Cada vez que, en Juárez, se sabe que una persona acusada de un delito fue absuelta, la reacción suele ser la misma: "otra vez la justicia le falló a la gente", "el juez lo dejó ir". Es una reacción comprensible, porque ningún juarense quiere pensar que un daño quedará sin respuesta. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en quién está del otro lado de esa decisión.
Detrás de la toga hay una persona. Alguien que también es madre o padre, hijo, vecino; que vive en la misma ciudad, lee las mismas noticias y siente la misma indignación ante la violencia. Alguien que escucha, durante horas, relatos que duelen. Que mira a los ojos a una víctima, a su familia y también a la persona acusada. Y que, al final del día, tiene que tomar una decisión que no deja contento a todo mundo.
Imaginemos a alguien a quien le entregan una caja con las piezas de un rompecabezas y le piden decir qué imagen forma. No puede fabricar las piezas que faltan ni recortar las que no embonan. Si la caja llega incompleta, puede intuir la figura, pero no puede afirmarla. Así trabaja un juez: no investiga, no busca testigos, no reúne pruebas. Resuelve con las piezas que llegan a la sala, y sólo con ellas, aunque como cualquier ser humano a veces quisiera que la imagen hubiera llegado completa.
Cuando un juez absuelve, no está diciendo que el hecho no ocurrió ni que la víctima miente. Está diciendo algo más simple y más difícil a la vez: que lo que se presentó no alcanzó para demostrar, sin lugar a dudas, que esa persona en particular es responsable.
Detrás de cada juicio en Ciudad Juárez hay una cadena larga: policías, peritos, investigadores, víctimas, testigos, abogados. Cada eslabón carga con sus propias limitaciones, su cansancio y sus circunstancias. Hay víctimas que, después de meses o años, ya no quieren revivir lo que pasaron. Hay testigos que se van, que olvidan, que se arrepienten. Hay pruebas que no logran conectar los hechos con la persona señalada. No siempre hay mala fe. Es un sistema hecho por personas, y las personas tienen límites.
Y el juez también es parte de ese sistema. No está por encima ni fuera de él. Es un eslabón más, tan humano como los otros: siente, duda, se cansa, se conmueve. La diferencia es que no puede decidir con el corazón, sino con lo que se demuestra.
También lo es la persona acusada. Aunque solemos olvidarlo, quien se sienta en el banquillo forma parte de la justicia tanto como la víctima. Tiene derecho a ser escuchada, a defenderse y a ser tratada como inocente mientras no se pruebe lo contrario. Detrás de esa persona también hay una familia que espera afuera de la sala. Y una justicia que sólo mira hacia un lado deja de ser justicia.
Frente a todo eso, el juez tiene una regla que no puede saltarse: nadie puede ser condenado si no se prueba su responsabilidad más allá de toda duda razonable.
Por eso una absolución no se dicta a la ligera. Hay jueces que se llevan los expedientes a casa, que repasan cada testimonio, que pierden el sueño antes de firmar, porque saben que, decidan lo que decidan, alguien sufrirá. Y aun así tienen que explicar por escrito cada razón.
Es más fácil señalar al juez que preguntarnos qué pasó antes de llegar a la sala. Pero el descrédito no corrige una sentencia: una publicación en redes, un rumor o un insulto no cambian una sola línea de lo resuelto. Lo que sí la cambia son los argumentos. Quien no esté de acuerdo con una decisión tiene a su alcance los recursos legales y los razonamientos jurídicos. Tiene, sobre todo, un tribunal de alzada, con jueces distintos que revisan lo decidido y pueden confirmarlo, modificarlo o revocarlo. Ese es el camino idóneo, porque ahí se discute con pruebas y razones, no con señalamientos.
Nada de esto significa que el dolor de una víctima no importe. Importa, y mucho, también a quien tuvo que escucharla. Pero antes de juzgar al juzgador, quizá valga la pena hacernos otras preguntas. ¿Qué faltó? ¿En qué momento se quebró el caso? ¿Qué podemos hacer, como sociedad, para que la verdad llegue completa?
Absolver, cuando las pruebas no alcanzan, no es traicionar a nadie. Es cumplir con un deber que a veces pesa más de lo que imaginamos. Y un juez que condena sin pruebas, deja de hacer justicia, aunque por un momento la tribuna aplauda.