Fin de semana. En Juárez atardece temprano durante el invierno. A lo mejor son las seis ‘y garra’. Debo esperar una hora para una cita, aprovecharé para ir a buscar un cajero automático y ‘asaltarlo’. Llegó la hora de apearse para comenzar la pesquisa. En una isla del mall compro una ‘esquimal’ de la Trevly; pienso que no es muy buena idea porque hace rato me dio una carraspera medio brava. Pero el antojo es más fuerte que la razón y para algo venimos a “este mundo matraca, donde nadie de morir se escapa” -pensé-. Ahora debo encontrar algún lugar sereno para empacarme el postre. Como casi todo en esta vida, una cosa lleva a la otra. Me voy caminando sin rumbo hasta llegar a la entrada donde -algún día- estuvo el Degá, muy buen restaurante por cierto, de la cocina, me gustaba el pan integral y un desayuno que no recuerdo el nombre, pero eran huevos revueltos con una salsa de tomatillo y chorizo divorciado, creo que le llamaban los norteños. Pura comedera, diría mi mamá. Ya no existe el Degá, solo una banca de madera que obstruye la entrada para los curiosos. La vida es igual, a veces estás y es seguro que, más temprano que tarde, seguramente no estarás. Yo saboreaba la paleta cuando comencé a ponerle atención a la pasarela. Se repetía, como en un bucle del tiempo, la escena de parejas de jóvenes con carreolas y bebés que se pasean por el mall, pero también pasaron los novios, la mujer sola que camina junto a dos perros pequeños, el trabajador que jala un bote de plástico y va entre negocio y negocio recibiendo la basura del día, los empleados de algún negocio del mall que salen hartos de su jornada, las familias de paseños que van a ‘dar la vuelta’, en fin, de todo como en bótica. Pero hay algo nos une, la mayoría solo estamos aquí para pasar el rato. Los años nos enseñan que es precisamente lo que el tiempo hace, pasar. Pasar una y otra vez. Entre la ráfaga de caminantes, a lo lejos veo a dos personas sentados en otra banca platicando con entusiasmo, están donde -hace más de tres décadas- fue la entrada del Cine Gemelos, por cierto, la última película que fui a ver, fue en 1996, era la película Trainspoting, de origen británica, que fue todo un escándalo porque abordaba las penumbras del fin de siglo, narrando la historia de un grupo de jóvenes adictos a la heroína, una de las primeras drogas ‘duras’ que se hicieron populares y el principal antecedente de las drogas sintéticas que hoy tienen al mundo de cabeza, con lo años, este filme se convertiría en un clásico del séptimo arte. Mientras la memoria vuela, la mirada me vuelve a la realidad, uno de los que están sentados en aquella banca es el Profesor Brigido Hernández Ojeda, una leyenda del periodismo de Juárez, muy amigo de mis papás, lo primero que viene a mi mente es una estampa que vive en mi memoria: al centro una radio vieja que acompañaba las mañanas en la casa donde crecí y mi mamá tomando el teléfono amarillo que tenía en la sala de la casa para luego marcar a una estación de radio y pasar al aire para decir “Profesor Brigido, por favor si me puede poner la canción “Hermosísimo Lucero”, con Lucha Villa, la Grandota de Camargo”, unos minutos después ya estaba cantando y, si la primera tonada la agarraba en pie, bailando al son de la música norteña. Pero no es mi único registro en la memoria, también tengo presente aquella odisea en la política del Profe Brígido cuando compitió en la elección interna del PRI por la alcaldía, fue en 1998, en la cresta de la ola democrática, cuando México exigía alternancia y, para ponerse a tono, el PRI se abrió a la democracia, bueno, seamos honestos, quizá, como algún día me dijo el profesor Guillermo Narro, se trataba de la ‘democracia dirigida’. Pues sí, lo que es un hecho es que también la democracia, a través de la ingeniería electoral, se planea, se diseña, se construye, hasta la fecha, en la democracia pocas cosas se dejan al azar, lo crean o no. En fin, por allá de 1998, el PRI se abrió a una elección ciudadana para elegir a sus candidatos, primero fue la elección interna estatal, donde Patricio Martínez le ganó al favorito del viejo PRI, ni más, ni menos que al filósofo de Rubio, Artemio Iglesias, lo que desató las pasiones de la grey priísta, parecía que por fin el partido oficial había comprendido la transformación del mundo en el Nuevo Siglo. Pero no era exactamente eso, más bien se trataba de una válvula de escape para evitar el evidente desplome porque, para el año 2000, todas las pesadillas del PRI-Gobierno se hicieron realidad y perdió el control político hegemónico del país, algo así le pasará a Morena ¿cuándo? Cuando tenga que pasar, quizá muchos no lo veamos. En fin, regresando a 1998, el profe Brígido, con el idealismo del luchador social, se registró en el edificio de Lerdo y Galeana, pero, como siempre, los ‘dados ya estaban cargados’, quizá es lo más parecido a la lotería de las candidaturas plurinominales en Morena durante el pasado proceso electoral o la tómbola en la elección de jueces, claro, guardando las proporciones. Han pasado 26 años desde aquella ocasión y, hoy, ahí estaba mi estimado profe Brigido, platicando con ahínco, porque un comunicador hace su labor con pasión, lo mismo con una audiencia de miles en televisión que con una persona en una plática informal. Estaba contento de testimoniar aquella escena a lo lejos. De pronto mi sentido del tiempo-espacio me hizo voltear a ver la hora en mi celular y me di cuenta de que ya se me hacía tarde, inmediatamente me puse en marcha y salí por la puerta del Río Grande Mall.