No sería casualidad que las autoridades estadounidenses sigan con lupa cada movimiento en la guerra entre cárteles en territorio chihuahuense. Basta ver el fin de semana: en Parral, Chihuahua, la violencia irrumpió el sábado sin aviso durante una jornada de carreras de caballos, ayer lunes Donald Trump declare a Associated Press que estaría dispuesto a lanzar ataques contra grupos del crimen organizado en México. Dos escenarios distintos, unidos por un mismo hilo de tensión.
La tarde del sábado, el Hipódromo Santa Teresa se llenó primero de polvo y adrenalina, y minutos después del estruendo seco de las armas. Ocho personas quedaron sin vida y una decena más resultó herida. Un evento familiar convertido en escena de caos, otra marca en el mapa de un estado acostumbrado a convivir con la sombra del crimen.
En menos de 48 horas, Trump insistía desde Washington en una retórica que ya no parece advertencia, sino preludio: “¿Lanzaría ataques en México para detener el narcotráfico? No tengo problema con eso. Haría lo que sea necesario”. Señaló que Estados Unidos “pierde cientos de miles de personas por las drogas”, que conocen “cada ruta” y “cada dirección de los narcotraficantes”. Es una guerra, dijo, y él estaría “orgulloso” de actuar.
Lo preocupante es que, entre esa narrativa de guerra, el expresidente también mezcló otros episodios: mencionó la violencia registrada en la marcha en Ciudad de México, un acontecimiento originado con fines políticos, no criminales. “Estuve viendo lo que pasó en Ciudad de México el fin de semana y hay grandes problemas allá”, afirmó, en un comentario que deja la sensación de que los temas —crimen organizado y protesta social— se desdibujan en un mismo saco.
Pero hoy, la presidenta Claudia Sheinbaum cerró de un portazo cualquier injerencia, consciente de que abrir esa rendija podría derivar en nuevas incursiones disfrazadas de ayuda. No hay que hacer mucho análisis para pensar que de cada ofrecimiento militar de Washington suelen marchar otros intereses que, una vez instalados, rara vez se detienen en la frontera.
Ojalá Trump no esté pensando en revolver el asunto más de lo que ya está, porque mientras Chihuahua trata de entender otro ataque brutal, el discurso desde Washington parece dispuesto a encender una mecha que no necesita más fuego.