La despenalización del aborto en Chihuahua representa una victoria, un alivio y, principalmente, un avance sólido en una batalla que nos ha demandado mucho. Han transcurrido años de movilización, de demandar con furia y con esperanza que se reconozca nuestro derecho a decidir. Hoy, gracias a la modificación de los artículos 145 y 146 del Código Penal, hemos conseguido que el aborto no sea penado con prisión. Sin embargo, esta victoria, aunque grandiosa, todavía no es suficiente.

Continúo experimentando una combinación de sentimientos. Por un lado, felicidad y orgullo, ya que este progreso no es un obsequio de los jueces ni de los legisladores: es el fruto del trabajo de miles de mujeres que han levantado la voz, que han protestado, que han enfrentado la criminalización y la estigmatización. Es la resonancia de quienes nos precedieron, de aquellos que nos instruyeron a no rendirnos. Sin embargo, hay una parte de mí que constantemente reflexiona sobre aquellas que no pudieron presenciar esta transformación, sobre las que fueron sancionadas, sobre las que se vieron obligadas a recurrir a métodos inseguros, sobre las que perdieron la vida por la desidia del Estado y la moral de una comunidad que nunca estuvo dispuesta a escucharlas.

El aborto ya no es un delito formalmente, sin embargo, sigue siendo inaccesible para muchas personas. La verdad es que en Chihuahua todavía carecemos de la infraestructura necesaria para asegurar servicios seguros y sin costo. A pesar de que la Suprema Corte ha cumplido su función, el Congreso local aún tiene una deuda con nosotras. Debemos continuar presionando, seguir demandando que el acceso al aborto se reconozca como un derecho legítimo, que los hospitales y centros de salud cuenten con personal capacitado y dispuesto a brindarnos atención sin juicios ni barreras.

Asimismo, no podemos pasar por alto la relevancia de la Norma Oficial Mexicana 046 (NOM-046), que ya reconocía nuestro derecho a interrumpir un embarazo en situaciones de violación sin requerir una denuncia ante el Ministerio Público. Sin embargo, una norma no tiene mucho valor si se le ponen mil restricciones para evitar su cumplimiento. He observado en persona cómo numerosas mujeres son revictimizadas, cómo se les priva de este derecho, cómo las instituciones nos llevan a atravesar laberintos burocráticos en vez de proporcionarnos la atención que merecemos. Es lamentable y conmovedor darse cuenta de que aún hay niñas forzadas a dar a luz.

Hoy es un día para festejar, sí, pero también para confirmar que la lucha continúa. No nos vamos a conformar con victorias a medias, con leyes que están, pero no se implementan, con derechos que en la realidad siguen dependiendo de quién se ocupe del asunto o de cuántos impedimentos nos coloquen en el trayecto. Deseamos hospitales seguros, anhelamos atención sin juicios, aspiramos a una educación sexual integral en las escuelas, queremos que ninguna mujer más ponga en peligro su vida en la clandestinidad.

Este es un avance enorme para el movimiento feminista en Ciudad Juárez, en Chihuahua y en todo México. Pero la lucha no termina hasta que todas, sin importar edad, clase social o lugar de residencia, tengamos el derecho real y garantizado de decidir sobre nuestros cuerpos. Seguiremos en las calles, en los tribunales, en cada espacio donde podamos exigir lo que nos corresponde. Porque no pedimos permiso, exigimos justicia. Y porque, como siempre hemos dicho, la maternidad será deseada o no será.