Ley Olimpia es el nombre de un conjunto de reformas que castigan a quien graba, comparte o amenaza con publicar fotos o videos íntimos de otra persona sin su permiso. Reconoce algo que muchas víctimas en Juárez ya sabían: lo que pasa por el celular y las redes también es violencia, y también duele.

Imagine a una muchacha que despierta un día y encuentra su celular lleno de mensajes. Unos se burlan, otros le dicen que lo sienten y algunos son de desconocidos. Un video íntimo que le mandó a una persona de confianza ya está circulando. En pocas horas lo vieron sus compañeros, sus vecinos y su familia. Ella no hizo nada malo, y aun así siente que su alma dejó su cuerpo.

Quien no ha pasado por esto puede creer que se trata de “solo un video”. Las víctimas lo cuentan de otra forma. Hablan de la vergüenza de caminar por la calle sin saber quién ya las vio, de sentir un hueco en el estómago cada vez que suena el teléfono, de no poder mirar a sus padres a la cara, de sentirse desvalorizadas a tal grado que algunas dejan sus estudios, su trabajo, incluso su ciudad.

Generalmente, detrás del video hay una traición. Quien lo difunde suele ser alguien cercano: una expareja, un amigo, alguien que debía darle cuidado y discreción. Por eso, además de la vergüenza, queda un dolor profundo, el de haber sido lastimada por la persona que debía protegerla.

Algunas juarenses, cansadas de la humillación y de sentirse solas, han llegado a pensar en quitarse la vida, y hay quienes lo hicieron. Detrás de cada caso hubo alguien que grabó, alguien que lo replicó y mucha gente que se mofó. El escarnio social puede parecer poca cosa, pero para quien ya está en el límite resulta devastador.

Por mi experiencia en esta frontera, he visto el alma destrozada de las víctimas como resultado de la burla y de los comentarios con los que se pasan estos videos de un chat a otro, como si fueran un meme más. Me duele, porque olvidamos que la persona del video podría ser cualquiera de nosotros: nuestra hija, la vecina, una colega o nosotros mismos.

Cuando un video así nos llega y lo reenviamos, aunque sea sin mala intención, dejamos de ser simples testigos. Nos volvemos coautores de lo que le hicieron a esa persona. Cómplices, aunque nos cueste aceptarlo. Y no es solo un asunto de conciencia: la ley también castiga la difusión de dicho material, aunque quien lo comparta no lo haya grabado y lo haya hecho una sola vez.

Si usted o alguien cercano está pasando por esto, no es su culpa. No borre los mensajes ni se deshaga del teléfono, porque ahí está la prueba, y denuncie ante la Fiscalía. Y si siente que ya no puede más, busque ayuda hoy mismo.

La próxima vez que le llegue un video que nunca debió existir, antes de reírse o mandarlo, recuerde a la muchacha que no podrá dormir esa noche. Piense que podría ser su hija, su hermana, su mamá o incluso usted, lector.

Y si conoce a una mujer en la ciudad que lo está viviendo, no le pregunte por qué lo hizo ni por qué confió. Mejor acompáñela, escúchela y dígale que no está sola. A veces basta con que alguien le crea para que halle fuerzas para seguir.

Llevo muchos años del lado de la ley, primero como agente del Ministerio Público y ahora como jueza. He aprendido que muchas veces lo que más le duele a una víctima no es solo el video, sino darse cuenta de cuánta gente lo vio, lo replicó y nadie pensó en ella.

Una sentencia puede castigar a quien grabó el video y a quien lo difundió, pero no le devuelve a la víctima la tranquilidad, ni esa parte suya que quedó enterrada el día que la traicionaron: la confianza. Volver a confiar cuesta, y nadie lo logra sola. Se reconstruye poco a poco, con la familia que la sostiene, con las amigas que no la juzgan y con otras mujeres que, sin conocerla, eligen la sororidad y cortan esa cadena eliminando el video. Cada gesto así le devuelve un poco de la paz que un cobarde le arrebató.

Olimpia conoció muy joven la traición de su expareja. Con el alma destrozada y la fe fracturada, no se resignó: alzó la voz y luchó. Gracias a esa joven resiliente, hoy existe una ley que nos protege a todas. Pero la ley sola no basta. La justicia no empieza en un tribunal; empieza en el teléfono de cada uno de nosotras.