Llegamos mi hermana Citlalli y yo a la fonda de siempre, ahí comiamos dos o tres veces por semana. En la puerta de la entrada había dos escalones hacia abajo, el lugar estaba pintado de color verde, se llamaba "El Farolito", estaba en la avenida Lerdo, entre la Ramón Corona y la Galeana, casi a la mitad, ahí tenía mi papá una cuenta de crédito. Doña Mary era la jefa de la cocina, ella conserva la mística en las manos, lo que toca lo hace una gollería, así sea una tortilla con sal o capirotada, todo le sale bien. Mi papá decía "pleitos con todos, menos con la cocinera" y lo ponía en práctica, doña Mary era su mejor amiga. Entramos y nos recibió con bombo y platillo, "¿qué les hago de comer?", nos dijo doña Mary con el cariño de una abuela, en las mesas había un menú de plástico que siempre tenía una pequeña copia grapada en el borde del tamaño de una tarjeta de presentación en el que se anunciaba la comida corrida. En una vieja televisión pasan el tercer partido de la Serie Mundial de Beisbol, entre Philadelphia y Toronto con la narración inconfundible del "Mago" Septién. A mi me gustaba toda la comida, salvo en Cuaresma, afortunadamente son dos o tres semanas al año solamente, la peor temporada en cuanto a la comida, si se me permiten el comentario. Pedimos lo de siempre, caldo res y el guisado del día, nos sirivieron de inmediato y comenzamos a comer. Ese día había arroz con leche de postre, lo servían en una copa, doña Mary sabía que era mi favorito así que, en secreto, me sirvió dos veces, si eso fuera un delito, doña Mary y yo tendríamos cadena perpetua. Al final, mis papás no llegaron, dijeron que si podían nos alcanzarían, pero terminamos y no había porqué esperarlos. Algo de felicidad me provocaba eso, era como un cheque en blanco para hacer un tour por el centro. Entonces fuimos a visitar a los vecinos, primero entramos al Pasaje, recuerdo que, en medio, había un local de revistas que me gustaba visitar sin haber un motivo. Como sucede con frecuencia, solemos buscar algo sin saber qué, lo que importa realmente es la acción de pesquisa, no el resultado. Después de ahí, salimos de nuevo por la Lerdo y fuimos a la esquina de la Ramón Corona, ahí está el antiguo edificio del Correo con su hermosa fachada y las escaleras de cantera, un lugar helado en invierno y fresco en verano, un galerón majestuoso que se va muriendo, porque cada vez menos personas envían cartas. Afuera, sentada en un pequeño banco de madera está una mujer de unos treinta y tantos, se llama Ernestina, siempre bien vestida, con tacones, maquillada, quizá pasaría desapercibida de no ser por un teler de cintura que usa como faja siempre, aunque de diferentes colores, ella es comerciante de origen mazahua y todos los días se pone afuera del correo a vender dulces con un taniche, el surtido es variado, inclusive tiene chocolates americanos y, también ahí tenemos crédito ahí, por cierto. De pasada hicimos una escala por unos M&Ms. Ernestina era novia de un peluquero, Raymundo, a quien apoyaban "El Chino", que trabajaba en la Peluquería Lerdo. Desde la misma esquina, pero en el segundo piso veíamos cada escena del cortejo, mi mamá estaba muy atenta a la novela, decía “ya son las 5, hay que ver si ‘El Chino’ va con Ernestina”. Y sí iba. Cruzando la esquina estaba una librería, el lugar era toda la esquina, pero ahí nunca entrábamos, mi papá estaba peleado con los dueños, ahí no solo no teníamos crédito, éramos indeseables; la vida es como las Corridas de Toros, a veces sales en hombros por la puerta grande y otras veces te arrastras entre los abucheos. A unos pasos, sobre la Ramón Corona hay un estacionamiento, donde creo que nunca entramos, ese lugar no importa. Pero enseguida, ¡ay Dios santo!, enseguida están las populares Tortas San Luis, un auténtico poema ibérico, donde nació un invento juarense-español, digamos que son algo parecido a las tapas españolas tropicalizadas en Juárez, tortas de diferentes guidados: lengua de res, tortita de papa, pierna, todo está delicioso. Son dos gemelas españolas las cocineras que hacen del lugar un edén del sabor, enfrente del telégrafo. Paseamos, por la Lerdo, sin saber que ya eran los últimos días esos tiempos, el Centro estaba agonizando, mis padres hacían malabares para sobrevivir con un negocio de importación de autos y una revista que se había quedado sin publicidad. El mundo había cambiado, pero ellos intentaban resistirse. Pancho Barrio como gobernador y Francisco Villarreal como alcalde, estaban sacudiendo la administración pública, el cambio que prometieron nunca llegó, según la historia oficial, en esa época se consolidó la alianza entre el PRI y el PAN, quizá así fue, pero solamente en lo más alto de las élites, en la tropa no, entre los soldados sólo hubo bajas y heridos. Después de ese último tour, era el momento de regresar, entonces fuimos a la entrada del Edificio Carlos Villarreal. Como siempre, el velador tenía prendida la radio, cual es su costumbre. A lo lejos se ecucha el locutor que anuncia una canción de Los Monos 70, el teclado electrónico con sonido de órgano resuena y después se escucha “me casaré con ella, la vestiré de blanco, y aunque todos se opongan, no ha de ser un fracaso…”.