Desde que Don Manuel murió me gusta más el Día de Muertos, porque de alguna manera –aunque sea solo en mi mente si así fuera–, en estas fechas mi papá viene a echarse un “Presidentito” conmigo, su hijo el de en medio.
Mientras escribo este artículo estoy viendo las fotos que mi novia y yo pondremos en el altar de nuestra casa para el Día de Muertos. De entre esas imágenes, la de mi papá me roba la mirada y una que otra lágrima se me seca en las comisuras de los ojos. Hasta ahora esa es la partida más sentida en mi corazón.
Don Manuel es el más cercano de mis ancestros masculinos. Detrás de él hay una hilera de hombres, así como hay una hilera de mujeres detrás de mi madre en mi árbol generacional fronterizo. Y su árbol, estimado lector, se parece mucho al mío. Mire usted atrás en el tiempo y piense un momento en la historia de su padre, en la de su madre y quizás en la de sus abuelos. Mucho de lo que usted y yo somos, viene de nuestros ancestros y sus historias. Cada uno de ellos fue absolutamente necesario para que nuestra existencia fuera posible. A cada uno le debemos agradecimiento por haber dicho “sí” a la vida, permitiendo que hoy disfrutemos de este mundo con todos sus gustos y sinsabores.
Estamos a unos días de esta tradición mexicana que nos permite reconocer a todos esos antepasados en nuestra Ciudad Juárez. Desde la perspectiva sistémica, ese árbol genealógico tiene un enorme impacto sobre nuestros comportamientos y nuestra forma de vivir. Por ello, estas fechas son un tiempo ideal para ver y honrar a nuestros ancestros, aprovechando toda la algarabía y la magia que rodean a nuestra festividad.
Aunque no lo sepamos, el altar de muertos no es únicamente un rito para recordar a quienes ya no están físicamente; en su dimensión más profunda, es un acto de inclusión. Cada fotografía que colocamos, cada flor de cempasúchil que ponemos en el camino y cada vela que encendemos le otorga un lugar sagrado a la memoria dentro del sistema familiar fronterizo. Decirle a un ancestro “tú perteneces” restablece un orden de amor familiar invisible que calma el alma.
Sin embargo, para darles ese lugar de forma sana, es indispensable mirar a nuestros antepasados tal como fueron, sin la trampa de la idealización ni el peso del juicio. En estas fechas suele parecer obligatorio convertir a los fallecidos en santos, pero honrarlos de verdad implica aceptar sus luces y sus sombras. Ellos fueron simplemente los adultos de su propio tiempo: hombres y mujeres que hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas emocionales, las carencias y los dolores que a su vez recibieron.
En este proceso, suele surgir la idea del perdón, pero mirado con detenimiento, el perdón a los ancestros suele esconder una sutil postura de soberbia. Cuando pretendemos “perdonar” a nuestros padres o antepasados, nos colocamos inconscientemente por encima de ellos, asumiendo el papel de jueces que otorgan absoluciones. La jerarquía sistémica nos recuerda que nosotros somos los pequeños y ellos son los grandes; a nosotros solo nos corresponde recibir. Más que perdonarlos, el acto verdaderamente liberador y sanador es asentir a la realidad: aceptar que la historia fue exactamente como fue. Honrar no quiere decir que debamos estar atados a nuestros ancestros, sino reconocer que son parte de nuestro sistema familiar con todo lo que implica.
Al final, la mejor manera de honrar a quienes nos precedieron no es arrastrar sus nostalgias ni cargar con sus deudas, culpas o asignaturas pendientes, sino hacer algo digno y valioso con la existencia que nos heredaron. Los ancestros no piden nuestra compasión desde la memoria; sólo aguardan que vivamos con plenitud el presente que ellos hicieron posible.
Hoy me voy a adelantar un poco al 2 de noviembre y voy a comprarle a mi papá un cuartito de ese brandy cuyas botellas vacías rodaban por los rincones de mi casa. Voy a robarle un traguito (o dos o más) y mientras recuerdo los buenos ratos que vivimos juntos en nuestro Juárez, voy a honrarlo y agradecerle que haya dicho “sí” a su vida y de paso a la mía. Gracias a eso hoy puedo estar aquí haciendo algo que amo profundamente: escribir para usted. Si estas letras le movieron algo, no dude en compartir este artículo con quien guste. Hoy es el día ideal para empezar a poner su altar. Si no suele hacerlo, lo invito a empezar esa tradición que es maravillosamente sanadora. Nos leemos en 15 días.