El Poder Judicial, originalmente, es un poder contramayoritario. Sus máximas posiciones, sobre todo, han sido vistas como una rama susceptible del reproche por no ser electas bajo el escrutinio popular. El domingo, en este país, la gente podrá elegir a sus jueces, a todos sus jueces y no solamente a quienes integrarán el máximo tribunal del país.

Los sectores más conservadores de México han estado llamando a la abstención. Aducen razones para que la gente no acuda a elegir a sus juzgadores. Hablan de un desmantelamiento del Poder Judicial, por lo que afirman que no se prestarán a ello. Su posición se nutre de la construcción de una idealización de este poder. Queda la impresión que ellos configuran en su imaginación un Poder Judicial que pareciera ser todo un modelo de impartición de justicia en el mundo. Jueces impolutos, neutrales, objetivos, independientes, juristas excelsos con capacidades casi sobrehumanas. Por supuesto, esto solamente existe en su imaginación. La rama judicial en México ya requería una cirugía mayor. No precisamente en todos los términos que esta reforma contempla, pero de que requiere una transformación radical, es innegable.

Ya es tiempo que el Poder Judicial mexicano adquiera otra cara. Es un órgano demasiado atrincherado, como la mayoría de las ramas jurisdiccionales del mundo. Poco deliberativo, demasiado conservador en la forma y en el fondo, suele extender anquilosadas fórmulas de trabajo circular que lo hacen ver como un poder demasiado apolillado que tiende a rendir culto a obsoletas maneras de entender el derecho, a su interpretación y a su aplicación.

Hasta hace algunos años era impensable que en México se diera una situación como la que los electores y candidatos han experimentado en estas últimas semanas. Un posible juez, magistrado o ministro, a ras de tierra, conviviendo con la gente en los mercados, en los camiones, en el denso tráfico de las horas pico en una avenida cualquiera de Ciudad Juárez o de las calles de la ciudad de Chihuahua. Algunos se ven más forzados, no están acostumbrados a ello, pero “apechugan” y pareciera que le agarran sabor a la encomienda. Otros, se muestran con una naturalidad a flor de piel. En Juárez, la candidata a ministra de la Suprema Corte de Justicia, Olivia Aguirre Bonilla, cierra su campaña en un parque del fraccionamiento Eréndira, uno de los barrios más populares de la frontera. En días previos, ella recorrió buena parte de México. Platicó con las personas sobre la noción que tienen de la justicia en este país y la hizo hasta de reportera, entrevistando y presentándose al final como candidata. A la destacada analista nacional, Viridiana Ríos, le llamó la atención su campaña y la colocó como una de sus candidatas favoritas.

Ahora bien, muchas de las posiciones conservadoras que se vierten en las redes y en los medios, aducen que todo lo que implica la reforma judicial, incluidas las campañas de los candidatos y la misma emisión del voto, constituyen una farsa; sin embargo, la farsa más grande es la que México vivió durante décadas. Con un Poder Judicial confeccionado a la medida de los intereses fácticos y de algunos de los poderes formales del más alto nivel. Con entidades federativas cuyos gobernadores, históricamente, marcaron la pauta del trabajo jurisdiccional en los casos más trágicos o trascendentales. Con abiertos nepotismos y simulaciones en los concursos de oposición que tanto se cacarean y en los que, usualmente, ni llegan ni los más honestos ni los más capaces.

Hoy, dentro de la amplia gama de candidatos, uno puede ver de todo. Es parte de un ejercicio que busca ser democrático. Así, irrumpen jóvenes talentosos que cargan bajo su peculio con una interesante formación académica; otros, viejos lobos de mar que ya tienen varios lustros en el Poder Judicial y cuya labor debe ser reconocida, pues se han conducido con honestidad y probidad; otros más, los veletas de siempre, aparecen en todos los “acordeones” habidos y por haber, caracterizados por su oportunismo y ausencia de convicciones y a quienes sus mismos colegas ya conocen; quizá los menos, abogados que todavía no encuentran las razones por las cuales están allí.

En todo este repertorio, los electores cuentan con valiosas opciones que pueden representar el giro esperado bajo la motivación de la reforma judicial.