Cierto es: la inconformidad es natural no solo entre los humanos. Y de hecho, en Ciudad Juárez podemos darla por algo intrínseco pues dada la naturaleza inhóspita del lugar donde vivimos, solo podemos entender que gente inconforme con las circunstancias que el medio les imponía haya podido vencerlo para dominarlo y así sobrevivir a él.

No es mala la inconformidad, como quieren hacerla ver. La inconformidad por sí misma es el principio de todos cambios considerando siempre que los cambios han surgido de la mente y espíritu de personas inconformes que apuestan a cambiar la realidad por otra, presumiblemente mejor: sí, primero nacen las ideas, pero también es necesario tener la capacidad de llevarla a cabo. Por eso las personas inconformes son, sin lugar a duda, agentes de cambio.

Ciertamente, existe un grupo de personas que hemos manifestado no estar conformes con la solución que se está dando para mejorar la convivencia entre el tren y los vehículos, no porque neguemos la importancia del problema y la necesidad de resolverlo lo antes posible, más pensamos que hay mejores maneras de hacerlo, y nótese que escribo en plural, sin dejar de lado a las personas y más aún, no solo las ignoran, sino que las maltratan con la solución actual son esa especie de “áreas verdes” que más que ello son retazos residuales en los que, posiblemente, se sembrarán uno o dos árboles para justificar el color verde con el que se colorearon los planos y las perspectivas que se muestran en los renders.

Tampoco se trata de que esta inconformidad surja de una posición política en cuanto a pugnas entre personas y partidos: más bien se trata de una posición política que se llama ciudadanía y que todo juarense debe asumir cuando se trata cuestiones que tienen que ver con la ciudad y quienes vivimos en ella, aunque no seamos afectados directamente. En este caso el hecho de no ser uno de los ochenta mil afectados por el paso del tren, o de los comerciantes o usuarios del Centro, no nos libera de la obligación como ciudadanos de mantener un papel activo en la sociedad de manera individual o bien grupal desde las organizaciones de la sociedad civil o la academia

Porque la no conformidad, de acuerdo con Mike Sasso, es el mayor logro evolutivo de los seres sociales y en ese mismo sentido según Richard Branson las personas más talentosas, aquellas que invitan a la reflexión y cambian el juego, nunca son normales. Así que, desde esta anormalidad, hay personas que se preguntan ¿a dónde podrá llevar la inconformidad por la solución actual que se le está dando a través del polémico puente de la Vicente Guerrero? ¿Las propuestas alternas que se ofrecen a quién habrán de beneficiar? ¿Para quiénes serán útiles? ¿Para las personas, o para las máquinas? ¿Los beneficiarios serán personas locales, o un negocio externo a la ciudad que nos utiliza para maximizar sus ganancias? ¿Por qué tanta prisa por hacer una mala solución en lugar de velar por nuestros intereses y que la afectación sea la menor posible?

Puede ser más sencillo tomar las ideas más recurrentes, como es hacer un puente, pero… ¿por qué no ir más allá? ¿Por qué no tomar el impulso que tendrá esta intervención en el Centro para en vez de solo darle el paso al tren, dotar de verdaderos espacios públicos ya ni siquiera de la calidad de los que ya existen, sino superior? ¿Por qué no aprovechar esta oportunidad para ya no seguir siendo la tradicional ciudad fea de la que todos, locales y fuereños, hablan?

Con proyectos con atrocidades que defienden no afectar a comerciantes porque se ha considerado una vialidad lateral de 3.5 metros de ancho - ¡ni siquiera el ancho de dos cajones de estacionamiento! – y poner en alto a las personas porque se han considerado puentes peatonales imposibles de utilizar por personas con discapacidad, no podemos pensar que el proyecto actual esté a la altura que los juarenses merecemos. Por eso, no podemos quedarnos con los brazos cruzados mientras se cocina una crueldad que a todo juarense afecta.

Si el tren habrá de seguir pasando por el Centro, como así será, que al menos no perjudique aún más su dinámica. La razón nos dice que pudiéramos dejar de luchar por cuestiones inocuas, pero este no es el caso: la pausa que ha dado la detención de la obra por parte de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transporte, deberá ser la oportunidad para la reflexión y el cambio de las reglas del juego, como sugiere Branson, porque si los descarrilamientos y el paso de sustancias tóxicas al grito de “Cuidado con el tren” seguirán siendo parte de la cotidianidad, solo la colaboración entre personas e instituciones que puedan aportar conocimiento, fuerza y estrategias hará que la razón prive sobre la fuerza. Inconformidad, sí, y soluciones también.