En el mundo laboral, hacer loas a la experiencia es algo común. Tener veinte, treinta o cuarenta años desempeñando un oficio o profesión constituye, para muchas personas, algo valioso en sí mismo. Por supuesto, los derechos sociales vinculados a la antigüedad de un trabajador merecen ser respetados y son resultado de históricas luchas comunitarias que han logrado aminorar dilatadas brechas sociales.
Lo anterior es una cuestión que debe ser salvaguardada; pero, convertir a la experiencia en un artefacto que da cuerpo a un argumento de autoridad en el que la permanencia en un oficio, arte o profesión excluye por sí sola a cualquier otra virtud o atributo, resulta patético. De pronto, la “experiencia” lo es todo y elimina cualquier posibilidad de crítica, controversia u objeción. La “voz de la experiencia” irrumpe como una irracional espada que excluye cualquier otra aptitud, talento o trayectoria. Las loas a la experiencia afloraron en múltiples ocasiones, por ejemplo, en los cientos de foros de discusión que se suscitaron sobre la reciente reforma al poder judicial. Muchos jueces, magistrados y ministros tomaban la palabra para abrir sus cartas. Y en esas cartas la primera -y en muchos de ellos quizá la única- figura retórica enarbolada fueron los años que tienen como integrantes del poder judicial.
Esa tentación de echar en cara la “experiencia” frente a cualquier otro atributo se muestra más marcada entre quienes no se percatan que, en ocasiones, lo que llaman así, no es más que un costal repleto de malas prácticas, corrupción, nepotismo y altanería. En Ciudad Juárez, pocas veces los portadores del argot de la “experiencia” tejieron fino y lograron persuadir a los receptores de su discurso, vinculando la experiencia con algo más que el simple transcurso de los años. Hacerse viejo o vieja en una posición no es algo menor para efecto de los derechos sociales que se van adquiriendo, pero no representa, en sí misma, una virtud digna de ser exhibida como algo extraordinario, si en ese cargo no se demostraron otras cualidades o atributos que muchos de los exponentes, simplemente, no portaban.
Esta pretensión de aventar los años que se tienen en un oficio, como si fuera el más valioso argumento, es muy común y se presenta en todos los ámbitos, no sólo en el judicial. Pero tenemos que ser muy claros: alguien puede tener cien años desempeñándose en su profesión y seguir presentado las mismas carencias o deficiencias con las que inició. Lo vemos en el deporte, las artes, la ciencia. Por supuesto, existen trayectorias destacadas que conjugan el paso de los años con talento cultivado, disciplina y demás cualidades que, eventualmente, pueden dejar alguna huella. Pero el paso del tiempo, por sí solo, no articula trayectorias.
Quizá lo mismo pasa en las antípodas de lo descrito. Las odas a la novatez o a la juventud andan por las mismas. Hoy muchos jóvenes aspiran en Ciudad Juárez, en Chihuahua y en todo el país, a ocupar un cargo en el poder judicial, tanto federal como estatal. A muchos de ellos, los bríos les brotan por los poros; pero no leen, no estudian. Si bien va, han leído sólo normas. Ese es todo su bagaje. La reforma judicial busca un cambio de raíz en el poder jurisdiccional. De los miles de candidatos, son pocos los que cumplen los requisitos ideales para convertirse en un buen juez, magistrado o ministro. Esos requisitos no están en las convocatorias. Los que aparecen ahí son requisitos meramente formales. Y es, relativamente fácil, cumplir con ellos.
Los filtros que contienen los procesos de selección tienen que ser muy eficaces y, en su momento, el pulso mayoritario deberá estar a la altura de las circunstancias.