Desde la década de los ochenta del siglo pasado escuchamos hablar de prevención de adicciones, combate a las drogas y comunicación familiar. Hemos visto campañas, conferencias y fotografías de funcionarios inaugurando otra jornada contra el mismo problema. Ya entrados en el siglo XXI, seguimos escuchando las mismas recomendaciones. ¿Qué no hemos aprendido? ¿Qué sigue sin hacer la sociedad para ayudar a quienes encuentran en una sustancia una manera de soportarse o de escapar de lo que viven?
Sería injusto afirmar que nada ha funcionado. Hay juarenses que han recuperado su vida gracias al tratamiento, a su familia y a grupos de ayuda mutua. Pero esas recuperaciones no cancelan la pregunta: ¿por qué seguimos hablando tanto de prevención sin conseguir que la ayuda llegue antes del daño? Una campaña puede terminar el viernes; la necesidad del muchacho sigue ahí el sábado.
En Ciudad Juárez, el CIJ Norte recibió a 218 personas que solicitaron tratamiento por primera vez entre julio y diciembre de 2025. Aproximadamente 106 tenían entre 10 y 19 años. Casi la mitad. Además, el 44.49 por ciento de los nuevos pacientes eran estudiantes. Son datos publicados por Diego Villa en El Diario de Juárez, con base en información del Centro de Integración Juvenil. No describen a toda la juventud fronteriza, pero sí muestran a quienes llegaron a pedir ayuda.
La nota “Adolescencia alcoholizada” recoge otra advertencia: especialistas locales señalan consumo desde los 12 a los 15 años y proponen atención psicológica preventiva. También presenta a un adolescente que lleva seis meses sin beber gracias al acompañamiento de Alcohólicos Anónimos, aunque todavía enfrenta el deseo de hacerlo. Ahí está una diferencia que los discursos suelen pasar por alto: dejar de consumir es un logro; sostener esa decisión exige trabajo cotidiano.
Entonces, ¿qué falta? Para empezar, dejar de confundir informar con formar. Saber que el alcohol hace daño no garantiza saber decir que no. Tampoco un folleto puede sustituir a un adulto disponible cuando el adolescente necesita hablar. Hemos repartido advertencias, pero ¿hemos enseñado a enfrentar la frustración, reconocer la tristeza y pedir ayuda sin vergüenza? La templanza requiere práctica. No viene incluida en la mochila escolar.
También habría que revisar el ejemplo. El adulto que convierte cualquier reunión en pretexto para emborracharse tiene poca autoridad para exigirle sobriedad al hijo. Y la familia que sólo pregunta por las calificaciones puede enterarse demasiado tarde de lo que ocurre detrás de una puerta cerrada. Comunicación familiar no es interrogar durante la cena mientras cada uno vigila su teléfono. A veces tenemos conexión inalámbrica en toda la casa y ninguna entre quienes la habitan.
Hay una reflexión incómoda que merece su lugar: “Algunos juarenses nunca han vencido las adicciones o ‘pecados’ que les asedian; creen que están peleando con un enemigo externo o “demonio”, cuando en realidad están contendiendo contra sus propios hábitos, vicios y debilidades”. Sirve como examen personal, no como diagnóstico de todos los casos.
La dependencia tiene componentes biológicos, psicológicos y sociales; reducirla a falta de voluntad también puede cerrar la puerta a quien necesita tratamiento. Pero reconocer esa complejidad no elimina el trabajo interior.
La restauración debe alcanzar a la persona, joven o adulta. Cuando existe una emoción dañada, atenderla exige una acción metódica y perseverante. Como al restaurar el marco de un cuadro que se desalineó: hay que examinar dónde cedió, reparar y devolver firmeza. Una mano de pintura disimula la grieta; no la corrige. Tampoco toda adicción nace de un vacío emocional, pero cuando ese vacío existe, ignorarlo deja una necesidad sin atender.
A la sociedad juarense le corresponde sostener ese proceso: familias presentes, escuelas que detecten y canalicen, servicios accesibles y seguimiento después del tratamiento. Y a las autoridades, demostrar resultados más allá del número de pláticas impartidas. ¿Cuántos recibieron ayuda a tiempo? ¿Cuántos pudieron continuarla? ¿Qué ocurrió con quienes abandonaron?
Después de tantas décadas, ya sabemos organizar semanas de prevención. Falta que aprendamos a acompañar durante los otros días del año. Porque el adolescente necesita algo más que escuchar que las drogas destruyen: necesita encontrar razones, vínculos y ayuda concreta para construir su vida. Así es, El Meollo del Asunto. [email protected]