En alguna época, militar en Morena no aseguraba el acceso inmediato al tablero político. No había cargos que repartir, estructuras gubernamentales que movilizar, presupuestos que administrar ni reflectores asegurados en los medios de comunicación. Había, en cambio, una causa que defender y una enorme cantidad de puertas que tocar para convencer. Lo recuerdo bien porque estuve ahí.

En 2015, siendo secretario de Mexicanos en el Exterior del Comité Ejecutivo Nacional de Morena, participé en la organización de las primeras elecciones que enfrentaría nuestro movimiento. Conseguir candidatas y candidatos era entonces una tarea difícil; no abundaban quienes quisieran aparecer en una boleta bajo nuestras siglas porque Morena todavía no era sinónimo de poder.

En Chihuahua gobernaba César Duarte; en el país, Enrique Peña Nieto. Ser morenista significaba caminar contra corriente y, muchas veces, asumir costos personales y políticos.

Un año después enfrentamos nuestra primera elección local. Recorríamos municipios buscando personas dispuestas a participar. Hubo lugares pequeños de Chihuahua donde literalmente conversábamos con personas sentadas en una banqueta para invitarles a ser candidatos y candidatas. No teníamos demasiado qué ofrecerles, salvo la posibilidad de formar parte un proyecto alternativo de nación.

Andrés Manuel López Obrador, el fundador de nuestro movimiento, había enseñado durante años una forma de hacer política que parecía básica para muchos, pero que terminó transformando al país: caminar: casa por casa, puerta por puerta. Escuchar primero y convencer después. Volver una vez y otra, incluso a aquellos lugares donde habíamos perdido.

Esta tarea es parte de nuestra mística, es una manera de entender el ejercicio público; sabemos que el pueblo es sabio. La Presidenta de México, Dra. Claudia Sheinbaum, nos da habitualmente muestras de la importancia de seguir cerca del pueblo.

Cuando tocamos una puerta no sabemos quién la abrirá. No se puede controlar la conversación ni orientar el aplauso. Debemos escuchar una queja, responder una pregunta incómoda, explicar sus razones y, en ocasiones, aceptar que no se logró convencer. En esa relación profundamente horizontal se construyó buena parte de la autoridad política y moral del movimiento que años después llegaría a gobernar México.

Por eso conviene preguntarnos, ahora que Morena es la principal fuerza política del país, cuánto de aquella mística permanece en nuestros procesos internos. La pregunta no es menor.

Acabamos de vivir en Chihuahua un proceso para definir la Coordinación Estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional. El resultado es conocido, pero debe analizarse con serenidad.

Creo en las encuestas. Participé en Morena cuando comenzamos a utilizarlas y porque buscan -al menos en su concepción- evitar acuerdos cupulares mediante los cuales durante décadas otros partidos distribuyeron candidaturas y posiciones políticas.

Una encuesta correctamente diseñada puede acercar las decisiones partidistas a la sociedad y evitar que unos cuantos decidan por todos. Precisamente porque creo en ellas, considero que debemos cuidarlas.

Una encuesta no ocurre en el vacío. Mide una realidad previamente construida. Y cuando las personas que participan llegan a esa medición después de haber competido bajo condiciones profundamente distintas de exposición pública, recursos, propaganda y capacidad de movilización, vale la pena preguntarse qué estamos midiendo exactamente.

Pensemos solamente en el conocimiento. Quien gobierna una ciudad tiene naturalmente una exposición pública mayor. Su nombre aparece todos los días asociado a decisiones administrativas, obras, servicios, controversias, publicidad institucional y cobertura informativa. Esa condición forma parte del ejercicio del gobierno y no constituye, por sí misma, ninguna irregularidad.

Pero se convierte en una ventaja objetiva cuando posteriormente el nivel de conocimiento se convierte en uno de los elementos relevantes de una competencia interna.

También me gustaría acotar que una persona puede ser ampliamente conocida y no ser la preferida; otra puede tener menor exposición pública y contar, entre quienes la conocen, con una identificación política considerable. Si ambas dimensiones terminan formando parte de una ponderación, tenemos la obligación de preguntarnos si el método reconoce suficientemente la diferencia entre notoriedad y preferencia.

Lo mismo sucede cuando se pregunta quién “cumple lo que promete”. Para quien gobierna, existe una experiencia pública que puede ser evaluada; para quien nunca ha tenido la oportunidad de encabezar un gobierno, la pregunta parte de una circunstancia completamente diferente.

No propongo eliminar esos atributos; sin embargo, debemos reconocer que no todas las preguntas pesan igual cuando quienes participan parten de condiciones distintas.

Hace diez años también existían esas diferencias, pero tenían otro sentido. Quienes fundamos Morena éramos, en términos generales, poco conocidos. Competíamos frente a personajes con años de exposición pública, relaciones con medios de comunicación y presencia institucional. Nuestra respuesta fue caminar más; buscar la transformación con principios y valores. Y funcionó.

Funcionó porque miles de mujeres y hombres hicieron política sin esperar nada a cambio. Se organizaron comités, se repartieron periódicos, se realizaron asambleas y se visitaron colonias enteras. El conocimiento se construía lentamente, cara a cara: orgánicamente.

Hoy existe el riesgo de que la principal enseñanza de López Obrador quede obsoleta frente al derroche de recursos y el uso faccioso de estructuras.

Durante los meses previos al reciente proceso interno vimos en Chihuahua una presencia extraordinaria de propaganda: bardas, espectaculares, eventos, movilizaciones, actividades masivas y una intensa operación en medios y redes sociales. También hubo denuncias y señalamientos sobre intervención de personas servidoras públicas y utilización de estructuras gubernamentales. Esas conductas, cuando se denuncien formalmente, deberán ser acreditadas ante las instancias correspondientes.

¿Qué posibilidades tienen entonces las o los militantes que tocan cien puertas y recorren kilómetros para estar cerca del pueblo, frente a quien puede colocar cientos o miles de mensajes en el espacio público?

No se trata de idealizar el pasado. Morena necesitaba crecer, profesionalizarse y aprender a gobernar. Sería absurdo pretender que un movimiento que hoy gobierna México funcionara exactamente como cuando apenas alcanzaba para llenar las candidaturas.

El problema aparece cuando la ambición por el poder modifica nuestra mística, nuestros valores y principios. ¿El casa por casa es hoy una actividad obsoleta?

Eso debería preocuparnos profundamente. Porque el casa por casa fue una respuesta política precisamente frente al poder de las estructuras. Morena nació cuestionando el corporativismo, el clientelismo y esa antigua concepción según la cual la fortaleza de un político se medía por el número de personas que podía movilizar desde una organización o desde un gobierno.

Quienes fundamos este partido tenemos la obligación moral de impedir que la organización partidista se extravíe frente a intereses personales o de grupo.

Los gobiernos surgidos de nuestro movimiento tienen una responsabilidad todavía mayor en este terreno. Los recursos públicos no pertenecen a un grupo político; los programas de Bienestar, tampoco.

Andrés Manuel López Obrador insistió durante años en separar partido y el gobierno. Esa frontera debe conservarse aun cuando resulte incómoda para nuestros propios intereses.

Y aquí llegamos al aspecto más delicado de cualquier proceso interno: el arbitraje.

No quiero plantearlo como una acusación personal porque sería simplificar un problema que es esencialmente institucional. Ariadna Montiel ocupa la responsabilidad de conducir nacionalmente a Morena y nadie puede desconocer su trayectoria ni su peso dentro del movimiento. Precisamente por eso su responsabilidad es mayor, sobre todo porque debe enfrentar la tentación de traicionar los principios fundacionales de Morena; hacerlo sería traicionar a López Obrador.

En Chihuahua existen relaciones políticas previas, afinidades y grupos internos conocidos públicamente. Eso forma parte de la política y no constituye por sí mismo una irregularidad. El problema aparece cuando una persona que tiene vínculos políticos construidos previamente -como la compañera Montiel- debe, desde la dirección partidista, garantizar las condiciones de una competencia en la que participan actores relacionados con esos mismos grupos.

No olvidemos que el conflicto de interés surge cuando concurren circunstancias capaces de generar una duda razonable sobre la independencia con la que debe tomarse una decisión.

La árbitra no puede ser juez y parte. La compañera Montiel claramente tuvo un conflicto de interés en este proceso al encabezar en Chihuahua a un grupo político al que pertenecen quienes dirigen la Delegación de Bienestar y la bancada de Morena en el Congreso local, entre otras posiciones. Y tuvieron el desatino de tomarse una fotografía y difundirla en redes hace unos meses con el presidente municipal con licencia, Cruz Pérez Cuéllar.

En un movimiento que ha hecho de la ética pública una de sus principales banderas, deberíamos ser particularmente cuidadosos con esa frontera.

Eso protege a quienes pierden, pero también —y quizá sobre todo— protege a quien gana.

Un triunfo acompañado de certeza fortalece un liderazgo. Uno permanentemente rodeado de dudas obliga al ganador a cargar con cuestionamientos; lo que complica su liderazgo con las bases morenistas.

Por eso creo que Morena debe aprovechar lo ocurrido en Chihuahua y en otros estados para revisar sus métodos. No para abandonar las encuestas, sino para perfeccionarlas.

Debemos preguntarnos si las campañas internas son compatibles con su propósito original; si es viable permitir despliegues publicitarios capaces de alterar significativamente los niveles de conocimiento que después mediremos; si necesitamos reglas más estrictas para impedir la participación de estructuras gubernamentales; si las ponderaciones de las preguntas deben reconocer las ventajas naturales de quienes ya ejercen cargos y, sobre todo, si necesitamos mecanismos adicionales de supervisión cuando existan relaciones políticas previas entre quienes conducen un proceso y quienes participan en él.

Deberíamos atrevernos a medir algo que ninguna campaña espectacular puede fabricar fácilmente: el territorio.

Preguntar si una persona conoce el trabajo realizado en su colonia. Si alguna vez fue visitada en su casa; escuchada. Si quienes aspiran a representarla han recorrido su comunidad; han tocado su puerta y les han estrechado la mano o si los aspirantes conocen sus problemas más allá de una encuesta de opinión. Sería una manera de recordar de dónde venimos.

Porque abrir Morena a la sociedad nunca significó abandonar su identidad. Desde nuestros primeros años entendimos que necesitábamos incorporar personas provenientes de otros sectores y trayectorias políticas. Esa apertura fue necesaria para construir una mayoría nacional. Sin embargo, abrir las puertas no significa abrirnos a las prácticas que combatimos.

Resultaba sencillo condenar el uso político de los gobiernos cuando los gobiernos eran de otros. Resultaba sencillo denunciar las estructuras cuando las estructuras pertenecían a otros partidos. Resultaba sencillo exigir imparcialidad cuando otros eran los árbitros.

Ahora nos corresponde demostrar que aquellas convicciones no dependían de nuestra posición frente al poder.

La Transformación no puede reducirse a sustituir nombres en los gobiernos mientras sobreviven las prácticas que prometimos desterrar. Tiene que significar otra relación con el poder, otra forma de competir y otra manera de resolver nuestras diferencias.

Las encuestas deben permanecer. Pero tienen que evolucionar para proteger aquello que pretendían garantizar: que sea la gente, y no el dinero, las estructuras, la propaganda o las relaciones de poder, lo que incline la balanza.

Conviene recordar algo muy sencillo. Antes de tener gobiernos, Morena tuvo militantes; antes de tener estructuras, tuvo organización. Antes de tener recursos, tuvo principios. Y antes de tener millones de votos, tuvo miles de personas tocando puertas. Transformación, sí; pero sin abandonar los principios.