Horacio Arras viajó a Montreal, Canadá, para presenciar la prueba de ruta del Campeonato Mundial de Ciclismo 2026 y regresó con algo que ninguna clasificación puede medir: la satisfacción de haber pedaleado junto al ciclista mexicano Isaac del Toro, conversar brevemente con él y comprobar, desde su propia bicicleta, la fuerza del corredor que admira.
A sus 59 años, el fronterizo llevó a Montreal su bicicleta Cervélo Soloist. No iba a competir; quería disfrutar el ciclismo de cerca. El sábado previo a la carrera encontró una oportunidad que convirtió el viaje en una experiencia inolvidable: acompañar durante unos 50 kilómetros a la selección mexicana en su entrenamiento.
“Fue una experiencia muy bonita, increíble poder platicar con él, rodar con él y tomarme fotos. Para mí era un sueño que se hizo realidad”, relató.
Al día siguiente, Arras estuvo entre los aficionados que siguieron al mexicano en la prueba de ruta. Del Toro terminó quinto, con un tiempo de 6 horas, 17 minutos y 18 segundos, a 14 segundos del estadounidense Brandon McNulty, quien conquistó el título.
Para Arras, ese resultado no borró la ilusión de verlo campeón; le confirmó que presenciaba a un corredor capaz de disputar la victoria a los grandes. “Yo estaba seguro de que podía ganar. No me decepcionó porque sé que dio todo”, expresó.
Antes de sumarse al entrenamiento, pidió permiso a Del Toro, quien aceptó que los acompañara detrás del grupo mientras realizaban los intervalos de activación para la carrera del domingo.
Fue entonces cuando sintió la diferencia entre admirar a un atleta por televisión y tratar de seguirlo sobre el asfalto. Del Toro marcaba un ritmo fuerte y sostenido. Lo que al joven parecía salirle con naturalidad exigía un esfuerzo enorme a quienes rodaban detrás. “Estoy seguro de que para él era algo sencillo, pero para nosotros era durísimo”, contó.
Entre los intervalos, el regreso al circuito y el recorrido al hotel, Arras pudo hablarle de un vínculo que ambos reconocían: Ricardo Cruz y el equipo Autotec, con quienes había vivido y entrenado años atrás en Ensenada.
La conversación fue breve. Del Toro estaba concentrado en su preparación y Arras, que conoce las exigencias del deporte, respetó ese momento.
Lo que más le quedó fue la combinación de disciplina y sencillez. Durante el entrenamiento vio a un corredor serio y enfocado en el Mundial; después, a un joven de 22 años que bromeaba con sus compañeros. “Tenemos una joya de personalidad. Tenemos una joya de ciclista”, dijo.
Una pasión que nació a los diez años
Esa admiración tiene raíces profundas. Arras comenzó a practicar ciclismo a los diez años, motivado por un compañero de primaria al que creía poder ganarle.
En 1979 disputó su primer campeonato nacional, en Ciudad Juárez, y terminó tercero. Después llegaron segundos lugares en Veracruz y Monterrey, y en 1983 ganó dos medallas de oro y una de bronce en un Nacional celebrado en Chihuahua.
Su fortaleza era la velocidad. También se defendía en la contrarreloj, aunque las subidas eran su punto débil. Participó en vueltas por todo el país y llegó a encabezar la clasificación en competencias como la Vuelta Maya Caribe, la Vuelta del Golfo y la Vuelta de Sinaloa.
Durante su juventud compartió procesos de preparación con el exciclista profesional Raúl Alcalá, con quien mantiene una amistad. Recuerda que Alcalá lo animaba a dedicarse más a la ruta.
La posibilidad de hacerse profesional lo llevó a Ensenada, donde entrenó con Autotec y compitió en el sur de Estados Unidos. Sin embargo, las dificultades para sostener ese proyecto y su decisión de estudiar lo hicieron regresar a la frontera.
Años después, ya casado y con hijos, todavía consiguió un campeonato nacional de veteranos en Pachuca, en 2003.
El golpe más duro
El 23 de mayo de 2004, durante una carrera en Chihuahua, una caída le provocó una fractura del acetábulo, en la cadera. La operación duró siete horas y le dejó una placa que aún conserva. Le advirtieron que posiblemente necesitaría bastón el resto de su vida.
Con hijos pequeños, Arras decidió apartarse de las competencias de ruta en grupo. La pasión seguía intacta, pero su familia y su recuperación exigían otro camino.
La bicicleta, paradójicamente, también lo ayudó a salir adelante. En septiembre le retiraron las muletas y ese mismo año pudo terminar el Chupacabras. Desde entonces siguió pedaleando, con mayor inclinación hacia el ciclismo de montaña y los entrenamientos por su cuenta. “El ciclismo va en mis venas”, afirmó.
Hoy habla con orgullo de su esposa, sus tres hijos y un nieto: una familia que describe como maravillosa y que ocupa el primer lugar en su vida. Admirar a Del Toro no significa lamentar lo que no consiguió, sino encontrar otra manera de disfrutar un deporte que nunca dejó.
Montreal, una fiesta mexicana
En Montreal, las banderas mexicanas acompañaron el paso de los corredores. Arras vio aficionados llegados de México y Estados Unidos, además de mexicanos residentes en Canadá. Había disfraces de torito y un ambiente festivo que convirtió la espera junto al circuito en una celebración. También reconoció a seguidores de otras nacionalidades que buscaban a Del Toro.
Su grandeza, considera, no se limita a las piernas. Destacó la manera en que el mexicano se acercó a la gente, aceptó fotografías, firmó autógrafos y agradeció el apoyo.
“Su humildad es muy importante. Le da crédito a todo mundo”, señaló.
Arras también rodó brevemente con el exciclista estadounidense George Hincapie. Encontrarse con figuras de esa trayectoria fue parte de la satisfacción del viaje, aunque compartir el entrenamiento con Del Toro tuvo para él un significado especial.
Durante la carrera siguió los ataques, las persecuciones y el trabajo de las selecciones. El Mundial se disputa por países, no por los equipos comerciales que los ciclistas representan durante buena parte del año, y esa diferencia influye en la estrategia.
McNulty lanzó el ataque decisivo a unos 33 kilómetros de la meta y resistió la persecución hasta conquistar el campeonato.
Desde su perspectiva, Arras vio a Del Toro responder a movimientos peligrosos y gastar energía para cerrar diferencias. También destacó el esfuerzo de sus compañeros mexicanos, en particular de Edgar “Chucky” Cadena.
“Me dio mucho orgullo ver a otro mexicano trabajar para su líder en momentos importantes”, recordó.
Considera que Del Toro pudo administrar mejor algunos esfuerzos y colocarse más adelante para el cierre. Lo expresa como un aprendizaje de una carrera exigente, no como un reproche. “En el ciclismo no siempre gana el más fuerte; también cuenta cómo corres”, explicó.
Para Arras, el quinto lugar anticipa lo que vendrá. Está convencido de que Del Toro tiene condiciones para ganar grandes vueltas y un campeonato mundial.
Su ejemplo ya cambió algo en su propia vida: lo motivó a entrenar con más entusiasmo. Cuenta que pasó de pesar 220 libras (unos 100 kilos) a 165 (unos 75) y atribuye parte de esa constancia a la inspiración que encuentra en el joven mexicano. “Si a mí, a los 59 años, me inspira, imagínate a los jóvenes”, dijo con lágrimas en los ojos.
Cuando le preguntan qué representa Isaac del Toro, responde sin rodeos: “Es mi ídolo”.
Arras regresó de Montreal con fotografías, recuerdos de una carrera vibrante y la satisfacción de haber compartido la carretera con él. Para quien empezó a los diez años soñando con ganar carreras, esos 50 kilómetros fueron una nueva forma de cumplir un sueño.
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