Hubo un tiempo en que el panismo, tanto a nivel nacional como local, pegó en las conciencias de muchos. Eran las épocas en que la gente, con sorna y algo de resignación, repetía la cantaleta de “gánenle al PRI”. Sin contrapesos de ningún tipo, el sistema político mexicano era visto por observadores externos como una auténtica “dictadura perfecta”, tal como lo llamó el laureado escritor peruano, Mario Vargas Llosa, ganándose las objeciones de muchos de sus colegas mexicanos que se negaban a aceptar lo que todo el mundo veía.

El Partido Acción Nacional navegaba a contracorriente. Con esos liderazgos, conservadores y todo, pero con una especie de mística ideológica, de alguna forma heredada de algunos de sus precursores, quizá, especialmente, de Manuel Gómez Morín, su visible fundador, y de Efraín González Luna, el primer candidato a la presidencia de la República por Acción Nacional. Sin olvidar, por supuesto, a don Luis H. Álvarez, sempiterno luchador de la derecha, enarbolando las causas de una peculiar noción de democracia, en la que ellos creían como posible.

Más en corto, con mayor proximidad al entorno juarense, era plausible la presencia de personajes como don Edeberto Galindo Martínez, quien a principios de los ochenta gastaba suela recorriendo las calles de Ciudad Juárez como candidato a una diputación federal. Los efectos de la aplanadora priista se dejaban sentir. Y, con todo en contra, don Edeberto llegaba junto con otros dos de sus correligionarios a los escaños de la legislatura federal. Al viejo Galindo Martínez se le notaba en su andar esa mística de servicio que no se ve todos los días en el mundo de la política práctica. Dos años antes, Francisco Barrio, ganaba, históricamente, la alcaldía de Ciudad Juárez.

A nivel nacional, aunque a las más recientes generaciones les cueste creerlo, Acción Nacional llegó a tener buenos liderazgos. El mismo Luis H. Álvarez se ganó el respeto de la clase política por su congruencia, así como en su trabajo mostrado en la interacción con otras fuerzas políticas. Otro personaje digno de destacar fue Carlos Castillo Peraza, ideólogo, fundador y primer director del Instituto de Estudios y Capacitación Política de Acción Nacional. Castillo Peraza es uno de los líderes más estudiosos que haya tenido el partido. Con formación filosófica, colaboró con su pluma en diversos medios nacionales y extranjeros. Dirigente nacional del PAN en la primera parte de la década de los noventa, Castillo Peraza murió en el año en el que su partido alcanzó el pico de su existencia orgánica, cuando Acción Nacional y su candidato, Vicente Fox, triunfaron en las elecciones presidenciales del año 2000.

Esos liderazgos contrastan con lo que se puede apreciar en etapas más recientes del blanquiazul. A las elecciones de este año, ese partido llegó con el que ha sido, tal vez, su peor liderazgo de la historia, Marko Cortés. También, con una candidata a la presidencia que se emocionó con el canto de las sirenas de quienes le dijeron que era la mujer que México esperaba, pero que en realidad traía escasos activos en su peculio político.

Las dirigencias actuales, sintetizadas en la figura de Cortés, le hicieron gran daño a un partido representativo de la derecha mexicana que muchos veían en el pasado como una opción política congruente, incluso dentro de la estrechez ideológica propia de los conservadores.

Cortés deja a un partido famélico en todos los sentidos. La esperanza de la recomposición de esa organización política estaba, en buena medida, en una vuelta a sus cimientos ideológicos. También, quizá, en el reencuentro con sus ancestrales ideales regulativos. Las vueltas al pasado no siempre son erróneas. Esos viejos panistas no buscaban afanosamente los cargos públicos para enriquecerse, ni negociaban hasta las notarías que habrían de repartirse, como ahora lo hacen los noveles líderes de la derecha. Se va Cortés y llega alguien con un perfil similar. ¿Hasta dónde llegará la derecha mexicana en la senda hacia su despeñadero?