El mes en curso vence, una vez más, el plazo que puso Estados Unidos para decidir si impone o levanta aranceles a productos manufacturados en México, un pendiente que mantiene en vilo al sector industrial de ciudades como Ciudad Juárez. Ese reloj no es una simple formalidad diplomática: es un recordatorio de que nuestro país sigue siendo objeto del ejercicio de influencia y poder económico por parte de su principal socio comercial.

Estados Unidos ha perfeccionado un tipo de poder que va más allá del económico. Lo que estamos viendo es una forma de poder de contención, donde el vecino del norte regula los tiempos, fija los límites y usa el arancel como instrumento de presión, sin romper formalmente con el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Es el equivalente contemporáneo a tener la mano en el freno: no avanza, pero impide que el otro avance.

Desde la frontera norte, organismos empresariales han manifestado preocupación por esta constante indefinición. Hablan de la urgencia de obtener certidumbre jurídica y de evitar que las cadenas de suministro sufran alteraciones. Pero también reconocen, que México carece de poder de negociación industrial frente a los ejercicios de presión de Estados Unidos.

El poder de contención que ejerce Washington no es una amenaza abierta: es una política de desgaste. Congela decisiones, posterga acuerdos, mantiene la expectativa viva para obligar a que las inversiones, los flujos y la política industrial mexicana giren en torno a su voluntad. Mientras tanto, los organismos empresariales se ven atrapados en el juego diplomático del “esperemos a ver qué decide EU”.

Es una estrategia clásica del poder hegemónico: mantener al otro en espera, en suspenso, en un estado de incertidumbre que paraliza la acción. En el fondo, el mensaje es claro: puedo hacerlo, pero prefiero recordarte que depende de mí.

Lo que está ocurriendo en las negociaciones comerciales no es un error burocrático ni una simple demora diplomática. Es, lisa y llanamente, que nos están pateando el bote.

Nos empujan las fechas, los anuncios, los plazos, y nosotros seguimos caminando detrás de la lata, esperando que el viento cambie de dirección.

El empresariado fronterizo, los ejecutivos de maquila y los analistas académicos lo saben: México no ha construido poder de negociación industrial real. Seguimos dependiendo de la voluntad del otro para definir el rumbo de nuestra producción, nuestras exportaciones y nuestras reglas, en un momento funciono, hoy; requerimos de estrategia, visión y una política industrial de la federación de largo plazo. Una que deje de supeditarse a la agenda comercial de Washington y empiece a definir su propio terreno de juego.

Si México quiere dejar de ser un actor pasivo, debe comenzar por desarrollar su propia capacidad de contención y de influencia. Para eso, se necesita una política industrial con rumbo y que propicie en nuestra propia industria, a lo que los economistas llaman desarrollo endógeno.

No podemos seguir dependiendo de importaciones extranjeras en cada eslabón. Hay que fortalecer la proveeduría local con incentivos fiscales, financiamiento y acceso a tecnología. No basta producir: hay que certificar. La competitividad ya no se mide solo en costos, sino en cumplimiento de estándares internacionales, trazabilidad y sustentabilidad. Las universidades deben dejar de formar egresados desconectados del aparato productivo. Necesitamos carreras técnicas, investigación aplicada y programas de certificación orientados a la industria.

México debe dejar de negociar a la defensiva. Es momento de proponer condiciones, fijar tiempos y anticiparse. No podemos seguir esperando el próximo “plazo” del norte.

Una mesa permanente entre sector público, privado y académico que analice riesgos de aranceles, sustituya importaciones, evalúe cadenas de valor y dé seguimiento continuo a las negociaciones.

El vencimiento del plazo de noviembre no fue una simple fecha en el calendario. Fue una nueva demostración de poder de contención: Estados Unidos no necesitó imponer aranceles para recordarnos quién marca el paso.

Mientras tanto, México continúa sin una estrategia integral que fortalezca su capacidad de respuesta.

Si queremos dejar de recibir patadas al bote en cada negociación, debemos construir nuestro propio poder industrial: con proveeduría nacional, talento certificado, universidades alineadas y política pública articulada. Solo entonces podremos dejar de ser el país que espera a que le digan “qué sigue” y convertirnos en un socio que dice “esto es lo que viene”.

Porque si no aprendemos a contener, seguiremos contenidos.