Para bien o para mal nuestra querida urbe fronteriza que lleva el nombre de uno de los más grandes símbolos de patriotismo que ha dado nuestro pueblo, se encuentra ubicada geográficamente en una zona que por azares del devenir histórico se ha convertido en compleja y problemática. Nuestra vecindad con la que ha sido durante todo el pasado siglo XX la primera potencia mundial, los Estados Unidos, nos ha generado grandes y provechosas ventajas pero también calamidades que hemos tenido que sufrir y afrontar inexorablemente. Dentro de estas últimas, dos se han convertido en serios retos para la sociedad juarense: por un lado, la violencia generada por el crimen organizado, y por el otro, el fenómeno migratorio que tiene en nuestro municipio un anclaje geográfico prácticamente irremediable.

Tal situación que si bien se proyecta a nivel nacional, tiende a recrudecerse en la zona fronteriza norte, ha sido tomada desde su primera candidatura por el hoy nuevamente presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, como parte medular de su discurso y su actuar político. La intención de esto tiene para mí dos motivos. El primero es que ante el evidente declive de la hegemonía estadounidense, y los graves conflictos que en consecuencia se han producido al interior de su sociedad, Trump y su séquito tratan de encontrar un chivo expiatorio mediante el cual lavar sus propias culpas. Es decir, ante su incapacidad ético-política de hacerse responsables de sus propios problemas, como por ejemplo, diseñar e implementar una política de atención a las adicciones, así como de control de la posesión de armas en la población, se prefiere mantener la ya muy deteriorada imagen de una sociedad pura y buena que ha sido ultrajada desde el exterior por presuntos bad boys que entran ilegalmente por el sur para infectar con estupefacientes a la sociedad estadounidense. Y es que el trazo de una política contra las adicciones y el control de armas quizá sea en el imaginario trumpista y de la clase política en general de aquel país, un “atentado contra la libertad individual” que pudiese tener un alto costo electoral.

El segundo motivo tiene un carácter predominantemente geopolítico y consiste en un muy posible cambio de política exterior por parte del actual gobierno. Es decir, cambiar drásticamente de adversarios en el escenario internacional, buscando establecer relaciones más cordiales con el bloque Ruso-Chino, modificando la actitud hacia Ucrania y Taiwán, y a su vez señalando como generadores de problemas político-económicos y socioculturales internos a los gobiernos vecinos de México y Canadá, y de paso a los gobiernos progresistas de Centro y Suramérica. Al respecto, el presidente Trump ha señalado que estos países se han “aprovechado” del suyo, olvidando de tajo toda la historia de la relación entre los Estados Unidos y América Latina, marcada principalmente por la sumisión y la subordinación frente a la potencia norteamericana. El provecho lo ha obtenido siempre, históricamente, el país del norte.

Ante la desesperación provocada por los acontecimientos locales, regionales e internacionales que evidencian el debilitamiento de la hegemonía estadounidense, las inmediatas decisiones tomadas por el trumpismo han sido, al parecer, poco meditadas y guiadas más por el resentimiento que por la razón. Las deportaciones masivas de migrantes son un ejemplo de ello, una “política” de la cual nosotros, como fronterizos, tendremos que hacernos cargo, pues muchos y muchas de esos deportados llegarán a nuestra frontera con el estigma de la incertidumbre, la impotencia y el miedo marcado en sus rostros.

Lejos de ofuscarnos socialmente ante esta tragedia de la humanidad que significan los desplazados, los sin tierra, como juarenses nos vemos idiosincráticamente obligados a mostrar un trato humanitario con todas esas personas que hoy caminan sin rumbo fijo y con un futuro incierto. Es necesario apelar a la memoria histórica para recordar que nuestra urbe fronteriza se ha conformado por migrantes, que este heroico municipio se ha consolidado social, cultural, política y económicamente por innumerables y valiosas personas que han provenido y provienen de distintas partes de nuestra entidad, de nuestro país y también de otras partes del mundo. Será necesario hacer oídos sordos a esas voces deshumanizantes que buscan lucrar políticamente con la desgracia de otros y otras. Voces que quieren estimular el odio frente a los migrantes tratando con ello de darle a ciertos grupos políticos hoy en la oposición un presunto insumo a su plataforma. Nada más absurdo y torpe que eso.

Juárez y su sociedad tienen que mantener su esencia comunitaria, solidaria, receptiva, fraternal ante la problemática migratoria que hoy nos interpela. La geografía y la historia nos han colocado en una situación crucial en la cual debemos reafirmar nuestro carácter heroico. Echemos la mano y no demos la espalda y busquemos vencer, nuevamente, el mal con el bien. No hay mejor proceder político que ese en el marco de un mundo en transición donde, como planteaba el teórico político italiano, Antonio Gramsci, “lo viejo va muriendo y lo nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.