Parece una broma de mal gusto, casi un chiste involuntario. Entregar la medalla del Premio Nobel de la Paz a un hombre cuya trayectoria bélica y retórica agresiva lo coloca a años luz de cualquier noción de pacifismo. María Corina Machado, líder opositora venezolana y flamante galardonada con el Nobel el año pasado, se sentó a comer con Donald Trump en la Casa Blanca y con gesto solemne le presentó la medalla del Premio Nobel de la Paz.

No quedó claro si Trump aceptó el premio, aunque sus redes dejaron patente su indignación. Ocho guerras terminadas sin ayuda de nadie y un insulto tácito a Noruega por no otorgarle la presea. A juzgar por la ortografía y la generalización geopolítica, Machado tal vez no leyó el reglamento completo, o tal vez piensa que el Comité Nobel es un bufete de abogados global a su disposición.

Machado ha intentado ganarse el beneplácito de Trump en varias ocasiones, proponiendo incluso compartir su premio. Ha celebrado la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y guardado silencio sobre los ataques a embarcaciones, que según Trump estaban vinculadas al narcotráfico y que causaron más de cien muertes. En Oslo, la reacción fue menos festiva: el Comité Nobel recordó, con un dejo de paciencia forzada, que el premio no puede compartirse ni revocarse, que el galardonado es uno solo y que el comité existe precisamente para tomar decisiones con autonomía del gobierno noruego.

Desde luego, no podía ser de otra forma, el gesto de Machado provoca más preguntas que respuestas: ¿realmente buscaba honrar la paz o sólo afianzar su alianza con un líder bélico? ¿Cree que el premio puede ser un objeto simbólico de transacción política? En Caracas, Delcy Rodríguez ironizó con su habitual sorna: “Si algún día me tocara ir a Washington, lo haré de pie, caminando, no arrastrada”. Un recordatorio sutil de que la política de premios y gestos diplomáticos rara vez coincide con la realidad del poder.

Entre sarcasmos y elogios dirigidos al viento noruego, Machado transita por un terreno resbaladizo. La medalla pesa más como símbolo que como honor y el destinatario de su devoción, Trump, parece el peor aliado posible de cualquier noción de paz. El Comité Nobel quizá debería preguntarse si más allá del gesto alguien está escuchando realmente la letra pequeña del premio.