¿Maru entrega Chihuahua a Morena? Personalmente no lo creo, pero también me cuesta creer que no esté ayudando a perderlo. Me cuesta creer que Maru Campos haya decidido entregar Chihuahua a Morena.
Una acusación de ese tamaño necesita algo más que versiones de pasillo, coincidencias convenientes y declaraciones de adversarios, por cierto, impulsadas y avivadas desde la 4T muy convenientemente, pero me cuesta todavía más aceptar que todo marche conforme a una estrategia inteligente, mientras el PAN acumula conflictos y Marco Bonilla parece obligado a explicar decisiones ajenas.
No creo en los pactos secretos por repetición, tampoco creo en la inocencia política por decreto, por eso, cuando escucho que cada ruptura fortalece al partido, que cada escándalo cohesiona a la militancia y que cualquier cuestionamiento beneficia al enemigo, mi incredulidad aumenta. Una explicación que convierte todos los tropiezos en aciertos termina pareciéndose demasiado a una coartada.
Por eso, antes de preguntar si Maru quiere que gane Morena, prefiero examinar algo verificable: si su manera de gobernar y conducir la sucesión está facilitando ese resultado. La intención permanece en el terreno de las hipótesis. Las consecuencias políticas, en cambio, empiezan a ser visibles.
La ruptura con César Jáuregui concentra buena parte de las sospechas. El exfiscal fue detenido por autoridades estatales el 17 de octubre y posteriormente quedó bajo custodia federal. El día 25 fue vinculado a proceso por presunta traición a la patria, dentro del caso sobre la participación de agentes estadounidenses en un operativo antidrogas. Esa resolución permite continuar el procedimiento; no acredita culpabilidad.
No estoy dispuesto a convertirlo automáticamente en víctima. Si existen responsabilidades, deben investigarse. Pero tampoco acepto que invocar la ley alcance para despejar cualquier duda sobre el contexto, los tiempos y la conducción política del caso.
Antes de la detención, Campos atribuyó al exfiscal y a otros funcionarios una actuación sin informarle y afirmó que aquello no podía perdonarse. Después sostuvo que nadie estaba por encima de la ley. Ambas expresiones merecen atención: una remite al agravio de la jefa; la otra, al funcionamiento de las instituciones.
Me cuesta aceptar que esa mezcla sea irrelevante. La cercanía entre el reproche y la captura no demuestra una represalia, pero obliga a explicar mejor. Además, si la gobernadora desconocía actuaciones de semejante importancia, queda pendiente una pregunta sobre su administración: ¿cómo funcionaban la supervisión y la cadena de información?
Deslindarse puede aclarar una responsabilidad individual. Difícilmente basta para acreditar una buena conducción del gobierno. Bonilla tendrá que enfrentar esa contradicción si pretende heredar los resultados de la administración sin cargar con sus fallas.
El problema crece porque Jáuregui aspiraba a la alcaldía capitalina. Su abogado, Luis Villegas, ha vinculado la detención con esa disputa y acusado a Campos de favorecer a Santiago de la Peña. Es una versión interesada de la defensa, no una intención demostrada. Sin embargo, su existencia vuelve indispensable separar con hechos la investigación penal de la selección partidista.
No doy por cierta esa acusación. Tampoco encuentro razonable pedirle a la militancia que suspenda sus dudas. Cuando coinciden expedientes, aspiraciones y rupturas personales, la confianza requiere procedimientos claros. Exigir disciplina sin ofrecer explicaciones puede producir silencio, pero el silencio no garantiza compromiso electoral.
También me parece endeble interpretar cualquier acercamiento con Claudia Sheinbaum como evidencia de una entrega. Chihuahua necesita coordinación federal. Una gobernadora tiene obligaciones que van más allá de la comodidad de su partido. De hecho, el propio panismo defendió públicamente esa colaboración durante 2025.
Lo que despierta mi desconfianza es la facilidad con que se nos pide aceptar versiones cambiantes de la relación. Si existe cordialidad, se presenta como capacidad de gestión. Si aparece confrontación, se presume valentía opositora. Si hay una conversación reservada, debemos confiar. Si después se divulga, también debemos aplaudir.
¿En qué momento se permite evaluar los resultados de esa conducta sin quedar clasificado como ingenuo o traidor?
La reunión entre ambas mandatarias acabó convertida en una controversia sobre lo conversado y la responsabilidad de Jáuregui. Sheinbaum negó un pacto político para detenerlo; Campos rechazó haber negociado la entrega del estado. Esas negativas forman parte del registro público y deben considerarse. Tampoco sustituyen una explicación completa de los hechos.
Mi objeción es que el PAN puede estar perdiendo credibilidad aun sin acuerdo secreto alguno. Cada día dedicado a discutir quién entregó a quién desplaza la conversación sobre resultados. Cada militante agraviado representa un problema que una fotografía de unidad difícilmente resuelve.
Sería injusto omitir que Maru ha respaldado a Bonilla. Apoyó su coordinación estatal en agosto y, durante su informe de septiembre, le entregó simbólicamente la batuta. Son hechos incompatibles con la afirmación simplista de que trabaja abiertamente para impedir su triunfo.
Pero tampoco me convence que ese respaldo resuelva el problema. Una gobernadora puede desear sinceramente el triunfo de su sucesor y perjudicarlo con su comportamiento. Puede ayudarlo a dominar el partido mientras deteriora las condiciones para conquistar al electorado.
Ahí está el dilema de Bonilla. Su cercanía con Campos le proporciona respaldo y estructura, pero también lo expone al desgaste estatal. Si defiende todo, pierde autonomía. Si toma distancia únicamente cuando aparece una crisis, corre el riesgo de parecer oportunista.
Necesita explicar qué representa por sí mismo, qué resultados puede acreditar y qué corregiría. Me cuesta creer que una candidatura a gobernador pueda consolidarse dependiendo siempre de las explicaciones de Palacio. La continuidad necesita argumentos propios; la renovación, diferencias reconocibles.
Morena ya trabaja sobre esa vulnerabilidad. Cuauhtémoc Estrada presentó a Bonilla como continuidad del gobierno de Maru y cuestionó sus pendientes municipales. Es una posición partidista, pero revela el encuadre que busca imponer: cobrarle al aspirante tanto su gestión como la de su principal promotora.
El mecanismo resulta sencillo: mantener al PAN ocupado en sus contradicciones y convertir cada conflicto interno en evidencia de agotamiento. Eso no demuestra superioridad de Morena. Le permite, sin embargo, disputar la conversación pública utilizando problemas que no tuvo que inventar.
La designación de Cruz Pérez Cuéllar como coordinador estatal morenista añade otra dificultad: Bonilla enfrenta a una figura con base política en Ciudad Juárez. Su fortaleza capitalina deberá traducirse en respaldo estatal. No veo razones para suponer que esa transferencia ocurrirá automáticamente.
Chihuahua no termina en la capital. Las prioridades fronterizas, serranas y agrícolas exigen propuestas específicas. Si Bonilla dedica demasiado tiempo a administrar los conflictos heredados, tendrá menos margen para construir esa relación con otros electores.
Ahora bien, tampoco compro el pronóstico de una capital inevitablemente perdida. En 2024 obtuvo 248 mil 339 votos, equivalentes al 57.4 por ciento. Es una fortaleza considerable, no una garantía para 2027.
El próximo candidato municipal tendrá que ganarse ese respaldo. Si la selección produce agravios o parece una imposición, la votación anterior difícilmente podrá heredarse intacta. Y una candidatura local debilitada puede reducir la movilización que necesita el proyecto estatal.
La conexión funciona también en sentido inverso: el desgaste de la disputa por la gubernatura puede alcanzar la campaña capitalina. Morena tiene incentivos para presentar ambas candidaturas como prolongaciones del mismo grupo. Al PAN le corresponde ofrecer razones para que esa interpretación no resulte convincente.
También dudo de la utilidad de sustituir explicaciones por confrontación. Las acusaciones de Campos contra dirigentes morenistas han generado respuestas y anuncios de denuncias. Son señalamientos controvertidos, no hechos acreditados. Pueden entusiasmar a los convencidos, pero su efecto entre ciudadanos indecisos es incierto.
No creo que elevar el tono equivalga a recuperar autoridad. Una oposición puede ganar una discusión y perder confianza. Para conservar Chihuahua, el PAN necesita convencer también a quienes no participan de sus lealtades ni de sus agravios.
Por eso no podría afirmar que Maru pactó entregar el estado, la evidencia revisada no permite sostenerlo, en cambio, sí permite cuestionar si su conducción está convirtiéndose en un obstáculo para Bonilla y en una oportunidad para Morena, lo que debería llevar, necesariamente, a un cambio de estrategia en el war room de Bonilla.
Mi incredulidad permanece: no me convence la conspiración como explicación total, pero tampoco la tranquilidad oficial. Si el PAN pierde, tendrá que explicar sus propias decisiones. Maru puede respaldar a Bonilla con discursos; lo verdaderamente difícil será dejarle condiciones para ganar.
Aunque hoy por hoy, la tendencia que se ve natural favorece completamente a Bonilla, de acuerdo con encuestas recientes supera a Cruz Pérez Cuéllar en preferencia electoral, pero más que esa diferencia, lo que destaca es la tendencia a la baja de Morena en Chihuahua y la tendencia al alza del PAN.
Apenas hace un año, esas mismas encuestas marcaban una preferencia electoral favorable a Morena, por más de 15 puntos porcentuales en promedio, hoy, ya con rostros y careos directos en las encuestas, no solo se redujo considerablemente esa diferencia, sino que que ya está arriba Bonilla. Es una tendencia estadística muy clara.
Así es que, pese a los nubarrones oscuros que se asoman para el PAN en la contienda electoral de 2027, también aparece la ruptura interna de Morena con la designación de Pérez Cuéllar y la molestia e inconformidad de Andrea, tema olvidado por el momento en la discusión pública, pero no en la alineación de fuerzas morenistas en apoyo a su coordinador estatal.
El momento es crítico y decisivo para ambos partidos, el PAN y Morena se encuentran definiendo sus respectivas estrategias electorales de cara al 2027, y solo quien logre descifrar e integrar a sus estrategias el sentir ciudadano, las necesidades sociales del momento, logrará capitalizar los votos a su favor, hoy, esa disputa parece ganada por el PAN.