Mañana es el último día de gobierno de uno de los presidentes más polémicos que hemos tenido en México. López Obrador después de haber hecho campaña prácticamente veintidós años, llegó al poder en 2018 en una coyuntura política compleja para el país. 

Durante décadas su discurso siempre ponderó a los pobres, y señaló la corrupción de manera reiterada. Resultaba un tanto irónico que su discurso se apartara de los hechos, pues desde 2004 trascendieron distintos videos de personajes vinculados a su administración (en el gobierno del entonces Distrito Federal) tales como René Bejarano, Carlos Imaz y Gustavo Ponce, recibiendo dinero a manos llenas (o gastándolo, como fue el caso de Ponce). 

Desde 2004 se podía advertir que López Obrador tendía a ser hipócrita en su discurso, pues con una mano condenaba y señalaba la corrupción, y con la otra protegía a sus incondicionales. Al pasar de los años, confirmamos que López Obrador en realidad nunca estuvo contra la corrupción, pues a personajes que durante años señaló como corruptos, al final, terminaron siendo protegidos por el manto protector de la Cuarta Transformación. De manera específica, Manuel Bartlett y Napoleón Gómez Urrutia, pasaron de ser (en la cosmovisión obradorista) unos corruptos, a ser personajes intachables, dignos de ocupar cargos públicos auspiciados por la Cuarta Transformación.

En este mismo sentido, aunque de forma más reciente encontramos los casos de Javier Corral Jurado, Alejandro Murat y Miguel Ángel Yunes (cualquiera de los dos). Durante años, López Obrador señaló como corruptos a los tres anteriores. Todo era cuestión de que se acercaran a AMLO para que sus pecados fueran expiados, perdonados, e incluso premiados.

Es decir, con esto quiero transmitir a mis estimados lectores que López Obrador nunca ha combatido la corrupción, pues se rodeó de los corruptos que por años criticó. Escándalos como el de Segalmex, o los sobres amarillos de sus hermanos, o la casa donde vivía su hijo mayor en Houston, o el tráfico de influencias de Andy López Beltrán, o las innumerables propiedades de Manuel Bartlett, o las obras otorgadas de manera ilegal a Rioboo, o la adjudicación directa del 80% de los contratos parecen pasar a segundo plano, pues el presidente pontifica y decreta cuándo hay corrupción y cuando no la hay.

En síntesis, el presidente López Obrador es un corrupto, aunque sus feligreses se nieguen a aceptarlo. 

Ahora bien, la corrupción de López Obrador está ahí, a la vista de todos. Quien no quiera aceptarlo es porque es un enajenado, pues ni siquiera hay lugares a interpretaciones. La corrupción no deja de medirse también en función de percepciones. Sin embargo, hay métricas de otras áreas de su gobierno que nos ayudan a evaluar su administración. Nuevamente, aunque los números avalen el deterioro que ha padecido México en el último sexenio, habrá quienes se nieguen a creerlos. Esto en sí no es una opinión, sino la consignación de un hecho.

El gobierno de López Obrador terminará con cerca de 200 mil ejecutados. Esa cifra de muertos es superior que la del gobierno de Enrique Peña Nieto que terminó con cerca de 156 mil muertos, o los 120 mil de Felipe Calderón, a quien a doce años de haber dejado el poder, siguen culpando de los males del país.

Podrá la secta decir que esas cifras son falsas, maromear y tratar de defender al gobierno de AMLO, pero los números son fríos y no dan lugar a interpretaciones. Claramente, la estrategia de seguridad de “Abrazos, no balazos” resultó mucho más funesta que el enfrentamiento de Calderón con el crimen organizado. 

Según datos del Instituto Mexicanos del Seguro Social, en el gobierno de Enrique Peña Nieto se crearon cerca de 3.3 millones de empleos formales en el país, mientras que en el gobierno de López Obrador se crearon cerca de 2.2 millones de empleos. La verdad no es una cifra mala para un gobierno que desde el día uno se ha dedicado a golpear a la inversión, pero languidece frente al resultado de Peña en materia de empleo. 

La inflación ha crecido en este sexenio cerca del 33%, mientras que en el gobierno de Enrique Peña fue de 27% y en el de Calderón fue cerca del 30%. Esto, según datos del propio Inegi. Bien podrán decir los acólitos de AMLO que el salario creció más en este sexenio, y la verdad es que comparado con la inflación, estamos exactamente donde mismo. 

Quizá el único logro económico donde AMLO supera a su antecesor es el de la paridad peso-dólar. Sin embargo, esto es complejo de decir, pues si el dólar baja de precio, los chairos le agradecen a AMLO, pero si sube de precio, entonces culpan a factores internacionales. 

En materia de inversión extranjera directa, según datos del Banco de México, el gobierno de Enrique Peña Nieto logró captar 213 mil millones de dólares. El gobierno de López Obrador logró captar 204 mil millones de dólares, en una época donde supuestamente hay nearshoring y relocalización de empresas. Es decir, a pesar del nearshoring, el gobierno de AMLO quedó por debajo del gobierno de Enrique Peña Nieto. 

En el costo de gasolina, el gobierno de López Obrador padeció un incremento del 22%, frente a un 82% de incremento durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Es decir, en este rubro parecería que López Obrador tuvo una mejor gestión, aunque bien pudiera derivar del precio internacional del crudo. Al margen de todo, durante años López Obrador dijo que la gasolina costaría a $10 pesos el litro, promesa que evidentemente incumplió. 

En materia educativa, el gobierno de López Obrador tuvo otro fracaso. Cuando inició este gobierno, había en las escuelas 35.8 millones de estudiantes. Al finalizar el sexenio hay 34.8 millones de estudiantes. Es decir, un millón menos de estudiantes a pesar de que la población incrementó. En la instrucción primaria, al empezar el sexenio había 25.5 millones de estudiantes en primarias; hoy hay 23.9 millones (a pesar del aumento poblacional). Estos datos los menciona Ciro Murayama en El Financiero (25 de mayo de 2024, “Educación básica: el sexenio de la destrucción”). Según datos de la OCDE, México ha retrocedido en la prueba PISA de 2022 en prácticamente todas las áreas que evalúa. 

En relación con la reducción de la pobreza, y después de los golpes asestados al Coneval no se puede concluir válidamente que haya existido una reducción de pobreza salarial, como lo ha manifestado el gobierno, pues muchos han aumentado su ingreso por el reparto de programas clientelares. Regalar pescado en vez de enseñar a pescar, le dirían algunos. Esto sin duda ha sido la principal arma electoral de López Obrador, aunque ello signifique el desmantelamiento del sistema de salud, infraestructura, entre otros aspectos de la administración.

En cobertura de salud, ni siquiera hay que voltear a ver las cifras para advertir el claro deterioro institucional en materia de servicios médicos. Más de 30 millones de mexicanos dejaron de tener cobertura de salud, pues el actual gobierno desapareció el Seguro Popular, institución creada durante el Gobierno de Calderón que proveía acceso a la salud a millones de mexicanos sin acceso a seguridad social. 

Según los datos del Coneval, hace cinco años había 20 millones de mexicanos sin acceso a servicios de salud pública. Ahora hay 50 millones de mexicanos sin este derecho a la salud.

Con todos estos datos es evidente que el sexenio de López Obrador es un rotundo fracaso desde cualquier perspectiva que se le quiera analizar. La popularidad del presidente se basa en la dádiva que regala, sin darse cuenta el mexicano promedio que, a cambio de esa dádiva, está recibiendo menos servicios de calidad (en salud, educación, infraestructura y seguridad). La función del gobierno no es regalar dinero; eso es populismo puro.

El Estado tiene tres funciones principales: brindar seguridad, salud y educación. Con las métricas del propio gobierno podemos concluir que la actual administración no está brindando ninguna de las tres.

A pesar de este rotundo fracaso, López Obrador ha sabido hablarle a la masa y decirle lo que quiere escuchar, aunque sean puras mentiras. Mientras el país está en guerra contra el narco, sin prestar servicios básicos de salud o educación, ni reducir efectivamente la pobreza, el presidente inicia una campaña contra el Poder Judicial de la Federación y la Corona española.

 

Cualquier ciudadano pensante podrá concluir que este ha sido el peor sexenio del que se tenga memoria.