Hoy vengo a escribirle a Usted apreciado lector, sobre una de las cosas que más preocupación causan en estas fechas en mi amada Ciudad Juárez: el trabajo y el miedo a perderlo. Este 2025 no ha sido bueno para el empleo en Juárez y no va a ir mejor en este fin de año. De alguna manera, en este momento, todos estamos conectados con alguien que fue despedido en los últimos meses. Es un tema evidentemente presente.
“No hay peor ciego que el que no quiere ver”, decía mi abuela cuando alguien en negación se aferraba a que todo estaba bien. “Cuando veas las barbas de tu vecino recortar, pon las tuyas a remojar”, era otro de sus dichos decía cuando las cosas se empezaban a poner feo. Y luego soltaba otro, para envalentonar a la gente: “Pero el que es perico, donde quiera es verde”.
Juárez lleva dos años perdiendo sus preciados empleos. El sector maquilador eliminó 65 mil plazas en los últimos 26 meses medidos por el INEGI y si analizamos el empleo total la ciudad suma pérdidas de casi 30 mil empleos contando a todos los sectores, de marzo del 2023 a la fecha. Aún aquellos que mantienen sus trabajos se han visto afectados porque tienen que hacer más cosas, bajo un mayor nivel de estrés y con cada vez más temor al famoso finiquito.
Cuando aumenta el desempleo hay un impacto directo y negativo en la calidad del empleo y en la vida de los trabajadores, incluso de aquellos que mantienen un puesto laboral. Este fenómeno se conoce como precarización laboral o deterioro de las condiciones de trabajo. La relación es simple: un mayor número de personas desempleadas debilita el poder de negociación de todos los trabajadores frente a los empleadores.
Cuando el empleo escasea, viene un estancamiento de salarios, y la pérdida de la posibilidad de negarse a hacer algo que va contra los derechos laborales.
Cuando la oferta de mano de obra (el número de desempleados) supera en gran medida a la demanda (el número de vacantes), los trabajadores están menos dispuestos a exigir mejores salarios o a rechazar ofertas. Saben que hay muchas personas dispuestas a tomar su lugar por una paga menor.
Las empresas pueden mantener los salarios bajos o hacer que crezcan menos que la inflación, y entonces el poder adquisitivo real de los trabajadores disminuye, lo que afecta directamente su calidad de vida y su capacidad para cubrir gastos básicos.
Además la presión de la competencia por un puesto de trabajo lleva a aceptar condiciones que antes hubieran sido inaceptables. Es frecuente que aumente la jornada laboral porque los empleadores pueden exigir horarios más largos o la realización de horas extra sin la remuneración adecuada, ante la falta de miedo del trabajador a perder el puesto. Se reducen beneficios y prestaciones no obligatorias (como vales, seguros privados, fondos de ahorro) o incluso se incentiva la contratación sin seguridad social u otras prestaciones de ley para reducir costos laborales.
Crece la intensidad en el trabajo porque el temor a ser despedido puede llevar a los trabajadores a aumentar su esfuerzo y productividad (lo que se conoce como productividad por miedo), generando mayor estrés, desgaste y peores condiciones de salud mental y física.
El alto desempleo también aumenta la contratación temporal, la subcontratación y la informalidad. Las empresas prefieren utilizar contratos temporales, por proyecto o de subcontratación (outsourcing) para evitar compromisos a largo plazo y reducir los costos de despido. Muchas personas, al no encontrar un empleo formal y decente, se ven forzadas a entrar al sector informal, caracterizado por la falta de protección social, salarios bajos e inestabilidad. Además muchos profesionales cualificados terminan aceptando puestos que requieren menos experiencia o capacitación, o que son de medio tiempo, solo para generar un ingreso. Esto representa una pérdida de potencial productivo y una frustración para el trabajador.
Todo esto trae un efecto grave, del que ya había escrito en otro artículo, sobre la calidad de vida y la salud mental. El trabajador ocupado vive con el constante temor a perder su trabajo, lo que afecta su bienestar y su capacidad para planificar a futuro como comprar una casa, tener hijos, etcétera. También se elevan los niveles de pobreza.
El alto desempleo, por lo tanto, no solo afecta a quienes pierden su trabajo, sino que transfiere la inestabilidad y la presión a toda la población ocupada, empeorando la calidad de los puestos de trabajo disponibles y reduciendo la calidad de vida de la mayoría.
El miedo y el estrés son procesos normales para situaciones como estas, pero como les dije que decía mi abuela: el que es perico donde quiera es verde. Hay que ir cambiando la estrategia económica del hogar. Las personas solemos atarnos a una forma de vida y las crisis precisamente vienen a sacudirnos y a provocar cambios que a la larga nos pueden llevar a una mejor situación. Es momento de ahorrar, de invertir y de arrancar ese negocio que siempre quisimos hacer, aprovechando el aguinaldo y los ingresos de fin de año. Muchas gracias estimado lector por el tiempo que le dedica usted a estas líneas. Nos leemos en 15 días.