La historia política mexicana avanza como una rueda que nunca deja de girar: la Independencia porque a miles les ardía la dominación española, la Revolución porque el porfirismo reventó por dentro; el PAN porque el PRI colapsó en su propia soberbia, y la Cuarta Transformación porque ambos partidos terminaron en el desgaste de lo imposible.

Cada etapa nació del hartazgo y del derecho ciudadano a cambiar el rumbo, a exigir otra puerta cuando la que existía ya no daba paso a nada. Por eso sorprende que ahora, desde la tribuna del Senado, sea Gerardo Fernández Noroña quien intente poner cerrojo a una puerta ajena: la de Grecia Quiroz, viuda del alcalde asesinado Carlos Manzo.

Noroña la llamó “ambiciosa”, “fascista”, “ultraderechista”. Todo en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, cuando el país debería hablar de dignidad, no de descalificaciones. Ella —quien no eligió enviudar ni asumir el cargo con el cuerpo todavía en duelo— decidió también aspirar a la gubernatura de Michoacán. Y uno podría preguntarse, sin metáforas ni rodeos: si México nació de quienes no aceptaron obedecer eternamente, si cada ruptura histórica vino de un “ya basta”, ¿con qué derecho Noroña intenta negarle el mismo impulso a una mujer que perdió todo?

La presidenta Claudia Sheinbaum no dejó pasar el golpe. Desde la Mañanera llamó a la sensibilidad, al respeto, a la solidaridad mínima que merece quien carga no solo un cargo público, sino un asesinato encima. Reprendió sin estridencia, pero con firmeza: el duelo primero, el debate después.

Porque sí, la inseguridad que mató a Manzo no la detuvo Noroña ni la Cuarta Transformación que él defiende con dientes y gestos. Y aun así, le exige a la viuda silencio político, pudor electoral, humildad que nunca fue requisito para ningún revolucionario. Si esta nación cambió tantas veces porque alguien se atrevió, ¿por qué no ella?