En octubre de 2024, justo antes de las elecciones presidenciales, tomé un café con Kim, una solicitante de asilo congoleña que vive en el sur de Maine. Nuestra conversación derivó rápidamente hacia la política y, con cautela, le pregunté por sus opiniones, a pesar de que ella no podía votar.

Durante su campaña, Donald Trump había prometido llevar a cabo deportaciones masivas, por lo que supuse que las políticas de inmigración estarían entre sus principales preocupaciones.

Sin embargo, ella cambió rápidamente de tema para hablar de su fe, recurriendo a sus firmes convicciones religiosas. Kim —un seudónimo, al igual que todos los nombres que aparecen en este artículo— es una cristiana evangélica cuya vida gira en torno a su iglesia: una congregación no confesional dirigida por otros migrantes congoleños.

“Los demócratas no son gente de Dios”, afirmó. Añadió que las personas de su comunidad son “tradicionales” y que, por lo general, prefieren políticos que también lo sean. Según explicó, los cristianos congoleños suelen creer que el matrimonio debe darse únicamente entre un hombre y una mujer, que el sexo y el género son determinados por Dios y que la vida es sagrada desde la concepción.

Su declaración pone de relieve una realidad importante, pero a menudo pasada por alto. En el discurso público de Estados Unidos, suele presentarse a los evangélicos como un grupo homogéneo y mayoritariamente blanco. En realidad, se trata de un colectivo diverso, tanto en sus opiniones políticas y su procedencia geográfica como en su composición racial: 3 de cada 10 evangélicos en Estados Unidos no son blancos.

Además, un porcentaje creciente está compuesto por migrantes; utilizo este término para referirme a personas que han llegado a Estados Unidos, independientemente de su estatus legal.

Pertenencia y fe

En conjunto, el 12% de los evangélicos en Estados Unidos nacieron fuera del país, según un estudio de 2024 realizado por el Pew Research Center. Otro 7% tiene al menos un progenitor nacido en el extranjero. Es probable que estas cifras sean inferiores a la realidad, ya que los migrantes indocumentados suelen evitar participar en encuestas por temor a ser deportados.

Como antropólogo especializado en religión, he estudiado el creciente número de migrantes que se acercan a la fe evangélica, y he comprobado hasta qué punto esta fe moldea sus vidas en Estados Unidos. A su vez, estos migrantes están transformando el panorama religioso del país. Durante la redacción de mi libro de 2022, “En manos de Dios” (In the Hands of God), pasé más de un año asistiendo a iglesias evangélicas en el área de Washington D. C. que atendían a migrantes brasileños. Entrevisté a cerca de 80 feligreses y realicé encuestas a muchos otros.

Los miembros de estas congregaciones relataron cómo la fe y el sentido de pertenencia les ayudaron a superar desafíos como la soledad, la sensación de estar “estancados” debido a su precariedad legal y la explotación laboral. Escuché historias sobre empleadores que retenían los pasaportes de los migrantes, o que se negaban a pagar a trabajadores de la construcción que habían sufrido lesiones graves durante su jornada laboral.

Los migrantes me comentaron, en repetidas ocasiones, que las comunidades tan unidas de sus iglesias —sumadas al énfasis del cristianismo evangélico en fomentar una relación íntima con Dios— les brindaban una sensación de empoderamiento. A través de la oración, la adoración, el estudio bíblico y el ayuno, buscaban discernir y llevar a cabo el plan de Dios para sus vidas.

Las tres congregaciones a las que asistí ofrecían, a lo largo de la semana, múltiples oportunidades para la oración, el estudio y la adoración dirigidas a los migrantes, tanto en la iglesia como en los hogares de los miembros de la congregación. Muchos pastores eran, a su vez, migrantes y compartían desde el púlpito sus propias historias de superación ante la adversidad.

Gláucia, una migrante brasileña en situación irregular, describió cómo se puso “en manos de Dios” mientras afrontaba la incertidumbre sobre su futuro.

“Me encanta vivir aquí”, explicó. “Pero si Dios quiere que me vaya, me someto a su voluntad. Iré a donde Dios me guíe. Por eso no me preocupo; no debemos inquietarnos por lo que pueda suceder mañana, porque el mañana le pertenece a Dios”.

“Lo más que puedo hacer”, añadió —algo que siempre procuro llevar a cabo—, “es orar a Dios para que guíe” a los líderes políticos.

Comunidades en crecimiento

Algunas de las personas que conocí ya se identificaban como evangélicas antes de llegar a Estados Unidos, pero un número considerable se convirtió al llegar. Incluso entre aquellos que habían asistido a iglesias evangélicas en Brasil, muchos aseguraron haber “conocido a Jesús” realmente en Estados Unidos, señalando que su fe en su país de origen había sido “tibia”. Angela, una migrante indocumentada, conocía a muchos evangélicos en Brasil. Sin embargo, no fue hasta su llegada a Estados Unidos que se convirtió, dejando atrás el catolicismo. “Cuando estás aquí, sin tu familia, sin amigos, te sientes sola y buscas algo a lo que aferrarte”, me comentó.

Según encuestas a gran escala, la mayoría de los inmigrantes en Estados Unidos son cristianos, y dentro de este grupo, la mayor parte son católicos.

No obstante, en las últimas décadas, un porcentaje creciente de personas en América Latina —región que durante mucho tiempo fue un bastión del catolicismo— se ha volcado hacia las iglesias evangélicas. Este fenómeno ha influido en la composición religiosa de los migrantes que llegan a Estados Unidos. Otros, tal como señalan mis investigaciones, se convierten al cristianismo evangélico una vez que llegan al país.

La mayoría de los migrantes con los que hablé describieron un profundo sufrimiento psicológico derivado de la separación familiar, la explotación laboral y la incertidumbre jurídica; situaciones que los llevaron a buscar sentido y consuelo en espacios religiosos. Descubrieron que las iglesias evangélicas para migrantes abordaban directamente su angustia. Su estilo de culto y sus enseñanzas teológicas ofrecían herramientas concretas —como la oración, el ayuno y el intercambio de testimonios personales— que ayudaban a aliviar el sufrimiento de los migrantes.

Las investigaciones sugieren que también es frecuente que migrantes provenientes de otras partes del mundo, incluidos Taiwán y China, recurran a iglesias evangélicas, carismáticas y pentecostales para hacer frente a las dificultades que encuentran en Estados Unidos.

El rostro cambiante del cristianismo

Las iglesias evangélicas desempeñan un papel fundamental en la experiencia de estos migrantes en Estados Unidos. A su vez, estos migrantes están ejerciendo una influencia significativa en el cristianismo estadounidense, tal como explico en The Handbook of Contemporary Christianity in the United States (Manual del cristianismo contemporáneo en Estados Unidos). En las últimas décadas, los estadounidenses se han vuelto menos cristianos y menos religiosos. En 2007, el 78% de los estadounidenses se identificaban como cristianos; hoy, esa cifra es del 63%.

Los migrantes, en cambio, son más propensos a tener una afiliación religiosa: el 87%, frente al 70% del conjunto de la población en Estados Unidos. En Maine, por ejemplo —donde vivo—, los periodistas han observado cómo los migrantes africanos están revitalizando las iglesias. Además, muchas de las iglesias de migrantes que prosperan son evangélicas.

De cara al futuro, considero que estas tendencias seguirán transformando el panorama religioso en Estados Unidos, lo cual podría repercutir también en la política. Muchos de los migrantes que conocí —incluidos titulares de tarjetas de residencia permanente (“green cards”) y solicitantes de asilo— esperaban obtener la ciudadanía con el tiempo y, así, poder votar. Muchos acudían a la iglesia junto a sus hijos, nacidos en Estados Unidos; se trata de futuros votantes cuyas actitudes podrían verse moldeadas por las experiencias de sus padres, tanto en lo que respecta a la migración como a la fe.

Pude comprobar que, para los migrantes evangélicos, su identidad como “pueblo de Dios” resulta fundamental en su visión política, al igual que ocurre con sus homólogos blancos nacidos en Estados Unidos. Algunos de ellos creían que Trump devolvería a Estados Unidos a su supuesto destino como una nación explícitamente cristiana. Para ellos, sus políticas sobre el aborto, el matrimonio y el género parecían tener más peso que los riesgos que sus políticas migratorias suponían para ellos y sus familias. Desde el inicio de su segundo mandato —caracterizado por oleadas de redadas del ICE, detenciones y deportaciones, a veces violentas y agresivas—, me he preguntado cómo valorarán hoy a dicha administración.

Independientemente de sus posturas políticas, es evidente que los migrantes seguirán recurriendo a la fe evangélica para afrontar sus experiencias en Estados Unidos y darles sentido. Mi investigación pone de relieve el papel significativo que desempeña la fe evangélica en la vida de un número creciente de migrantes, así como el profundo impacto que dicha fe tiene en la sociedad estadounidense.