La expresión “cátedra patrimonial” puede sonar, para muchos estudiosos actuales de los procesos educativos, como algo que se opone a la noción de una educación flexible, puesta en planos horizontales; sin embargo, es pertinente hacer notar que, quizás, la “cátedra patrimonial” tiene más puntos a su favor que los que le pudieran articular sus objetores.

¿Qué es una cátedra patrimonial? Es un espacio académico y cultural auspiciado, sobre todo, por las universidades. Implica un alto tributo y homenaje a quien se ha destacado como un alto referente en una rama del conocimiento. La cátedra patrimonial, en ese sentido, lleva el nombre de ese personaje. Constituye pues, uno de los mayores reconocimientos que una universidad puede brindar a un académico. La cátedra patrimonial no debe ser conferida por méritos políticos, sino sólo otorgada a quien cuenta con las credenciales epistémicas suficientes para catalogarse como uno de los máximos exponentes de la disciplina científica que se cultive.

A diferencia de una conferencia ordinaria, la cátedra patrimonial suele estar imbuida por el respeto y admiración a los que la figura académica se ha hecho acreedora; pero, además, la cátedra patrimonial debe servir como inspiración, sino es que, como acicate para quienes siguen los pasos del investigador y académico a quien se le rinde tributo. Es, pues, un evento que también suele mostrar las directrices y líneas de investigación de quien rotulará con su nombre la cátedra. Una cátedra patrimonial usualmente se compone de una serie de eventos que convergen en la figura homenajeada o, en su caso, un acto unitario de gran calado en el que el propio titular de la cátedra vierte su disertación.

En nuestra localidad, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez cuenta en cada uno de sus institutos con cátedras patrimoniales. Esta semana, en el marco del V Congreso Internacional de Ciencias Jurídicas, se celebraron dos de ellas. Una, que lleva el nombre del académico más ilustre que han tenido los programas de derecho en esta universidad, el profesor Jorge Alberto Silva, una referencia imprescindible en diversas ramas del saber jurídico; la otra, rotulada con el nombre de uno de los máximos representantes de la filosofía del derecho en Iberoamérica, el doctor Rolando Tamayo y Salmorán, también profesor emérito de la UNAM e investigador emérito del SNII.

Ambos profesores han dejado una impronta en la docencia, la creación y la divulgación del conocimiento en las disciplinas jurídicas, cada uno en su ámbito. El peso de la expresión “cátedra patrimonial” se ajusta a la perfección en los dos académicos. Es la noción de “patrimonio” intelectual. Es la idea de “patrimonio” como posesión y caudal. Es la irrupción de “patrimonio” como legado. Es la nota de “patrimonio” como autoridad epistémica. Noción vertical, ciertamente. Y así tiene que ser, porque siempre hay que volver a las fuentes y a los grandes maestros. Dejemos de pensar que todo mundo hace ciencia, filosofía y conocimiento. Suena a verticalidad. Sí. ¿Y?