Estos días de posadas, celebraciones, luces, regalos y comida excesiva, creo que es necesario tomarnos unos minutos, detenernos, desconectarnos del mundo superficial, de los teléfonos celulares que han cambiado nuestras formas de relacionarnos, para reconcentrarnos sobre el verdadero sentido de la Navidad.
El nacimiento de Jesús no es un evento más en la historia, es el gran acontecimiento de la mayor humanidad y, por tanto, de mayor divinidad. Así y todo, esto se ha transformado en un "evento" compulsivo y autodestructivo: el consumir, comprar, autosatisfacerse de bienes, acciones que nos han llevado a desconectarnos del espíritu del Niño Dios. Por tanto, es urgente un cambio de actitud en estos días. Volver a la Navidad es recuperar un sentido que une las dimensiones de la vida y que nos concede la posibilidad del agradecimiento a Dios y a las personas por compartir. Es recuperar costumbres sencillas, humildes, solidarias y cargadas del espíritu de quien nos trae la buena noticia.
La Navidad es la celebración de la humildad de un Dios que se hace niño y nos lleva a valorar nuevamente la sencillez como una actitud fundamental y necesaria. Lo que celebramos es el nacimiento de Jesús, un niño muy pobre, que nació vulnerable, en un espacio que no era una zona confortable. Contemplemos, vinculémonos con la persona del niño. Así, esta celebración nos debe invitar a vivir lo mismo, destacar la austeridad como un valor, que los ritos y tradiciones son importantes como compartir juntos, celebrar la misa de Noche Buena y otros, como ayudar a alguien que lo necesite, recuperar las amistades que hemos perdido. La espiritualidad de la Navidad, la del Niño Dios en el pesebre, nos renovará y sanará. Por supuesto, el nacimiento de Jesús en sí mismo ya es un regalo. Eso tenemos que descubrirlo y encontrarlo. Es un llamado a volver a Jesús, que siempre nos trae buenas noticias
En esta ciudad, donde los idiomas se entrelazan, las culturas conviven como vecinos de puerta, las posadas conservan su esencia sencilla y entrañable. Celebrarlas aquí es más que una tradición, un acto de amor, un recordatorio de lo que somos y de donde venimos. Desde mediados de diciembre, en las colonias populares donde vive la gente sencilla, las casas empiezan a vestirse con luces parpadeantes, nacimientos modestos y ramas de pinos. El olor del ponche con canela, guayaba y caña escapa por las ventanas abiertas, invitando a los vecinos a acercarse, a ser parte de algo más grande. Todo inicia con el ritual de pedir posada: —“En el nombre del cielo…” —resuenan las voces, unidas, cargadas de ternura. Adentro, alguien responde con entusiasmo: —“¡No sean inhumanos!...” La canción tradicional que nos sabemos de memoria desde niños y que resuena en nuestro corazón de adultos, sube y baja en sonrisas hasta que la puerta finalmente se abre y todos celebramos: “¡Entren, santos peregrinos!”. Ahí, José y María dejan de ser figuras de yeso y se transforman en símbolo de hospitalidad y esperanza. Los niños corren a la mesa de los bolos de dulces sencillos: colaciones, barrilitos, mazapanes, acompañados con los tejocotes, naranjas, cacahuates con cáscara y unos cuantos caramelos macizos que hacen una delicia de sabor y color. Las piñatas, hechas de ollas de barro forradas con papel de china, son ahora todo un evento y una reliquia. A golpe de palo y entre risas, se rompe el mal simbolizado por los siete picos, que representan los pecados capitales, dejando caer la recompensa en forma de dulzura. Las posadas en Juárez y otros lugares de México también tienen un sabor nostálgico, porque aquí muchos volvemos a ver a nuestra familia, algunos después de años. ¿Recordamos el programa Paisano? Este continúa, es el tiempo en que muchos utilizan los ahorros de un año para venir, traspasar las fronteras y en caravanas venir a visitar a los que aman, con sus vehículos llenos de obsequios que traen a donde su gente los espera con gran emoción y esperanza.
Los abuelos, las familias, adornan con ramas secas, periódicos pintados de café, faroles de colores, figuritas tiernas de barro y velas reales, se entonan villancicos con pandero en mano, mientras el niño Dios es acostado en el nacimiento entre algodones y musgo fresco. Todo es simple, humilde, tradicional, pero lleno de magia. Estos pequeños momentos, que se repiten año con año, de manera simbólica y tradicional, nos recuerda que el verdadero espíritu de la Navidad está en el encuentro, en compartir lo poco o lo mucho. En una frontera que muchas veces divide, las posadas nos unen. Aquí, entre el frío del desierto y las luces del norte, la fe y la familia encuentran un refugio cálido y feliz. Porque, aunque el mundo cambie, mientras alguien siga pidiendo posada y cantando villancicos, siempre habrá lugar para la esperanza y el amor.