La cifra de secuestros en Juárez camina sin freno hacia el centenar de víctimas en unos cuantos meses, mientras la violencia ejercida contra ellas crece al grado de acabar con la vida de quienes son privados de su libertad, incluso después de haber obtenido el pago de algún rescate, según algunas versiones.

Conocer la realidad numérica es importante para poder comparar, porque el año pasado sumaron 206 víctimas de secuestro (víctimas, no carpetas de investigación) en todo el período; ahora, en poco más de cuatro meses, el terrible indicador de este delito está cerca de los 80.

En el año 2023 sumaron 181 víctimas de plagios con fines extorsivos y en 2022 menos de 70, lo que muestra el salto exponencial de la incidencia en datos fríos, esos que no reflejan el dolor ni la sangre acumulada por la violencia criminal que padece la frontera.

Nada más en los últimos 10 días hemos dado cuenta de tres casos. Tres personas secuestradas y agredidas a tal grado que una de ellas terminó muerta, molida a golpes mientras era videograbada para enviar el material a su familia con el fin de presionarla para que pagara un rescate.

Hay modos de operar claros, identificados por los expertos de la Fiscalía de Especializada en Operaciones Estratégicas y su Unidad Modelo de Atención al Secuestro, en los que es cada vez más común el uso de violencia al extremo: balazos, golpizas y mutilaciones, sin respeto alguno por la vida y mucho menos por la dignidad de las personas.

Hay escandalosas pifias o enjuagues judiciales, pero también detenciones producto de eficaces investigaciones ministeriales. No obstante, el delito continúa con un ritmo acelerado, haciéndole un hueco a una estrategia de seguridad hasta hace poco aparentemente exitosa, producto de mayor coordinación municipal, estatal y federal.

El recordatorio sangriento de un Juárez violento que no acabamos de superar, coincide con unas últimas semanas de tristeza y renovación de la esperanza entre las personas de fe.

Fue primero la muerte de Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, el primer latinoamericano que ocupó el trono de San Pedro, el primer Papa que visitó Juárez. Su deceso, pasado apenas el Domingo de Resurrección llevó al obligado cónclave posterior tras el duelo y a la histórica elección de un sucesor, en la figura ahora mundial del estadounidense-peruano Robert Francis Prevost Martínez, el Papa León XIV.

El argentino que rápidamente se hizo global dejó en la frontera certeras enseñanzas y críticas todavía vigentes, más vigentes que nunca en algunos casos, con un cansado recorrido por la ciudad y tres actos públicos masivos: en el Cereso 3, en El Punto y en el gimnasio del Colegio de Bachilleres.

Vale la pena su recuerdo por los mensajes que dejó clavados en aquella gira de febrero de 2016, los cuales volvieron a resonar en las conciencias juarenses a raíz de su deceso.

Pero, a ver, hace siete años de la visita, ¿y qué ha sido de El Punto, en términos pastorales? Nada, una gran extensión de tierra. ¿Qué ha sido de la poca infraestructura que se edificó? Deterioro y abandono total. ¿Qué de la convivencia binacional que en esa visita se dio? Nada; hoy solo es un terreno polvoriento que se usa en las coyunturas materiales de regularización de “chuecos”.

¿De qué sirvió en términos pastorales el ejemplo que dejó Francisco al oficiar una misa en el propio reclusorio? ¿Sirvió al programa de visitas continuas de atención espiritual a los reclusos?

Esa pasividad de la grey católica fronteriza es el reflejo de la pérdida de feligreses y el desinterés de los jóvenes por el catolicismo, además de la poca participación en las decisiones vaticanas.

El contexto político y de seguridad de aquella época cuando todavía se estrenaba por el mundo Francisco, tiene similitudes y coincidencias con la actualidad, salvo ligeras variaciones en las expresiones violentas y en la destructiva dinámica social que también se ha mantenido como lamentable constante.

Los juarenses de mediana edad que vivieron conscientes la visita del primer papa latino, seguramente también padecieron los aciagos años previos.

Sobrevivieron a ese período marcado por una lucha entre bandas criminales que puso de rodillas a los gobiernos de Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto a nivel federal, mientras el estado se le iba de las manos a José Reyes Baeza, quien le dio paso a un César Duarte que a duras penas pudo reinstalar controles en la materia.

Hoy celebran los fieles de la Iglesia Católica la asunción de Prevost, de sangre española por su madre Mildred Martínez; ascendencia francesa por su padre Louis Marius Prevost; estadounidense de Chicago por el destino. Y peruano, latino, por elección.

A Prevost lo antecede una historia de posturas cercanas a la mentalidad de Francisco y una formación en Perú que lo hace adoptable por toda la hispanidad.

No por nada, en enero de 2023 el Papa lo llamó a Roma como prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, promoviéndolo a arzobispo. Luego, en Consistorio del 30 de septiembre del mismo año lo nombró cardenal, asignándole el Diaconado de Santa Mónica.

Tal vez su antecesor -tal vez Dios mismo, para los creyentes- lo encaminó a la silla de San Pedro cuando en enero de 2024 pasado participó en los últimos viajes apostólicos del Papa Francisco, así como en encuentros del más alto nivel de la Iglesia Católica, como el Sínodo de Obispos y otros, celebrados en Roma. El agustino, desde el último año y medio, tenía encomiendas cada vez más importantes.

Así, uno jesuita que ya descansa en paz y otro agustino que ahora va a conocer verdaderamente a Dios (como expresión del peso que tiene sobre sus hombros), comparten su determinación de estar cerca de los pobres, de los migrantes, de los presos; de los que son, finalmente, el caldo de cultivo de las problemáticas sociales actuales.

Desde luego, como en toda actividad humana, hay un juego político más allá de lo divino en esa decisión, que colocó a Prevost como Papa, con retos internos más allá de los conocidos, como los secretísimos intentos masones de reventar desde adentro, con la infiltración, a la Iglesia Católica, en crisis por la caída de muchos cardenales, obispos y sacerdotes en las tentaciones mundanas.

Si hay vicios, simonía y hasta cuestionables manejos financieros en el Vaticano, son básicamente pecados de los más humanos, pero más allá de eso hay un líder que optó por un nombre que representa arrojo y valentía, como de un león, que quizás le falta a la curia mexicana.

A Prevost le anteceden importantes pronunciamientos en defensa de los migrantes, como estadounidense con experiencia en comunidades latinas; en defensa de las comunidades indígenas; a favor de la unidad y el diálogo en la iglesia, sin poner aparte la Verdad, así con mayúscula; y un fuerte compromiso con la paz, evidenciado en su primer discurso.

Por eso, sin duda alguna hay esperanza entre la grey católica de que le vaya mejor con el nuevo Papa, no solo por su apego latinoamericanista, sino también por su origen en Estados Unidos, en momentos en que a la región fronteriza de México le faltan muchos refuerzos políticos, sociales, espirituales, económicos.

La zona binacional demanda de más apoyo de la Iglesia más extendida en la frontera y el continente, tanto en el orden social como en el político, porque siempre son necesarios los contrapesos a la autoridad civil que domina los tres órdenes de gobierno, a menudo sin idea de qué hacer para alcanzar mejores niveles de bienestar.

Hoy tenemos en Juárez una mezcla de problemas tan diversos como lamentables, desde los que ha originado la migración desbordada que nunca ha sido humanitariamente atendida, hasta la violencia incesante, reflejada en el sube y baja de las ejecuciones cada día, cada semana, cada mes.

Vaya, resurgen delitos antes contenidos, como el secuestro, con inusitada virulencia y un desprecio espeluznante por las personas, independientemente de si las víctimas son legítimos empresarios o cuestionados comerciantes; de si son hombres y mujeres de clase alta o si son cualquier otra cosa.

Esto es un reflejo de esa realidad tan lejana de la paz y la armonía social que aparecen como objetivos aparentemente inalcanzables, para una ciudad tan productiva y culturalmente rica como Juárez, la cual, sin embargo, puede ser puesta de cabeza por algunos cuantos intereses perversos.

La frontera está llena de gente de bien que quiere hacer algo por su casa, su familia, su sociedad, sus compañeros, vecinos y amigos, pero refleja esa necesidad de auxilio espiritual el hecho de que la dominen y la presionen las pasiones grupales.

Si bien los secuestros son un ejemplo al extremo de la urgente necesidad de liderazgos sociales que bien pueden tomar de guía al Papa, otro botón de muestra es el eterno proyecto del Centro de Convenciones, que en dos décadas no ha podido ser sacado adelante.

Gobiernos, líderes del sector privado y social, empresarios, activistas, no han podido ponerse de acuerdo para una obra que le daría impulso y vitalidad a la frontera, menos para atender con mayor atingencia delitos graves como los secuestros, los asesinatos y otros que afectan a la sociedad entera.

Independientemente de la fe, la partida de Francisco, el arribo de León XIV y la mayor amenaza geopolítica de la historia representada por Trump, deberían motivar una reflexión local profunda; deberían ser una sacudida de conciencias para leer a tiempo lo que nos espera si no logramos dar el necesario siguiente paso hacia la paz.