Hay visitas que se preparan con flores y un nudo en la garganta. Cada año, entre el 1 y el 2 de noviembre, los panteones de nuestra ciudad sufren una metamorfosis única: dejan atrás el silencio habitual para llenarse de colores, aromas y memorias. Lo que en otras culturas se percibe como un espacio de luto estricto, en nuestra tierra, se transforma en un reencuentro cálido con quienes se han adelantado en el camino. En la víspera, las familias comienzan los preparativos, se preparan los encuentros: hay que ponerse de acuerdo y recordar por dónde se entra para encontrar aquella sepultura que conocemos de memoria.

En el centro de la ciudad, en los cruceros, en los viveros, se escogen los ramos con una atención que pocas compras merecen. “A ella le gustaban las blancas”, dice alguien. Otro busca los colores que alegraban a su padre, a su hermana, a su hijo. Se comparan precios, se juntan monedas, se procura llevar algo bonito. Quienes no alcanzan para flores naturales recurren a las coronas y cruces de papel metálico, tan tradicionales, con sus destellos morados, plateados y azules. Hay algo en ese brillo que vuelve más honda la tristeza: reluce bajo el sol mientras una persona acomoda su pena. También ahí hay un esfuerzo, una elección amorosa, un “me acordé de ti”.

Alrededor de los cementerios juarenses, muchas familias encuentran una oportunidad para sostenerse. Desde temprano cargan mesas, levantan puestos y acomodan mercancía. Se venden flores, agua, enchiladas, pan de nata, cañas, mandarinas y dulces mexicanos, es una estampa muy nuestra: la de las abejas “revoloteando” alrededor, que parecen reclamar su parte del azúcar. El olor de la comida se mezcla con la tierra removida. Quien atiende el comal quizá también tiene a alguien a quien quisiera visitar, pero primero necesita completar el gasto de la semana.

“¿Quiere parking?”, ofrecen los vecinos, señalando la cochera o el espacio disponible frente a su casa. Esa palabra, tan de esta frontera, se abre paso entre vehículos, peatones, Unos orientan, otros ayudan a maniobrar; cada lugar ocupado representa un dinerito para el hogar. La necesidad trabaja incluso a las puertas del duelo.

Al llegar, cada familia se reparte las tareas. Uno trae agua para lavar las lápidas o para asentar el montón de tierra de los que no han podido comprar una; otro arranca hierbas. Se retiran los restos de arreglos anteriores, se barre alrededor y se repasan las letras con pintura, hasta que el nombre vuelve a leerse. La mano procura no salirse del trazo, como si en esa paciencia pudiera devolverle algo a quien ahí descansa. Después se acomodan los tallos con ternura, se endereza una cruz y se pregunta: “¿Así se ve bien?”. Todavía importa que le guste.

Las sillas se abren junto a las tumbas. Ahí se habla de lo cotidiano. Alguien cuenta una ocurrencia y provoca una risa que enseguida se humedece. También llegan los músicos. Un conjunto norteño sencillo ofrece sus canciones entre los pasillos; el acordeón encuentra la herida que ninguna palabra había alcanzado. Quienes pueden gastar más, contratan banda, mariachi o un trío, los de presupuesto limitado simplemente instalan una bocina que resuena a todo volumen.

Los nombres dibujan un mapa de nuestra ciudad: Panteón municipal, Colinas de Juárez, Recinto de la Oración, Jardines Eternos, Jardines del Recuerdo, Sueños Eternos y Zaragoza. Cada uno guarda una parte de las familias que han hecho su vida aquí. También están los espacios más modestos, como Partido Senecú, conocido como el Panteón de los Niños (donde se aparecen las huellas de las manitas en las ventanas y retrovisores de los carros que los visitan, según la leyenda urbana).

El Tepeyac merece una mirada detenida. Entre sus sepulcros descansan integrantes de antiguas familias juarenses, recorrerlo permite acercarse a una ciudad anterior a la nuestra, cuyos apellidos todavía aparecen en escuelas, calles y conversaciones. Las huellas del saqueo y del vandalismo son dolorosas: tumbas dañadas, lápidas rotas, espacios profanados.

Hay siempre, sepulturas que nadie arregla. Nombres borrados, floreros vacíos, cruces vencidas. No siempre sabemos por qué dejaron de recibir visitas. Tal vez la familia se fue, enfermó, envejeció o ya no queda nadie que conozca el camino.

Ir al panteón en familia es volver a nuestras raíces y enseñar a los más pequeños de dónde vienen.

Al despedirse, alguien recoge las sillas, reza, observa una última vez las flores. Luego dice bajito: “Ya nos vamos”. Cuesta dar la espalda. Porque debajo de esa piedra, de esa tierra, hay una persona a la que todavía quisiéramos llevarnos a casa.