Hace ya tiempo que no visitaba la ciudad de Los Ángeles, California. En esta ocasión no importaban los Estudios Universal o el parque de Disney. Ni el Paseo de la Fama de Hollywood o el tour por los Warner Bros, eran el foco de la visita. La atención se concentró en el beisbol. El mejor beisbol del mundo.
Hablar de los Dodgers de los Ángeles es remontarse a una historia deportiva con marcados vínculos con la comunidad latina. Quienes, de pequeños, al inicio de la década de los ochenta vivimos la Fernandomanía, nos quedó la impronta de la franquicia que tuvo entre sus grandes protagonistas al llamado “Toro” de Etchohuaquila”. Ecos de esa época subsisten en la urbe angelina. Edificios que pertenecen al entorno del barrio Elysian Park, la zona donde se ubica el estadio, lucen en sus paredes, a modo de mural, la figura de Fernando Valenzuela en acción. Con esa peculiar manera de lanzar la bola, elevando, simultáneamente, la mirada al infinito.
La amable Soraya, la encargada de conducir el “tour” por el estadio al público hispano, no duda en mostrar su admiración por Valenzuela. Ella nació en 1981, precisamente el año en que el pitcher mexicano se proyectó como una figura global del Rey de los Deportes. Por supuesto, a Soraya no le tocó presenciar, ni siquiera por la televisión, la serie de hazañas que llevaron al jugador mexicano a ganarlo todo en esas fechas. Ella nos recuerda que el Dodger Stadium, la sede de beisbol con mayor capacidad de espectadores en Estados Unidos, se llenaba con aficionados de todas partes del mundo. Querían ver al “Toro”, quien abrió el mercado para que los buscadores de talento se fijaran más en los diamantes en bruto del beisbol mexicano. Poco después llegaron a las grandes ligas lanzadores como Teodoro Higuera, tan presente en la memoria del aficionado de Ciudad Juárez.
De alguna manera, la Fernandomanía sigue en el recuerdo de miles de aficionados, aunque hoy, la presencia de otra figura deportiva acapara los reflectores. La gente acude al estadio y porta la camiseta de su jugador favorito. Unos cuantos llegan ataviados con el 34 que usaba Valenzuela, otros con el 55 de Orel Hershiser. De pronto, aparece alguna con el 5 y el apellido Freeman. Muchas de esas camisetas se pierden, pues, en la singularidad. Pero actualmente la mayoría porta el 17 y un apellido oriental. Se trata del número del atleta con el contrato más caro del mundo en la historia del deporte: Shohei Ohtani, japonés. La playera es dominante. Ningún otro nombre se repite tanto en las butacas.
Ohtani es un fenómeno. Raro pelotero que lanza y batea. Se roba las bases. Es un atleta que simplemente nació para jugar beisbol. En su turno al bat queda la impresión de que se apropia del plato, pero con el rictus de un niño, al propio tiempo inocente y travieso. El talento de Ohtani parece hacer una dupla extraordinaria con la mercadotecnia en la que son máximos exponentes los norteamericanos. Entre la semana, la organización de los Dodgers anuncia que repartirá una gorra con la figura del japonés. Un souvenir con trazas de serie limitada. Al llegar alcanzamos la codiciada cachucha. Los Dodgers ganan a los Gigantes de San Francisco en un juego apretado.
A la salida, en los alrededores del estadio, un jovencito que dice que viene de Fresno, California y que es la primera vez que asiste a un juego de los Dodgers, nos aborda para preguntarnos dónde estaban dando la gorra. Entró al estadio, se engentó y ya no se enteró de la fuente de la ganga. Se nota en sus ojos la esperanza de conseguir una y nos dice que si se la vendemos. Él solito pone el precio. Con aires de “nosotros no somos mercenarios” rechazamos su oferta. Para consolarlo, le decimos que todos los días la organización de los Dodgers ofrece distintos obsequios. Que se ponga listo, los dan en la entrada. El muchacho, casi niño, parece recobrar la esperanza de poseer algún día el souvenir que él siente perdido.
Por las calles del barrio Elysian Park, la gente que sale del estadio se ve contenta. Otra emocionante victoria de su equipo. En paralelo, varias sombras caminan por las banquetas. Arrastran cobijas, desechos de ropa, trozos de carpas. Buscan comida en tambos de basura al tiempo que vierten monólogos interminables. La imagen se ve con frecuencia por toda la ciudad de Los Ángeles. Esa realidad alterna no es nueva, pero hoy parece ser más lacerante.
Unas cuantas cuadras arriba, todavía en el estadio, el jugador más caro del mundo se está quitando su uniforme. Quizá se lamenta que hoy no pudo hacer buen contacto con la bola. Tiene el número 17 en la camiseta.