La pasada noche de martes la Mtra. Citlalli Murillo, distinguida integrante del club de lectura que fundé hace cinco años junto a mi amigo, el Dr. Carlos Rubén Páez, tuvo a bien compartir un trabajo de estilo literario-periodístico hecho por una de las plumas más destacadas y respetadas con las que cuenta El Diario de Juárez, me refiero al Dr. Carlos Murillo Martínez, hermano de la ponente y catedrático de nuestra apreciada Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, donde coordina la necesaria y relevante Licenciatura en Seguridad y Políticas Públicas.

Durante un periodo significativo de tiempo, el Dr. Murillo publicó en estas páginas todo un trabajo de corte narrativo que fue titulado como California Fashion. En él, a través de una historia salida de una imaginación que parece mezclar influencias literarias transnacionales que van de Isaac Asimov a Luis Spota y viceversa, sin dejar de mencionar un ligero toque tarantinesco, el autor nos ubica y encamina por un Juárez que se define entre las fronteras del surrealismo y el futurismo sin desligarse de elementos propios de la historia social, cultural y política local. Un viaje donde la realidad se convierte en fantasía y lo fantástico nos sorprende al revelarse realidad. Luego de varias entregas en las cuales se hizo posible seguir la trama de esta historia, al más puro estilo de aquellos escritores clásicos que como Robert Louis Stevenson concretaban sus obras literarias al tenor de las publicaciones periódicas, Murillo Martínez en algún momento tuvo que concluir aquella travesía por esta urbe fronteriza color “dorado mate”.

Pues bien, luego de cierto tiempo, hoy nuevamente nos toma de la imaginación para llevarnos a transitar las calles del centro histórico de Juárez, pero esta vez no desde la fantasía surreal o futurista, sino desde la narrativa de su propia experiencia, de su historia y, por lo tanto, del propio caminar al lado de los suyos. Rescatando momentos que se desprenden del mero ámbito personal o de la anécdota familiar y se enclavan en la amplitud del imaginario colectivo. Esta ocasión la trama que recién comienza lleva por nombre Chaveña Brass, y es justo la que ahora en el club de lectura nos ha compartido tan amenamente la maestra Citlalli Murillo. Sin embargo, lejos de intentar reseñar esta crónica urbana que recién comienza, lo que ha motivado la presente reflexión es precisamente el cúmulo de opiniones y comentarios que esta suscitó en quienes integramos dicho club, y que precisamente tienen que ver con vivir y sentir la ciudad a través de sus calles, su clima, sus paisajes, su gente y en general su atmósfera y dinámica urbana.

Sin duda cada ciudad tiene su propio significado especial para quienes la habitan, significado que deviene de la historia y de las experiencias personales con el espacio urbano en el cual se desenvuelve mayormente nuestra existencia individual. En este sentido Juárez significa muchas y variadas cosas para cada uno y una de sus habitantes, y básicamente todo dependerá de lo que se ha logrado individual y/o familiarmente en la ciudad, así como también de lo que la ciudad pueda o no ofrecer a quienes nacen o llegan aquí. Pero también buena parte de ese significado procede de la posibilidad de sentir la ciudad de manera más próxima. Es decir, sencillamente de poder caminarla y con ello sentir sus calles y callejuelas, sus avenidas y sus parques, sus paisajes naturales y artificiales.

Como sabemos, esto es algo que difícilmente se puede realizar en nuestra ciudad. Juárez ha dejado de ser caminable —si es que alguna vez lo fue— por muchos motivos que no sólo se circunscriben a la percepción de la violencia e inseguridad, sino a cuestiones infraestructurales básicas para la seguridad de los peatones. Como por ejemplo, las reducidas banquetas en las calles de la gran mayoría de las colonias y de las avenidas en general, los problemas relativos al alumbrado público, así como la excesiva fauna callejera que muchas veces pone en serio riesgo a los transeúntes, entre otras vicisitudes más.

Una ciudad que no se puede caminar es una ciudad que no se siente, que no se vive plenamente y que, en consecuencia, no logra consolidar una identidad ciudadana sólida. Por el contrario, una ciudad que se puede caminar es una ciudad alegre, segura, dinámica, creativa, lúdica, artística, ecológica; una ciudad caminable es una urbe que estimula las más diversas manifestaciones culturales y que tiende a politizarse cívica y éticamente, es decir, que realmente se apropia del espacio público. Porque caminar es experimentar, observar, reflexionar, una vía de introspección, un bello estímulo al diálogo e incluso a la conversación con uno mismo, una experiencia filosófica y a veces poética, un elogio a la civilidad. Caminar es finalmente un acto muy humano que necesita inexorablemente de condiciones propicias para poderse realizar. Juárez necesita caminarse, tal y como se ha disfrutado caminarla imaginariamente en California fashion y hoy en Chaveña Brass. Pasemos, como el Dr. Murillo, de la ficción literaria al recuerdo narrativo y de la nostalgia del recuerdo a la experiencia de una realidad concreta y posible.