en una fortuna, docenas más sobreviven a duras penas en deportes menos glamorosos. Vuelan solos, en clase turista, a encuentros distantes en el circuito internacional, compitiendo por escasos premios monetarios y patrocinios.

Una mala racha o una rotura de ligamento podrían poner fin a todo. "Pueden suceder tantas cosas que pueden quitarte la estabilidad en un instante", reconoce Zhang.

La ironía es que Linda Liu y Bob Zhang ayudaron a convertir a su hija en una estrella del tenis de mesa. Los inmigrantes de China querían transmitir el deporte nacional de su país natal a sus descendientes. Entonces, en un pequeño departamento en Palo Alto, la mesa de ping-pong cumplía una doble función.

"También era la mesa del comedor", recuerda Lily Zhang. "Simplemente le poníamos un mantel encima y luego comíamos".

Convertida en un prodigio a los 10 años, empezó a pasar los veranos en China practicando con equipos provinciales que alimentan al equipo nacional. Para ella, fue una oportunidad para perfeccionar sus habilidades y aprender los secretos de por qué China ha ganado 32 de 37 medallas de oro posibles desde que el tenis de mesa se convirtió en deporte olímpico en 1988: los atletas chinos entrenan hasta nueve horas al día, cuatro veces lo que hace Zhang en Estados Unidos.

Para sus padres, el tenis de mesa era una oportunidad para apuntalar sus solicitudes universitarias. "Si jugaba a un alto nivel, le ayudaría a entrar a una buena escuela", anota Liu, su madre.

A los 16 años compitió en los Juegos de Londres 2012. Aunque perdió su primer partido, sus padres lo consideraron una victoria contundente. "Dijeron, OK, tienes los Juegos Olímpicos, los tienes en tus solicitudes universitarias y ahora puedes concentrarte en los estudios", señala Zhang.

Después de eso, prácticamente dejó el tenis de mesa. Luego, cuando era estudiante de primer año en la Universidad de California, en Berkeley, sintió que algo le faltaba. Quería tomarse un año sabático y entrenar para los próximos Juegos de Verano, pero su madre lo desaprobó.

"Ya fuiste a los Juegos Olímpicos de Londres", le dijo Liu en ese momento. "Es suficiente".

Liu dice que el conflicto surge de brechas generacionales y culturales. "Somos padres chinos tradicionales... Siempre queremos que ella se concentre en la escuela; siempre quise que consiguiera un trabajo y fuera una chica normal".

Jun Gao, entrenador del equipo de EU, dijo que esta perspectiva ha terminado con las carreras atléticas de otros prometedores atletas olímpicos de tenis de mesa de EU, que han sido en su mayoría asiático-estadounidenses. "Es por eso que ves a tantos jugadores talentosos, hombres y mujeres, decir adiós después de llegar a la universidad", expuso Gao, medallista de plata de China que comenzó a entrenar equipos nacionales de EU hace ocho años.

"Juego porque me hace feliz, porque es una de las mayores pasiones de mi vida", dice Zhang. "No quería mirar en retrospectiva dentro de 30 o 40 años y arrepentirme de no haber tomado esa oportunidad".

Mamá y papá se relajaron. "Siempre es decisión suya", apunta Bob Zhang. Entonces la ayudaron. Le dieron techo y comida durante el año sabático, le pagaron los vuelos a las competencias y la animaron en los Juegos de Río 2016, donde mejoró respecto a Londres al llegar a la tercera ronda.

Después de graduarse de la universidad con una licenciatura en psicología, regresó a los Juegos Olímpicos en el 2021 e igualó su resultado en Río. Luego se unió al circuito profesional, volando sin entrenadores ni compañeros de equipo a competencias con premios en efectivo variables.

Este año, salidas tempranas en torneos más importantes en Jeddah, Arabia Saudita y Chongqing, China, le redituaron 11 mil dólares cada vez. Pero ganar una competencia en Manchester, Inglaterra, le dio sólo 650 dólares. Ahora también recibe ingresos de su patrocinador, el fabricante de equipos de tenis de mesa Joola.

Zhang, sembrada número 19 y la mejor jugadora de tenis de mesa estadounidense en París, ya se ha vuelto viral. Cuando cientos de atletas estadounidenses iban a bordo de un barco durante la ceremonia de apertura, el basquetbolista Stephen Curry llevó a Zhang y sus compañeras de equipo a Anthony Edwards y le dijo al joven y aguerrido superestrella del basquetbol que estas mujeres lo dejarían mordiendo el polvo en ping pong, 21-0.

"No lo creo", contestó Edwards. "Anotaré un punto".

"Ni de chiste", dijo Curry.

El lunes pasado demostró por qué esa idea es completamente absurda. Con Edwards en las gradas, Zhang lanzó dos impresionantes golpes de derecha para sorprender a la brasileña Bruna Takahashi.

Los padres de Zhang también observaron con orgullo cómo ella lograba la mayor victoria de su carrera olímpica, pero eso no significa que hayan cambiado de opinión. "Ser deportista de ping-pong no es estable", reitera su madre.

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