Más de 600 personas provenientes de 30 países vivieron este jueves una jornada inolvidable al jurar lealtad a Estados Unidos y obtener su ciudadanía en una ceremonia organizada por el Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS), realizada en el Coliseo del Condado de El Paso. Sin embargo, la emoción del momento se vio atravesada por un clima de incertidumbre y sentimientos encontrados debido a las actuales políticas migratorias.

En medio de aplausos y banderas ondeando, los nuevos ciudadanos celebraron el cierre de un largo y, para muchos, complicado proceso que en algunos casos tomó hasta cinco años.

El acto incluyó un mensaje videograbado del presidente Donald Trump, quien por primera vez aparece en ceremonias de naturalización desde que asumió su segundo mandato en enero.

En su discurso, Trump dio la bienvenida a los nuevos ciudadanos resaltando los valores del “estilo de vida estadounidense” y llamándolos a defender la libertad y las tradiciones del país.

“Hoy reciben uno de los regalos más preciados jamás otorgados por manos humanas”, expresó Trump. “Con este honor sagrado viene la mayor responsabilidad... Sus libertades ahora son suyas para protegerlas. La nación jubilosa ahora es suya para amarla y ayudar a construir”.

El mensaje, aunque fue recibido con respeto por la mayoría, generó reacciones diversas. Algunos asistentes evitaron comentar, mientras que otros señalaron la paradoja de recibir su ciudadanía en un momento en que miles de migrantes enfrentan deportaciones, redadas o largos procesos de asilo.

“Es un día especial, claro que sí, pero también es difícil no pensar en los que todavía están luchando por un estatus legal”, dijo una mujer identificada como Lorena, originaria de Colombia, quien llegó a Estados Unidos hace siete años. “Hoy celebro, pero también me duele lo que pasa allá afuera”.

Jacqueline, otra nueva ciudadana, fue más contundente: “Ahora que tengo este derecho, lo voy a usar para alzar la voz. El ser ciudadana no me va a hacer olvidar por lo que pasamos. Esto es también para luchar por quienes vienen detrás”.

El evento transcurrió en un ambiente festivo, con familiares acompañando a los recién naturalizados, algunos vestidos con trajes típicos de sus países de origen, mientras otros portaban camisetas con la bandera estadounidense.

La música patriótica, los abrazos y las lágrimas fueron parte del ambiente vivido, pero también lo fueron las miradas de preocupación y los silencios incómodos al hablar sobre la actualidad migratoria del país.

Para Armando, de origen salvadoreño, obtener la ciudadanía es “un logro personal”, pero no olvida que estuvo a punto de ser deportado. “Hoy estoy aquí porque el sistema me dio la oportunidad. Pero también sé que hay muchos que se quedan afuera, y eso no se puede ignorar”.

La ceremonia de naturalización es vista tradicionalmente como un símbolo de esperanza y pertenencia. Sin embargo, en esta ocasión también reflejó el clima dividido que se vive en Estados Unidos respecto al tema migratorio, incluso entre quienes ahora son parte formal del país.

Mientras los nuevos ciudadanos se tomaban fotos con sus certificados y banderas, un pensamiento parecía repetirse en el ambiente: la alegría por pertenecer, sí, pero también la responsabilidad de no olvidar de dónde vienen ni por qué llegaron.

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