El presidente Trump ha estado especialmente malhablado últimamente. En su segundo período, ha usado significativamente más groserías en público que en el primero, de acuerdo con un análisis de The Washington Post en mayo. Apenas la semana pasada se nos obsequió diciendo a entrevistadores de la revista Time: “No me han hecho ni una sola pregunta positiva”, pero soltando una “bomba F” (la palabra fuck) para modificar “positiva”, y en un mitin en Ohio llamó a los demócratas “estúpidos hijos de puta” y dijo que estaba “partiéndome el trasero trabajando”.

En ese mismo mitin hizo otra referencia glútea, de naturaleza más pendenciera, cuando dijo que una victoria republicana “se lo metería por” el no sé qué a los demócratas.

Algunos han argumentado que el aumento en la suciedad léxica de Trump es un síntoma de deterioro cognitivo, una desinhibición que sugiere demencia. Lo dudo. El aumento en su uso de groserías es lo que se esperaría, dado cómo funciona el lenguaje.

Cuando usamos el lenguaje, a menudo queremos captar y mantener la atención de las personas. Pero las palabras y expresiones que usamos para lograrlo pueden perder su fuerza con el tiempo. Requieren renovarse. Así es como surgen palabras sin sentido como “irregardless”, donde “regardless” por sí sola bastaría, pero se le agrega el “ir-” para darle más fuerza, el impulso rítmico adicional de “irrespective”. “Advertencia previa”, “proximidad cercana” y “resultado final” son casos similares: redundancias desde un punto de vista lógico, pero útiles para dar vivacidad.

A Trump siempre le han gustado “damn” y “hell” (equivalentes a “maldición” e “infierno”), que formaron parte de su estilo populista desde el principio. Así que habríamos predicho que avanzaría hacia groserías más picantes.

De esta manera, el lenguaje público de Trump recorre de nuevo la evolución de la grosería popular durante los últimos cien años. A principios del siglo XX, los términos relacionados con la religión, como “hell”, eran las palabras que la gente soltaba cuando se golpeaba el dedo con un martillo. Una mujer que tiene problemas repetidos con sus lentes en la película musical de 1929 “Glorifying the American Girl” (“Glorificando a la muchacha estadounidense”), no deja de decir “damn it!”, al igual que las estrellas de cine en los bloopers de esa época. Pero para la década de 1960, las cosas habían cambiado. La grosería de elección de mis padres, para cuando se golpeaban el dedo, empezaba con “s”. Para mí (nacido en 1965), eso es un poco sutil, y yo me voy por la “bomba F”, común entre personas de mi edad y más jóvenes.

La grosería tiene que ver con la escalada. “Damn” se refuerza como “goddamn”, con “bull” modificando la palabra con S (shit) y “mother” cumpliendo un propósito análogo para la bomba F.

Dicho esto, es muy poco probable que Trump suba mucho más el volumen en cuanto a malas palabras. En inglés, la grosería viene en tres etapas de impacto. La Etapa 1 son las palabras blasfemas. “Damn” y “hell” alguna vez se consideraron un trago tan fuerte que, en la ópera del siglo XIX “H.M.S. Pinafore”, el capitán se enorgullece de nunca decir “damn” (o casi nunca, admite). Hoy, en nuestra época menos piadosa, esas son expresiones suaves, en el mejor de los casos.

La Etapa 2 son las palabras sexuales o gráficas sobre el cuerpo, y Trump se regodea en ellas. Recordaremos un notorio comentario suyo sobre agarrar a las mujeres de cierta parte del cuerpo, y su caracterización escatológica de países como Haití y El Salvador. Pero este tipo de palabras, que hoy se usan públicamente mucho más que en el pasado, ahora califican más como subidas de tono o de mal gusto que como verdaderamente tabú.

La Etapa 3 son los insultos raciales y de otro tipo contra grupos. Aunque Trump ha sido acusado de usar la “palabra con N”, desde hace mucho evita usar insultos de este tipo en público. Por supuesto, podemos esperar que fuerce los límites. De hecho, apenas esta semana usó un insulto antitransgénero al referirse a Annie Andrews, la candidata demócrata al Senado por Carolina del Sur. Pero es notable que Andrews, quien ha expresado su apoyo a la juventud transgénero, no es ella misma transgénero. Estoy dispuesto a apostar que Trump no usaría ese insulto en público para referirse a una persona transgénero como Sarah McBride, la representante federal por Delaware, así como tampoco esperaría que usara un insulto homofóbico para atacar públicamente a un oponente gay.

Hoy, son esas palabras las que califican como verdaderamente profanas. A menudo pensamos en los insultos como algo distinto de las groserías, pero es un indicio de que son, en efecto, la grosería de hoy, el hecho de que incluso alguien tan despreocupado por la etiqueta, el decoro, la mesura y la reflexión como Trump ha tendido a evitarlas.

Debido a que las palabras de las etapas 1 y 2 ahora son más traviesas que profanas, Trump las usa para burlarse de las buenas costumbres. En esto, es como un niño de 11 años que le da toallazos a la gente en el vestidor, y los da cada vez con más frecuencia para provocar una reacción en quienes lo observan.

Sin embargo, no suele arriesgarse con la grosería de la Etapa 3. En medio de su asombrosa megalomanía y su logorrea crónica, Trump, aunque sea por razones pragmáticas, conserva un destello de —¡quién lo diría!— decoro.