Washington.- El Presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tenía grandes ambiciones para rehacer el sistema de migración del país, un objetivo que no pudo lograr en sus cuatro años en el poder.

Dijo que protegería la frontera. Prometió que haría que el sistema de asilo funcionara. Se comprometió a proteger a los dreamers. El primer día de su Presidencia, propuso una ley para crear una vía hacia la ciudadanía para millones de migrantes que se encuentran en el país sin permiso legal.

Lo más importante es que aseguró que superaría la división partidista que durante mucho tiempo ha impedido cualquier revisión de un sistema de migración arcaico.

Pero durante cuatro años, la mayoría de esos objetivos se vieron obstaculizados por la necesidad de enfrentar una oleada mundial de personas desplazadas que huían de sus hogares y una decidida oposición republicana que aprovechó escenas de una frontera caótica para bloquear iniciativas y dañar políticamente al Presidente.

Al final, según un análisis de The New York Times, el legado de Biden en materia de migración se limitará en gran medida a su éxito final en la reducción de los cruces fronterizos ilegales a sus niveles más bajos en más de cuatro años.

En el pico de la oleada, a fines de 2023, un cuarto de millón de migrantes cruzaron a Estados Unidos en un solo mes. Ahora, cuando los votantes eligen al próximo Presidente, esa cifra ha caído a alrededor de 50 mil, una cantidad menor que durante partes del mandato de su predecesor Donald Trump.

Pero el sistema de migración que Biden se comprometió a arreglar sigue fundamentalmente defectuoso, y algunas de sus acciones en la frontera trasladaron el problema más profundamente al interior del país.

No se suponía que la frontera fuera el centro de atención del Mandatario cuando asumió el cargo.

Pero a principios de 2021, todo cambió. La pandemia de Covid-19 había aumentado la inestabilidad social y la hambruna en todo el mundo, obligando a la gente a huir de sus hogares.

En la primavera, decenas de miles de niños desesperados cruzaban solos hacia Estados Unidos en busca de refugio. Ese otoño, miles de haitianos que intentaban escapar de la violencia de las pandillas se agolpaban bajo los puentes del lado estadounidense de la frontera con México.

Para hacer frente a la enorme cantidad de personas, Biden hizo dos cosas. Primero, adoptó las medidas de la era Trump para evitar que los migrantes cruzaran la frontera ilegalmente. Mantuvo en vigor la prohibición del magnate de cruzar la frontera durante la pandemia. Y cuando finalmente se levantó ese veto, impuso sus propias restricciones similares a las empleadas por el republicano.

Al mismo tiempo, buscó aliviar la presión en la frontera con nuevas formas para que alrededor de 1.3 millones de indocumentados ingresen a Estados Unidos sin tener que cruzar el Río Bravo o escabullirse por el desierto.

Un programa permitió a los migrantes con patrocinadores financieros migrar desde Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela. Otros se centraron en Ucrania y Afganistán. Una nueva aplicación para teléfonos permite a los migrantes concertar citas para cruzar la frontera en un puerto de entrada oficial.

Ambos esfuerzos de Biden ayudaron a reducir el número de cruces ilegales, junto con la ayuda del Gobierno mexicano, que intensificó la vigilancia en su lado de la frontera.

Pero lo que la Administración llamó una estrategia "equilibrada" resultó en la entrada de muchos migrantes que ahora viven en ciudades de todo el país y cuyo estatus legal es incierto.