El “bluff” es un instrumento clave en algunos juegos de azar. Los grandes jugadores de póker suelen manejar, magistralmente, lo que constituye un montaje para impresionar al jugador contrario. El “bluff” consiste en fingir una mano fuerte aunque las cartas que se posean no den para mucho. El que lo emplea, espera que los restantes jugadores abandonen la mesa de juegos.

Otros deportes ameritan el uso del “bluff”, aunque con otros matices. Uno de ellos, la lucha libre. En el “wrestling”, es decir, la lucha libre que se hace en Estados Unidos, el manejo de esta práctica encuentra una de sus mayores manifestaciones. En otras tradiciones, como la de ese deporte espectáculo en México, el “bluff” suele estar más disimulado, como es el caso de la lucha que se practica en empresas como la del Consejo Mundial de Lucha Libre (CMLL).

Ahora bien, el “bluff” no es privativo del mundo del deporte, está presente en muchas otras actividades. La política es también una sede en la que, históricamente, se exhibe. Hoy, la figura del presidente electo norteamericano, Donald Trump, es el paradigma que lo encarna. A diferencia de otros de sus predecesores, que también “bluffeaban” pero de una forma un tanto soterrada, lo que hace Trump es explicitar, hasta límites extremos, el fanfarroneo.

El magnate no se encubre, actúa como si estuviera en esa noche de la “Wrestlemania 23”, en el 2007. Ese magno evento que la WWE organiza anualmente y que tuvo como evento estelar ese año, la “lucha de los billonarios”. Un peculiar enfrentamiento entre el dueño de la WWE, Vince McMahon y el presidente electo norteamericano. En la lucha, Trump estuvo “representado” por el luchador Bobby Lashley, en tanto que McMahon por el gladiador Umaga. En el corolario del encuentro, Trump rapó en el centro del ring al perdedor, McMahon. Antes y después de la lucha, como suele suceder en los encuentros de la WWE, Trump “bluffeo” hasta el cansancio. Cumplió a cabalidad con su papel de “buen patrón” contra el explotador empresario de los encordados, faceta representada por el propio “señor McMahon”.

El “bluff”, propio de la lucha libre estadounidense, es parte sustancial del éxito que tiene en el mundo. Cuando Trump entró a la escena en esa noche de la “wrestlemania” no tuvo que variar muchos de los rasgos de su personalidad. Por eso, el presidente electo se veía casi al natural. A veces queda la impresión que su papel en la política práctica sigue teniendo los rasgos de ese personaje que se abalanzó abajo del ring en contra de Vince McMahon. Ahora que amenaza con imponer aranceles leoninos a México y Canadá del orden del 25%, es el personaje el que habla, pero también es el hombre que, en una curiosa simbiosis con el rol desempeñado, configura ya una unidad difícil de discernir.

Ese arancel que, de materializarse, pondría en jaque no sólo a los países vecinos sino también a sectores medulares de la dinámica económica de su propio país, pareciera parte de un guión preestablecido de una trama del “wrestling”, donde la lucha entre el bien y el mal es meridianamente clara en la cosmovisión de su propio personaje. En esa trama, demasiado lineal para aguantar la mínima contrastación con la realidad, el fentanilo, la migración, la interacción de las zonas fronterizas que impactan a cotidianidades muy específicas como la que vive Ciudad Juárez, constituyen elementos propicios para hacer, del contenido del “bluffeo” trumpiano, carta programática de gobierno.

El bluff en la lucha libre norteamericana es imprescindible porque sirve como mecanismo de provocación frente al rival y el público. Trump pareciera ver el mundo de la política con ese lente. Y, como en el “wrestling”, le puede dar estupendos resultados, cuando menos, mientras las otras partes de la relación de poder se allegan las reglas para interpretar de la mejor manera posible, el juego que el hombre que rapó a Vince McMahon, en esa noche de la “Wrestlemania” número 23, intentará desplegar durante todo su mandato.