Nueva York, Estados Unidos.- El desempleo está en aumento, las acciones están cayendo y los rendimientos de los bonos están muy por debajo de las tasas de interés a corto plazo. Todas estas son señales delatoras de recesión.

Pero una mirada más cercana sugiere que aunque ha aumentado el riesgo de recesión, Estados Unidos no se encuentra en una en estos momentos. La distinción es crucial porque significa que no es demasiado tarde para evitar una desaceleración. Todo depende de la Reserva Federal y de los estados de ánimo impredecibles de los inversionistas, consumidores y patrones.

Dos acontecimientos están impulsando los rumores sobre la recesión. El primero es la liquidación del mercado de valores, que no fue provocada por noticias sobre la economía estadounidense, sino por la decisión del Banco de Japón hace una semana de endurecer la política monetaria.

El segundo evento se produjo días después, cuando se reportó que la tasa de desempleo de Estados Unidos había saltado a 4.3% en julio contra 4.1% en junio y 3.4% el año pasado, desencadenando una regla general popular que dice que Estados Unidos está en recesión.

Una recesión no es un interruptor que se activa o desactiva arbitrariamente; es un proceso: un ciclo que se refuerza a sí mismo de debilitamiento del gasto, el empleo y los ingresos, generalmente detonado por condiciones financieras apretadas como altas tasas de interés o una crisis crediticia, o un shock como un aumento a los precios del petróleo o, en el 2020, una pandemia.

El aumento del desempleo a la fecha, de acuerdo con una regla empírica popularizada por la economista Claudia Sahm, en el pasado sólo se ha producido durante recesiones. Sin embargo, ésta no es la definición de recesión. Ni siquiera es un indicador principal de recesión, como la curva de rendimiento. Más bien, se correlaciona con las condiciones que existen cuando la académica Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER) ha decidido que Estados Unidos está en recesión. De manera similar, los paraguas abiertos suelen correlacionarse con la declaración de lluvia del servicio meteorológico.

Para saber si está lloviendo, es mejor pararse afuera que contar paraguas. De manera similar, para determinar si ha iniciado una recesión, es mejor observar los indicadores que utiliza el NBER que la regla de Sahm. Tres -el empleo asalariado, la producción industrial y los ingresos reales (ajustados a la inflación), menos las transferencias gubernamentales- se estaban contrayendo en los cuatro meses anteriores al mes en que se activó la regla Sahm en 1990, el 2001 y el 2008. En los tres, una recesión había comenzado varios meses antes.

En los cuatro meses a julio, las nóminas laborales crecieron, y en los tres meses a junio, también lo hicieron los ingresos reales y la producción industrial. Si ya hubiera comenzado una recesión, sería una muy inusual. (Sahm dijo la semana pasada que no creía que una recesión fuera inminente).

Dos salvedades: los datos a menudo se corrigen en torno a las recesiones para que sean más débiles de lo que se informó originalmente, y eso podría suceder con este episodio. En segundo lugar, y más importante, la trayectoria importa. Hasta la fecha, el mercado laboral se ha enfriado lo suficiente como para recuperar un equilibrio saludable. Pero si las fuerzas detrás de ese enfriamiento siguen actuando, el crecimiento lento podría convertirse en una contracción absoluta.

Una de esas fuerzas es el efecto rezagado de los aumentos a las tasas de interés de la Reserva Federal. ¿Será eso suficiente para empujar a Estados Unidos hacia una mayor recesión? Aquí es donde entra en juego el mercado de valores. Si bien la caída del 8.4% en el S&P 500 a la fecha ha sido leve, podría ser una señal de advertencia de que podría comenzar una recesión en los próximos meses. Las recesiones casi siempre van precedidas de una caída en las acciones, aunque no todas las caídas en las acciones han sido seguidas por una recesión.

Importan las razones de un mercado más débil. A veces, los participantes del mercado sobreapalancados se deshacen de acciones por razones que no tienen relación alguna con la economía. El aumento a las tasas del Banco de Japón ha provocado un fuerte aumento del yen, lo que ha obligado a una ola de ventas por parte de inversionistas que habían apostado fuertemente a que se mantuviera bajo.

Que ese desapalancamiento conduzca a una recesión depende de si el sistema financiero también comienza a resquebrajarse, como lo hizo en el 2008. De eso hay pocas señales hasta el momento. Los rendimientos de los bonos del Tesoro apenas cambiaron el lunes. Caerían drásticamente si los inversionistas, presas del pánico, se volcaran en masa a instrumentos seguros.

Sería preocupante si las acciones pronosticaran ganancias y ventas más débiles en el futuro. Dejando a un lado algunos ejemplos destacados, como McDonald's, Intel y Delta Air Lines, las empresas no están diciendo eso. Los analistas redujeron las estimaciones de ganancias el mes pasado en una cantidad promedio, de acuerdo con FactSet.

Por último, la caída en los precios de las acciones puede minar directamente el gasto al reducir la riqueza de los hogares. También tienen un efecto psicológico: las empresas, que ya han puesto freno a las contrataciones, pueden verse incitadas a empezar a despedir trabajadores. Eso puede repercutir en los precios de las acciones y otras condiciones financieras, en un ciclo que se refuerza a sí mismo.

La Reserva Federal puede ponerle cortocircuito a ese ciclo recortando las tasas de interés, lo que puede reactivar la demanda de casas, automóviles y otras compras sensibles a los intereses, impulsar la inversión empresarial y hacer que las acciones sean más atractivas. El miércoles pasado indicó su voluntad de hacerlo en otoño y, como resultado, los rendimientos de los bonos han caído, lo que debería ayudar a la economía al corto plazo.

Sin embargo, los rendimientos de los bonos también están por debajo de las tasas de interés a corto plazo influenciadas por la Reserva Federal. Esta "inversión" de la curva de rendimiento ha precedido con regularidad a las recesiones.

En efecto, el mercado anticipa que en respuesta al riesgo de recesión, la Reserva Federal reduzca las tasas rápida y marcadamente. Sin embargo, ha señalado que sólo lo hará si la inflación se mantiene controlada en los próximos meses. ¿Qué pasa si, en cambio, la inflación es firme? Es probable que eso no dure, en vista de la desaceleración en los aumentos salariales, el mayor desempleo y la caída en los precios del petróleo. Pero si la Reserva Federal no confía en ese pronóstico, puede postergar la reducción y aceptar las consecuencias recesionarias.

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