Catarino se curaba las heridas con saliva. “Un domingo fue, por cierto. Bailaron, tomaron vino. Levantaron cuatro muertos, que ha matado Catarino. Catarino y los Rurales, se agarraron a balazos. Catarino echaba bala, los Rurales cañonazos”. El famoso corrido de “Catarino y los Rurales” que ahora interpretan muchos cantantes. Historia pura encapsulada en una nuez que ahora todos corean. Narrativas de agresiones del poder y su reacción se acomodan en un relato al tenor de unas cuantas notas. Catarino es una muestra típica del corrido mexicano, peculiar manifestación artística que, comúnmente, vierte escenas tomadas de la cruda realidad.

Para algunos historiadores, el origen de los corridos se ubica a principios del siglo XIX pero pareciera encontrar contornos definidos hasta la Revolución Mexicana. Ahí el corrido encontró su mejor epicentro. En efecto, había mucho que contar y qué mejor bajo la pauta de unas letras sencillas que acomodadas en los sonidos de los instrumentos más básicos contaran las odiseas más increíbles de sus protagonistas. Una parcela pues, de la rica tradición oral de la narrativa mexicana.

Conforme la realidad va cambiando, el corrido, siempre dúctil, se acomoda a las nuevas experiencias. A principios de la década de los setenta, el corrido en México parece revitalizarse en cuanto su impacto mediático. Irrumpen, por ejemplo, “Los Tigres del Norte” con su Camelia La Texana, personaje clave de “Contrabando y Traición”. Se trataba ya de un narcocorrido que narra la travesía de una pareja de narcotraficantes, Camelia y Emilio Varela, quienes transportan droga hacia los Estados Unidos. Este corrido, como muchas de estas piezas musicales, tiene un desenlace trágico. La canción fue todo un éxito y se llevó al cine. Los personajes de la historia encontraron una apabullante recepción en el público mexicano. Por todas partes había “Camelias”. En Ciudad Juárez, por varios años, una mujer apodada así, deambulaba cotidianamente por el centro de la ciudad y pedía ayuda económica a la gente que se le atravesaba. La leyenda cuenta que Camelia, la de Juárez, una noche se quedó dormida sobre las vías de nuestro tren de todos los días.

Hoy, varias entidades federativas del país prohíben o restringen los narcocorridos. Las pretensiones de censura siempre pasan por la ambigua noción de la “apología del delito”. El delito de la apología del delito no se ha comprendido. Y las autoridades deben ser muy cautas, puesto que se está lesionando con estas arbitrarias prohibiciones el núcleo mismo de la libertad de expresión. Una interpretación demasiado laxa de los tipos penales de la apología del delito puede llevar a actuaciones risibles de parte de quienes aplican el derecho al caso concreto, así como de los órganos de persecución del delito.

Para que la apología del delito pudiera actualizarse se tendría que demostrar que existe una incitación pública, directa y eficaz a cometer el delito. En ese sentido y aunque estemos en los límites de la constitucionalidad, no basta con que se realice en abstracto una narrativa de defensa de la conducta delictiva, se requiere ese ánimo de incitar a específicos sujetos a que un delito, también en específico, se cometa, de lo contrario, cualquier obra o discurso pudiera encajar en la “apología del delito” que al ser “todo”, al mismo tiempo, es la nada.

Luego también resulta cosa curiosa e irracional el de considerar sólo a un tipo de creación, en este caso, los narcocorridos, por su presunta exaltación o glorificación del crimen y no decir nada de toda la serie de materiales que se vierten sobre la narcocultura. Perseguir a unos y a otros por, supuestamente, incurrir en esa apología mal planteada es algo erróneo y totalmente ineficaz, pero no deja de surgir la pregunta por las razones de perseguir a un sólo tipo de expresión. Porque si se trata de perseguir la expresión por incurrir en ambiguas apologías del crimen, quizá no encontremos quién cierre la puerta.