Hablar de ética es aludir a una palabrita que por lo general resulta incómoda y para muchos incompatible, porque resulta que al hacer alusión a ella nos ponemos en situaciones que pueden o no gustarnos: saber si estamos haciendo lo correcto, o no. Es, en otras palabras, un espejo en el que nos reflejamos tal como somos con el riesgo de reconocer entre lo bueno y lo malo: el deber ser y hacer… corriendo el riesgo de no gustarnos a nosotros mismos. La ética nos reta, nos vulnera.

Y es que estas cuestiones del deber y el buen vivir mucho tienen que ver precisamente con esa parte de la ética conocida como normativa, que es aquella que busca los estándares “del cómo se debe vivir” para conducir y regular la conducta humana con el fin de lograr una mejor convivencia. Ciertamente para eso sirven las leyes y las normas: para organizarnos y con ello evitar caos, para proteger a las personas y un rasgo muy importante: para reforzar valores sociales.

Les comparto una vivencia. Hace ya más de veinte años en uno fraccionamiento de clase media observé que la ampliación de unos vecinos tomaba todo el espacio que la normatividad marcaba como remetimiento, es decir, en lugar de dejar el metro y medio que el reglamento municipal marcaba entre el paramento de la fachada y el límite de su terreno con la banqueta, la construcción se había avanzado hasta topar con la propia banqueta. Un buen día al coincidir con mi vecina frete a su casa ella tuvo a bien preguntarme: ¿Cómo ves, te gusta mi ampliación?... ¡Nunca lo hubiera hecho! Yo le pregunté ¿sacaste permiso para hacerla de esa manera? Ella respondió que la verdad era que el arquitecto que le estaba construyendo había sacado permiso con planos que respetaban la normatividad, pero que el verdadero proyecto ya contemplaba no cumplir con ella ya que, finalmente, al construir de prisa y contando con que el municipio cuenta con pocos supervisores, al momento de que alguno llegara a visitar la obra, al ver el avance ya no iba a poder hacer nada; además con un poco de aliciente -entiéndase “mordida”- todo iba a quedar en paz. Tras esta desagradable plática no tuve más remedio que decirle la verdad ¿cómo puede gustarme lo que estás haciendo si estás afectando la imagen de todo el fraccionamiento y la plusvalía de mi casa? Además, estás cayendo en corrupción. Y añadió: pero ¿qué tiene de malo, si el arquitecto fue el que me dijo cómo hacerle? Obvio, de una buena relación se pasó a solo saludos casuales.

Esto viene a colación por el caso de dos agencias de automóviles recién construidas sobre la Av. Teófilo Borunda; hace unos días la Dirección de Desarrollo Urbano tuvo a bien hacer notar que el estacionamiento que dispusieron al frente de sus edificios no cumplía con las dimensiones adecuadas, de tal manera que los vehículos ahí estacionados invadían totalmente la banqueta que debieron haber considerado. Con esta acción, sin remordimiento de conciencia por parte de los dueños y de quienes participaron en el diseño y construcción, los peatones se veían obligados a bajarse al arroyo ¡sí! ¡Al arroyo de una avenida donde se circula alta velocidad! Estos personajes los arrojaban conscientemente a un riesgo mortal. Sí, conscientemente porque ellos libremente decidieron construir de esa manera. ¡Qué cinismo! ¿Habrán pensado que al fin y al cabo a un lado está un hospital? Ahí tiene usted que ahora están haciendo parches para arreglar aquello que nunca debió existir. Si a usted le enoja ver peatones por la calle, seguramente al peatón le enfurece ser obligado a caminar en ella.

Quienes conocen de construcción deben saber que La Norma Oficial Mexicana NOM-001-SEDATU-2021 establece regulaciones claras sobre las banquetas, con el fin de garantizar la seguridad y accesibilidad peatonal. Según esta normativa, el ancho libre debe ser de al menos 1.80 metros, y debe serlo aún más tratándose de una calle de tres carriles, de 3.30 a 4.00 metros. Pero aquí ¿se aplica esta norma?

Lo mismo pasa en muchos otros ejemplos en donde claramente están involucrados ingenieros y arquitectos: en fraccionamientos de “alta gama”, en donde claramente se define que en cada lote debe haber solo una casa… usted encuentra dos. Y si se dice que debe haber tres metros de remetimiento, o que se deben dejar tres metros libres al fondo del predio… no hay ni uno solo.

La pregunta es ¿de quién es la culpa? Lamentablemente hay clientes que piden aberraciones, pero ¿dónde está la ética de los Directores Responsables de Obra, (DRO) que necesariamente son miembros del Colegio de Arquitectos, Colegio de Ingenieros Civiles y Asociación de Ingenieros y Arquitectos? Alguna amonestación deberían tener por cuestiones como estas porque de seguro conocen el reglamento de construcción. ¿Cuáles sus nuestros valores como profesionistas? ¿Y los nuestros como sociedad? Hay deberes que debemos cumplir más allá de las consecuencias.