Parece que fue hace mucho tiempo, pero fue hasta antes de junio del 2015, cuando escuchábamos sobre Donald Trump como un millonario norteamericano dedicado principalmente a los negocios inmobiliarios y de la construcción; sin embargo, antes de consolidarse como un prominente empresario y figura pública, estuvo involucrado en una serie de escándalos y demandas por su controversial manera de hacer las cosas.
En 1973, el Departamento de Justicia de los Estados Unidos demandó a Trump Management Corporation por discriminación racial sistemática a la hora de seleccionar inquilinos. En la década de los 80´s, durante la construcción de la emblemática Trump Tower de Manhattan fue pública la controversia por la forma en que adquirió los derechos de desarrollo del proyecto y la demolición de un edificio histórico para llevarlo a cabo. No podemos dejar de lado que el millonario tuvo que enfrentar múltiples demandas de fraude y prácticas comerciales deshonestas por su fallida Universidad Trump que ofrecía cursos sobre bienes raíces; todo esto es solo una pequeña parte de los escándalos que precedieron a su ingreso a la política.
Estos antecedentes indicaban claramente cual era el tipo de político que llegaría a la presidencia en 2016 al vencer en la contienda electoral a la candidata demócrata Hillary Clinton. La campaña de Trump estuvo cimentada por un esquema mediático que lo colocaba como una persona con experiencia en el mundo empresarial y una imagen capaz de conectarse con un amplio sector de la sociedad estadounidense que se encontraba desencantada de los políticos tradicionales, pero que, adicionalmente estaban resueltos a encontrar un lider que los llevara a un cambio en la política de Washington.
Por eso no es de extrañarse que desde su campaña presidencial y durante su presidencia, Donald Trump impulsó una serie de medidas y propuestas polémicas en el tema de la inmigración y especialmente con México. Tal vez la mas conocida es la construcción de un muro fronterizo que “separara ambos paises y que sirviera como defensa ante la inmigración”; pero no podemos dejar de lado la política de cero tolerancia y de separación familiar que implicaba la detención y procesamiento penal de aquellos que cruzaran ilegalmente la frontera y, la cancelación del DACA, el programa que protegía de la deportación a los inmigrantes que llegaron a Estados Unidos siendo niños.
Los dividendos políticos de la retórica antiinmigrante fueron jugosos para Trump, el uso de un lenguaje despectivo que describía a los inmigrantes mexicanos como una turba de criminales y violadores contribuyó a una polarización en la sociedad norteamericana y a la creación del movimiento autodenominado MAGA (Make America Great Again) con un profundo sentido racista y de discriminación a todo aquello que signifique movilidad humana.
MAGA es un movimiento con pensamientos basados en prejuicios que debieron haber sido superados hace mucho tiempo, tales como el nacionalismo que prioriza el beneficio de Estados Unidos, aunque eso signifique un perjuicio a otros países; la crítica al establishment político y mediático a través de términos indefinidos como “fake news” para aquello que no les agrade o contradiga y, por supuesto, las políticas migratorias restrictivas basadas en un “proteccionismo para la seguridad nacional”.
Todo esto que Donald Trump ha generado, la política de odio, de racismo y discriminación, llevó a que la sociedad norteamericana ponga en una balanza la opción de plantarse ante la naturaleza migratoria propia que le dio origen a su grandeza o, dejarse llevar por los prejuicios de un radical y un sector social convencido de que se requiere de un cambio en el camino que lleva ese país.
A pesar de todo lo que he expuesto en esta colaboración, estoy convencido que nada justifica el atentado que Donald Trump sufrió el pasado sábado 13 de julio durante un mitin en Butler Pensilvania, porque siempre he creido que la política es una herramienta para evitar las confrontaciones y encontrar los consensos que lleven a la mejora social.
Condeno enérgicamente el atentado que sufrió Trump, pero estoy conciente que eso no es suficiente, que esto debe ser un llamado a que todos aquellos que nos dedicamos a la política, debemos ser prudentes a la hora de trazar la ruta de nuestros discursos y posturas; porque como dice el conocido refrán, aquel que siembra vientos cosecha tempestades.