Primera Parte

Segunda de 3 partes

Chihuahua— El delito que cometió Roberto Armendáriz fue preguntarle a un grupo de soldados, en la pista aérea de Guachochi, si sabrían cuándo habría vuelos nuevamente, suspendidos, eso creía, por una de las intensas nevadas que trae el invierno a la Sierra Tarahumara.

Sin más, fue arrestado y llevado al cuartel militar, donde por varios días lo mantuvieron preso, sometido a golpes, al frío y a descargas eléctricas en los testículos. Ni un motivo dio para quedar detenido, ni un motivo le dieron para saber la razón de su detención.

“Evítame la pena de portarme mal contigo (...) porque la verdad te la sacaremos, eso tenlo por seguro, cabrón”, le dijo uno de los soldados previamente a una de las sesiones de tortura que padeció.

Dedicado al estudio de las manifestaciones culturales indígenas, etnólogo autodidacta, Armendáriz Rivera contaba hasta con una recomendación del Museo Estatal de Arizona de Tucson por sus aportaciones a las colecciones del mismo.

Nada le valió para evitar quedar preso por los soldados participantes de la Operación Cóndor, de acuerdo con lo que documenta el informe final del Mecanismo para la Verdad y el Esclarecimiento Histórico (MEH).

La historia del chihuahuense está plasmada en la segunda parte del volumen dos del informe final del MEH, un documento con miles de hojas, anexos y evidencia de los abusos cometidos por instituciones del Estado mexicano en contra de miles de mexicanos.

Su testimonio es parte de los resultados del trabajo de un equipo de investigadores del MEH que, durante dos años y medio realizó tareas de investigación en 14 entidades de la república, efectuó 227 entrevistas y consultó miles de horas en 42 acervos documentales oficiales.

“Detención arbitraria, tortura y desaparición forzada transitoria”, es lo que padeció, a juicio de los investigadores mexicanos que en diferentes momentos denunciaron la cerrazón de la Secretaría de la Defensa Nacional para colaborar con el esclarecimiento; pero su sufrimiento fue más allá y se extendió por años.

Si su tragedia comenzó en 1979, todavía en el año 2006 padecía las consecuencias al extremo, pues le fue amputada una pierna a causa de las añejas lesiones que hasta la fecha padece, después de 15 días eternos de torturas e incertidumbre sobre lo que pasaría con él.

Su testimonio es parte de los resultados del trabajo de un equipo de investigadores del MEH que, durante dos años y medio realizó tareas de investigación en 14 entidades de la república, efectuó 227 entrevistas y consultó miles de horas en 42 acervos documentales oficiales.

‘¡Ven aquí, cabrón!’

“El etnólogo autodidacta Roberto Armendáriz Rivera fue detenido arbitrariamente en el aeródromo de la comunidad de Guachochi, Chihuahua, el 26 de diciembre de 1979. Fue torturado y desaparecido transitoriamente durante 16 días por elementos del Ejército”, así comienza la reseña de su caso en el informe del MEH.

“La reconstrucción de este caso se hizo a partir de una carta escrita por Roberto Armendáriz el 12 de abril de 2023 y que fue entregada a investigadores del MEH, de la entrevista realizada el 8 de mayo del mismo año en la ciudad de Chihuahua, y de su testimonio público en el evento Diálogo por la Verdad – Noroeste/Occidente, celebrado en la ciudad de Guadalajara, Jalisco el 3 de julio del 2023”.

En aquel foro, con la voz quebrada a momentos durante una intervención de apenas 10 minutos, Armendáriz Rivera se presenta como chihuahuense, nacido el 20 de junio de 1956.

Su padre, policía, fue asesinado por una traición en la que no profundiza, pero asienta el hecho, la orfandad, marcó el resto de su vida. Al quedar huérfano también perdió su oportunidad de estudiar, así que por voluntad más que por escuela, se convirtió en antropólogo.

Se subió al auto, recuerda, de un antropólogo “gringo-canadiense”, quien le dio la oportunidad de emplearse como ayudante. “O gato, como les decimos acá en México”, comenta.

Así, comenzó a hacer realidad el trabajar en el estudio de las culturas y las civilizaciones, lo que le permitió viajar y conocer las entrañas de la Sierra de Chihuahua, región de gran interés por las etnias que conforman los pueblos originarios.

A mediados de diciembre de 1979, Armendáriz se trasladó de la ciudad de Chihuahua al municipio de Guachochi en la misma entidad, con el propósito de continuar sus estudios sobre los usos y costumbres en las comunidades ubicadas en Choguita, La Soledad, Rosanachi, Owivo, Cumbre del Manzano y en el antiguo barrio de la lgusa, localizado en el pueblo de Guachochi, donde está uno de los templos del año 1700, parte de la vieja misión jesuita de Tónachi.

A sus 23 años de edad, cargaba una mochila con ropa, equipo fotográfico y de audio, apuntes y efectivo en dólares que formaban parte del presupuesto con el que había sido dotado por la Universidad Estatal de Arizona, a través de su jefe, el antropólogo extranjero.

Su trabajo era documentar la vida cultural de las etnias y comprar artefactos etnográficos como máscaras, bastones, utensilios y objetos de interés para el estudio de la evolución de las culturas humanas, que podrían servir también para exhibiciones en otras latitudes.

Después de su recorrido y de observar de cerca y durante días los festejos de la temporada, con matachines y danzas tarahumaras, el 26 de diciembre acudió a la pista de aterrizaje de Guachochi para ver si había vuelos al municipio vecino de Morelos, para continuar su labor en la Sierra.

Había amanecido en el hotel Chaparro y las horas previas a emprender su regreso convivió con un ingeniero Samaniego de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), quien luego sería clave para la historia de terror que vivió a partir de ese día.

Inocente –señala– pensó que era buena idea preguntarles a los militares que cuidaban la pista si sería posible abordar alguna aeronave ese día, pues había señales de que el tiempo empeoraría. Malísima idea resultó.

“Ven aquí, cabrón. Quítate tu puta mochila”, fue la respuesta que recibió mientras era sometido, sin explicación alguna del motivo de la inminente detención.

Sospechas sin evidencia

En algún momento de su relato, Armendáriz bota la reveladora carta que envió al MEH y lucha por no quebrarse en llanto, para narrar su historia, mientras se agolpan en su memoria esos recuerdos de hace más de cuatro décadas.

Se recuerda inocente, ingenuo, indefenso, impotente ante el abuso y las agresiones de los militares que comenzaron a insultarlo y a revisar sus pertenencias, encontrándole los 700 dólares que le quedaban de lo que le habían dado sus jefes para realizar su labor; sin más evidencia que su imaginación, los soldados asumieron que era dinero para comprar drogas o producto de la venta de las mismas.

A las 12:00 horas del 26 de diciembre de 1979, el señor Armendáriz ya estaba en una celda de castigo para militares en el cuartel de Guachochi, un espacio de tres por tres metros “con una pinche ventanita por la que entraba el viento”, ese airecito que congela hasta los pensamientos.

Le vendaron los ojos y le amarraron las manos, entre amenazas de que iba a tener que hablar y se quedaría recluido. Su versión ni siquiera fue tomada en cuenta, como tampoco las evidencias de su trabajo etnográfico y antropológico.

Sus penurias apenas comenzaban con la detención, cuando vio que ingresaba al cuartel una camioneta de la CFE cuyo conductor les había dado aventón a unos militares.

Reconoció al chofer de inmediato por la ventanita. “¡Samaniego, avisa a mi familia en Chihuahua, no hice nada malo!”, alcanzó a gritar al ingeniero de la CFE que había conocido la noche previa. El ingeniero, sorprendido, quiso acercarse a preguntar, pero los soldados le ordenaron que se retirara.

“Cállese, cabrón, no vuelva usted a hablar”, con eso, empujones y unas patadas que lo hicieron retorcerse en el suelo, lo hicieron guardar silencio.

Al día siguiente, tras la invernal noche de Guachochi que llegaba a estar entre seis y nueve grados bajo cero, llegaron los soldados a su celda, le destaparon los ojos y un oficial con actitud hostil le exigió que se incorporara, a la vez que le ayudaba a hacerlo.

El oficial le preguntó su nombre, el nombre de cada uno de sus hermanos y sus edades, repitiendo las mismas preguntas.

“Ya con miedo no podía precisar con tantos datos, me tachaban de confundir mis dichos y me pateaban cada vez que miraban mis temerosos titubeos. En ese momento, sus cuestionamientos se tornaron más agresivos, cuando exigieron nombres de las comunidades y personas que suponían yo visitaría para comerciar con enervantes, supuestamente en el área de la barranca de la Sinforosa”, detalla Armendáriz.

La víctima negó las acusaciones, explicó lo mejor que pudo y obtuvo como respuesta un “me vale madre, vas a aflojar porque vas a aflojar”. Además, más patadas y golpes hasta caer al piso; fue atado de manos y vendado de nueva cuenta de los ojos.

“Al siguiente día, entraron tres soldados al lugar donde tenían detenido a Roberto Armendáriz, quien identificó que los elementos del Ejército no traían sus insignias militares, le destaparon los ojos y le patearon sus piernas mientras nuevamente era interrogado. Después de una hora y media de golpes, pidió a uno de los custodios ir al baño”, cita el informe del MEH.

Tampoco le permitieron ir al baño y debió hacer sus necesidades en la ropa, después de haber sido advertido de que se callara.

“Unas horas después, un militar le destapó los ojos, le desamarró las manos y permitió que lavara su pantalones y ropa interior en una pila de agua fría que había en el cuartel. Se puso su ropa mojada y le dieron una taza de café, un plato de frijoles y unas tortillas. Posteriormente, lo llevaron al cuarto donde lo mantuvieron recluido. En el cuarto contiguo oyó la radio que escuchaban los soldados, lo que le permitió saber el día y la hora durante su detención”, asienta el reporte.

La tortura comenzó

Haber permanecido sin comer, sin agua, sin poder ir al baño, golpeado y con temperaturas congelantes en un cuarto de castigo –sólo con una chamarra amarilla que no le quitaron porque no les gustó a los soldados– había sido el comienzo de la verdadera tortura que llegaría a continuación.

“La mañana del 29 de diciembre los soldados ingresaron a la celda donde estaba Armendáriz, le descubrieron los ojos y lo pararon. El oficial que dictaba las órdenes le pidió de nuevo su edad y su nombre, de forma intimidante; el oficial le aseguró que tenía a un pariente suyo de apellido Rivera preso y confeso, quien lo identificaba en sus declaraciones”, según lo consigna el expediente del caso.

“Evítame la pena de portarme mal contigo, porque la verdad te la sacaremos, eso tenlo por seguro, cabrón...”, le insistieron, ante su permanente negativa a confesar algo totalmente ajeno y falso.

“Uno de los soldados tenía un dinamo en forma de cubo en las manos. Adherido al cuerpo del cubo, tenía dos cables, uno positivo y otro negativo, con pincitas para colocarlo en el cuerpo. El dinamo tenía una manivela para producir descargas eléctricas continuas. Los soldados sujetaron a Armendáriz, le taparon su boca, le quitaron su pantalón, ropa interior y le colocaron las pincitas en los testículos”, establece la reseña de su tortura.

“Está en un error, soy inocente”, gritaba a momentos, cuando le destapaban la boca. “Yo no estoy jugando. Así que hablas, porque aún no te ha pasado nada pendejo, entiéndelo, ya te chingaste", le respondía su torturador que ordenó seguir dándole descargas hasta que se desmayó.

En su comparecencia en los Diálogos por la Verdad, el señor Roberto hace esfuerzos porque su voz no se quiebre; a veces eleva el tono para expresar su incredulidad ante lo que le estuvieron haciendo y cómo gritaba su inocencia sin ser escuchado.

Tal vez para el último día del año, los soldados se habían convencido de su inocencia, después de varios días de mantenerlo en las peores condiciones, a tal grado que ya no le importaba nada y hasta les gritaba que su familia lo encontraría, que lo llevaran ante el Ministerio Público y que le permitieran tener un abogado, aunque fuera de oficio.

El primero de enero de 1980, el trato cambió. Le destaparon los ojos, le quitaron las esposas y lo llevaron al comedor de los militares, más calientito de lo que había estado los últimos días.

Uno de los oficiales, mientras le permitía comer, le comentó que podría recuperar su libertad si firmaba un documento donde asentaba que había sido tratado adecuadamente todo el tiempo de su detención. Por miedo y cansancio firmó.

Pese al compromiso, Armendáriz fue mantenido preso días más, sin saber qué pasaría con él. El 7 de enero, un helicóptero aterrizó en medio del corralón del cuartel en Guachochi; fue esposado y vendado de los ojos antes de ser subido a la aeronave.

“Pudo sentir que venían algunas personas con él, se quejaban, estaban dolidos y golpeados”, señala el informe al citar la declaración de la víctima. Media hora después, el helicóptero descendió en el cuartel militar de Choix, Sinaloa. Lo bajaron y lo encerraron en un cuarto junto con más de diez personas.

Una hora y media después, descendió de nuevo el helicóptero y subieron a la aeronave con los ojos tapados y esposado a Armendáriz, quien calcula que el helicóptero estuvo en vuelo durante 40 minutos hasta que descendió en la base militar de Badiraguato, donde estuvo recluido tres días más.

Documentos que señalan los sucesos de los que Roberto fue víctima.

Un error en Guachochi

A eso de las nueve de la mañana del 9 de enero, fue llevado hasta una oficina en donde lo esperaba un oficial de gran rango. Eso supone la víctima porque traía muchas estrellas en su camisola.

“Con amabilidad me hizo sentar, me preguntó mi nombre y mi edad, a la vez que cotejaba alguna lista con algunos nombres, de nuevo se dirigió a mí diciendo que habían cometido un error en Guachochi, en detenerme y traerme hasta Badiraguato, por Io cual me liberarían al día siguiente”, cuenta el afectado en la carta que consigna el informe del MEH.

“Me pidió que me retirara, no sin antes pasar por una sesión de fotos de frente y perfil|, donde se dejaba ver con números horizontales mi estatura, me di cuenta que entonces ellos elaboraban una ficha de registro”.

La mañana del 10 de enero de 1980, Roberto Armendáriz fue liberado. Un vehículo le dio un aventón a Culiacán. Pidió una habitación en un hotel y se comunicó por teléfono con su familia. Seis meses después, Armendáriz regresó a las montañas, seguro de su convicción y sueños, esta vez con cautela y aún con miedo a la Sierra Tarahumara.

Producto de las torturas de los militares, el señor Armendáriz ha vivido con lesiones permanentes.

Una carta fechada el 8 de noviembre de 2022, escrita por el médico Omar Antonio Hernández Hurtado, da cuenta de la amputación de su pierna derecha en el año 2006, por un pseudoaneurisma secundario a un traumatismo antiguo.

Además, perdió el oído derecho al estar expuesto a las extremas temperaturas y a los golpes durante su detención. “Me rompieron mis alas, me robaron mis sueños”, así lo detalla en su denuncia.

Los responsables de esas consecuencias tienen nombre y apellido en el informe del MEH: El cuartel donde fue detenido y torturado dependía de la Quinta Zona Militar, entonces a cargo del general de División Diplomado en Estado Mayor Presidencial, Juan Arévalo Gardoqui.

El cuartel en Choix, Sinaloa y la base de la Fuerza de Tarea Cóndor en Badiraguato, estuvieron al mando del general de Brigada Javier Félix Vázquez, comandante de la Novena Zona Militar en Culiacán; además, su estancia en la base en Badiraguato, donde siguió detenido de forma arbitraria, estaba al mando del general de Brigada Diplomado en Estado Mayor Presidencial Luis Barquera Turcios, comandante de la Fuerza de Tarea Cóndor “V” del 16 de diciembre de 1979 al 31 de mayo de 1980.

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