Siempre he dicho que López Obrador no estaba preparado para ser presidente de México. Quizá nunca nadie lo está pues no hay escuela que prepare a nadie para ser presidente. Sin embargo, especialmente comparado con sus antecesores y con su sucesora, López Obrador ha demostrado durante casi seis años no estar a la altura del reto.

Decía Felipe González, expresidente del Gobierno de España, que el presidente del gobierno español no puede ocuparse de todo. El grado de complejidad de España exigía que el presidente, según su opinión, solamente pudiera ocuparse de Relaciones Exteriores, Defensa, combate al terrorismo, y algunos temas hacendarios. Fuera de eso, en lo que corresponde a infraestructura, relación con las comunidades autónomas, sanidad y otras áreas del gobierno, deben ser los ministros los que se ocupen de tales tareas.

En nuestro caso el presidente López Obrador se ocupa de todo y de nada a la vez.

En este mismo sentido, Felipe González no tenía conferencias mañaneras. Si mucho salía una vez a la semana o incluso a la quincena, a tocar un tema ante los medios. El resto del tiempo estaba trabajando, acordando con ministros, y compareciendo al Congreso, pues el sistema semiparlamentario de España así lo exige.

¿Qué tenemos nosotros? Un presidente que no le gusta ir a foros internacionales. Como dijo Enrique Krauze en su artículo “El mesías tropical”, a López Obrador no le interesa el mundo, su mundo es México, y el mundo de su mundo era Tabasco (al menos al momento de publicarse ese artículo).

López Obrador no ha entendido en casi seis años que México forma parte de la comunidad internacional. No puede estar aislado del mundo, ni pretender que así sea. Eso solamente lo buscan líderes como Díaz Canel en Cuba o Kim Jong Un en Corea del Norte. En un mundo cada vez más globalizado, las relaciones entre países son elementales para cualquier gobierno.

Como he referido en entregas anteriores, López Obrador solo ha visitado Estados Unidos en tres o cuatro ocasiones, así como Colombia y Chile (países cuyos presidentes se asumen de izquierda) en una, y otra breve visita a Centroamérica. En 2024 no ha tenido ninguna visita al exterior.

No sé si López Obrador evita ir al extranjero para no evidenciar su falta de altura de miras ante otros jefes de Estado, o simplemente no entiende la importancia de la conducción de relaciones exteriores con otros países.

Por otro lado, su conferencia mañanera se limita a ser un espacio para despotricar contra sus adversarios y dar falsos sermones de autoridad moral. Igualmente, sirven nada más para hablar de chismes que poco interesan para la conducción política del país: “Claudio X. González cenó con fulano de tal” y temas parecidos a esos. De forma retórica yo me pregunto si un Jefe de Estado debe estar ocupado de estas nimiedades. Si le preguntamos a la feligresía, seguramente dirá que sí. Pero yo en lo personal no creo que ese deba ser el papel de un Jefe de Estado.

Aquellos dicen que es un ejercicio de comunicación y de acercamiento al pueblo, mienten de la forma más burda. Varios periodistas han enfrentado al Presidente en su propia conferencia mañanera, con los datos de su propio gobierno que contrastan con las mentiras que a diario repite el presidente. “Yo tengo otros datos” atina a decir. Y los chairos, como focas, aplauden.

El presidente sale de gira dentro del país (aunque cada vez menos). Las giras se limitan a sostener la mañanera en algún punto de la república, ir a desayunar a algún mercado, y contar dos o tres chistes o comentarios jocosos en los medios de comunicación que cubren la gira.

Respecto a una estrategia de combate a la inseguridad, no hay nada. Los niveles de inseguridad son cada vez más escandalosos en el país. Yo entiendo que haya gobernadores o presidentes municipales en México que no tienen la capacidad de hacer frente al crimen organizado, pues este último tiene mejores arsenales, más recursos, y mayor capacidad de ataque que las propias policías. Sin embargo, que tenga mayor capacidad que el gobierno federal es un tema que me preocupa.

No sé si López Obrador promueve ese laissez-faire respecto al crimen, por comodidad, por complicidad o por incapacidad. Sin embargo es evidente que el gobierno federal no está combatiendo al crimen organizado. Los números no mienten, aunque él tenga otros datos.

Al presidente le gusta el beisbol. Todo el tiempo recibe beisbolistas en su despacho, y platica de todo con ellos. Se la pasa bien. No recibe a gobernadores (excepto los que él quiere recibir), platica de política electoral todo el tiempo, y de economía no entiende.

El presidente entiende el populismo y lo pone en práctica todo el tiempo. Los programas sociales que ha emprendido y promovido no tienen como objeto cambiar las condiciones de vida de los mexicanos más necesitados. Su alcance es más de corto plazo: comprar votos. Así lo demuestra el resultado del pasado 2 de junio.

Si el presidente entendiera que la única forma de sacar a millones de mexicanos de la pobreza es a través de políticas públicas que promuevan la creación de empleos, entonces no estaría golpeando a las empresas, cambiándoles las reglas del juego a cada momento, ni trataría de cooptar al Poder Judicial como parece ser su interés en la actualidad.

El jefe de Estado debe tener la capacidad de moverse sin dilaciones por todo el territorio nacional, e incluso más allá de nuestras fronteras. Pero López Obrador decidió que un avión era un lujo, y prefiero malbaratarlo a Tayikistán. Supuestamente, con el dinero se construirían dos hospitales en Oaxaca y en Guerrero, sin que hasta la fecha se hayan construido.

El jefe de Estado mexicano comenzó a volar en vuelos comerciales. Pero de tres años para acá lo hace en aviones militares del ejército. Es decir, sigue viajando en avión privado la mayor parte de las veces.

Por otro lado, la agenda que tiene no refleja que, en la mayoría de los días, el presidente haga prácticamente nada además de la conferencia mañanera. Seguramente, tiene acuerdos con secretarios y funcionarios. Pero no se ven reuniones con líderes políticos u opositores, ni tampoco con gobernadores. Insisto, a menos que se encuentre de gira.

El presidente piensa que la falta de medicamentos en el sector salud se resuelve construyendo una farmacia gigante en Huehuetoca desde donde se va a surtir cualquier medicamento a cualquier hospital del país. López Obrador no ha entendido que el sector salud no es una miscelánea o una tienda de abarrotes donde si algo falta, se le habla al repartidor para que lo surta.

En pocas palabras, un presidente que no entiende el mundo, que nada más chismea en un programa mañanero, y que no tiene la capacidad de enfrentar al crimen, es más bien un alcalde de un municipio como lo es Macuspana, en Tabasco. Quizá ese es el trabajo para el que está calificado.