Recuerdo bien cómo a finales de los noventa mucha gente hablaba con entusiasmo del cambio de milenio. Decían que el año 2000 traería un nuevo comienzo, que todo sería diferente, que vendrían tiempos mejores para Juárez. Y cuando digo “mejores”, no me refiero a utopías, ni a fantasías imposibles. Me refiero a lo básico: calles decentes, alumbrado público que funcione, transporte digno, trabajos estables y, sobre todo, una ciudad segura. Supongo que no era mucho pedir; es lo mínimo que una sociedad merece donde a cambio de impuestos se pueden adquirir derechos.

Ya estamos en 2025. Veinticinco años han pasado desde aquella ilusión colectiva. Un cuarto de siglo en el que, si uno mira con atención, no queda mucho de aquellas esperanzas. Al contrario, pareciera que, como ciudad, hemos ido caminando hacia atrás o, peor aún, que nos hemos quedado estancados en un pantano donde todo se hunde lentamente.

Lo que más me duele no es que los políticos nos hayan fallado. A estas alturas ya sabemos el libreto de memoria: cada tres años aparece alguien con una sonrisa impecable prometiendo seguridad, mejores vialidades, más alumbrado, más empleo, más escucha ciudadana. Y cada tres años nos volvemos a tragar el mismo discurso, como si no supiéramos lo que viene después. La decepción se ha vuelto cíclica, casi un ritual. Prometer lo mismo durante 25 años significa que no se ha logrado nada.

Pero más que el hartazgo hacia los gobiernos, lo que realmente me hace ruido es lo que ha pasado con nosotros los ciudadanos. Poco a poco, y sin darnos cuenta, nos hemos vuelto apáticos, desconfiados, indiferentes. Como si el único modo de vivir en Juárez fuera desconectándonos del otro, cerrando los ojos y tratando de llegar con vida al final del día. Nos convertimos en islas, cada quien por su cuenta. Como si estuviéramos en una guerra silenciosa, pero constante.

Parafraseando a Hobbes, hoy podría decir que el “juarense se ha convertido en el lobo del juarense”. Y no lo digo con rabia, lo digo con tristeza. Porque lo veo en las calles, en los cruceros, en las oficinas, en las escuelas, en las colonias. El respeto por el otro ha sido sustituido por la desconfianza; la empatía, por la prisa; y la esperanza, por una especie de resignación disfrazada de “así son las cosas”.

A veces me pregunto si todavía podemos llamarnos comunidad. ¿Realmente lo somos? ¿O somos solo un montón de personas coexistiendo, sobreviviendo, intentando que el caos no nos arrastre por completo? ¿Qué nos queda como proyecto colectivo? ¿Nos queda algo?

Porque más allá de lo que hagan o no hagan quienes gobiernan, también es cierto que cada vez somos menos los que nos atrevemos a mirar a los ojos, a tender la mano, a levantar la voz. Tal vez porque ya no creemos que eso sirva de algo. Tal vez porque nos acostumbramos a vivir con miedo o con desconfianza. Tal vez porque ya no estamos seguros de que esto tenga arreglo. Y sin embargo, aquí estamos, respirando, caminando, mandando a nuestros hijos a la escuela, soñando con una vida mejor y más tranquila. Aunque a veces no sepamos muy bien para qué. Aunque parezca que vamos en círculos, aunque el futuro nos devuelva más preguntas que respuestas.

No tengo una conclusión clara, ni una receta para salir del hoyo. Solo sé que, a veces, me detengo a pensar en lo que pudo ser esta ciudad; en lo que aún podría ser. Y me pregunto si alguna vez volveremos a creer en algo juntos. Si aún es posible construir algo distinto. O si ya nos resignamos, definitivamente, a seguir siendo extraños en nuestra propia tierra.