Voy tarde a la graduación de la UACJ. En la Calle Ignacio Mejía se hace un trafical y, según de la Ley de Murphy, si las cosas van mal, es muy probable que empeoren; en vez de avanzar, la fila se detiene. En la radio tocan “Se logró” de Fuerza Régida, para evitar el estrés tarareó “no opine de un camino, si usted no lo recorrió…”.
A la mitad de la calle un anciano vende ramos de flores en la avenida de Las Américas. Conforme me acerco, el número de vendedores crece; la gente también se multiplica al llegar a las puertas del Gimnasio Universitario donde espera el acceso un enjambre de personas.
Sin falta, cada vez que voy a una graduación recuerdo a mi mamá, ella fue maestra de secundaria la mitad de su vida; la suya, no fue una elección de vocación, ni siquiera lo había planeado. Un día, el destino le fue abriendo las puertas hasta llegar al aula. Cuando uno se dedica a la docencia, se da cuenta de que el primer requisito para estar frente a un grupo es ser una buena persona. Hay un gran compromiso ético en los maestros, porque lo que deben enseñar, además de matemáticas, español o historia, es a “ser”, sí, vamos a las escuelas a aprender a concebirnos como un “ser”, como una persona que vive en la sociedad.
Comencé a dar clases en el convulso año 2000, recuerdo que era un primero de septiembre, hace ya 24 años, después de tocar varias puertas, el profesor Manuel Machado De la Rosa me mandó llamar para dar clases en la Secundaria Técnica 79, allá en la colonia Oasis Revolución. Cuando llegué a dar clases por primera vez, hacía apenas unas semanas que se había fundado la escuela en un terreno baldío. Recuerdo que solo había en pie unos cuartos hechos con paletas de madera, el piso era de tierra y como mobiliario había unos botes al revés como butacas -si el bote se volteaba era basurero-, en una pared estaba colgado un pizarrón viejo para gis y nada más. Aquella misión describía el apostolado de la educación, con el sacrificio de las y los estudiantes, pero también con el esfuerzo del profesorado, aquella epopeya era posible merced de una acción comunitaria en la que todos los vecinos cooperaban; para el invierno, unos meses más tarde, un calentón de leña y un café caliente eran el elixir de los dioses. Ahí aprendí que la escuela la hacemos todos, todos los días.
La Casa de los Marlines, al poco tiempo graduó a su primera generación; habían pasado los primeros tres años y las madres de familia comenzaron a organizar una gran celebración. La escuela estaba en construcción, conforme se acondicionaba un salón se iban cambiando, abandonando los cuartos de madera lentamente. Pero todavía faltaba mucho. Un día le pregunté a mi mamá ¿por qué gastan en una graduación? ¿No era mejor invertir ese dinero en las necesidades de la escuela? Entonces mi mamá me contestó que las graduaciones sirven para que los demás estudiantes vean que sí se puede terminar la secundaria, para que tengan un objetivo que alcanzar, eso se graba en la memoria y por eso es importante que lo celebren. Y en eso pienso siempre.
En los últimos años, he ido a todas las graduaciones de la UACJ, me parece que es un momento de felicidad que miles de familias atesoran en su memoria, veo la cara de las y los estudiantes que llegan a la meta, su brillo en los ojos y la energía con la que sonríen, así, sin saberlo, transforman el lugar, hacen que el Gimnasio Universitario se convierta por un momento en el centro del universo.
Las familias, eufóricas, celebran la anhelada conclusión de un camino, aplauden y gritan el nombre de sus seres queridos, aquel instante se convierte en una fiesta donde miles de personas se unen para compartir la alegría.
Pero el viernes pasado era una celebración muy especial, tras seis años, el rector Juan Camargo Nassar se despide porque termina su administración, para quienes lo acompañamos en este período es el fin de un ciclo. La misión está cumplida porque la UACJ hoy es más fuerte que hace seis años, esta vez no son solo las y los estudiantes quienes cumplen la meta, también el rector y su equipo. La ocasión ameritaba una fuerte dosis de nostalgia.
De pronto, a lo lejos, veo a un entrañable amigo, el joven abogado Jorge González, quien se acerca a la mesa donde se entregan los diplomas, al verlo, de pronto sentí esa emoción de las familias que escuchan nombrar a sus seres queridos, la voz oficial dijo “La generación de la Licenciatura en Derecho es la Nonagésima tercera, nombre de la generación Jorge Enrique González Nicolás, su Padrino Jorge Enrique González Rodríguez”, hoy, como en la vida misma, hay un relevo más, tras varias generaciones anteriores de abogados que eligieron al Mtro. González Nicolás como padrino, hoy eligen al hijo, pero no se olvidan del legado de un maestro ejemplar, sino que la generación lleva su nombre ¡esto es la vida!, ¡así viven entre nosotros los que por aquí pasaron!
Hoy se escribe la historia, el tiempo pasa la factura, pero el mismo tiempo se encarga de perpetuar en la memoria el paso de todos, estudiantes y maestros, como dice el poema de Antonio Machado “todo pasa y todo queda”, los que ahora estamos, mañana ya no estaremos, pero se quedarán las huellas y vendrán otras generaciones para recordarnos.
A la mitad de la graduación, la alumna Dayana Gonzaga Escobedo de la Licenciatura en Psicología toma la tribuna para ofrecer un extraordinario discurso que concluyó con una frase que adaptó del himno de la UACJ, dijo para finalizar “¡Que cada paso que demos nos acerque a lo que queremos y que el universo sepa de nosotros!” y sí, por un momento, estuvimos en el centro del universo y el tiempo se encargará de recordar a quienes nos cruzamos por este camino.
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