Sonia Delfina Aguilar, de 56 años de edad, una estudiante de primera generación, ha demostrado que el esfuerzo, la perseverancia y el amor por el aprendizaje pueden romper cualquier barrera.
Su historia inspira no solo por sus logros académicos, sino por la fuerza con la que ha desafiado las circunstancias para convertirse en un ejemplo para las nuevas generaciones, en especial para sus dos hijos: José Daniel y Ayla Sofía, ambos universitarios.
Nacida en el seno de una familia con recursos limitados, Sonia enfrentó desde niña las barreras que la pobreza impone. Sin embargo, su historia no es una de resignación, sino de resiliencia.
“En aquel tiempo, muchos de nosotros optamos por tener al menos una educación técnica. Con la ayuda de nuestros padres, mi mamá, que siempre ha sido muy trabajadora y se ha dedicado a la venta de comida, pudo brindarnos a todos mis hermanos (siete en total: tres mujeres y cuatro hombres) esa oportunidad”, recordó con añoranza, quien tenía que trasladarse a otro pueblo para estudiar la preparatoria.
Originaria de Villa Unión, un pequeño pueblo del municipio del “pueblo mágico” Nombre de Dios, en Durango, México, Sonia se mudó a los 20 años a Ciudad Juárez en 1989.
Desde muy joven, Sonia supo que la educación era su mejor aliada. Aunque los libros eran escasos y las oportunidades aún más, jamás permitió que eso le impidiera estudiar. “En mi casa no sobraba nada, pero nunca faltaron las ganas de salir adelante”, recuerda.
En busca de mejores condiciones, como muchas mujeres mexicanas, migró a la frontera y se instaló en Ciudad Juárez. Allí encontró trabajo en la industria maquiladora, donde las jornadas largas y extenuantes eran la norma.
Sonia no se conformó. En sus ratos libres se dedicaba a leer, a estudiar y a soñar con una vida distinta. Ese anhelo la llevó a cruzar la frontera, después de conocer a su esposo, Francisco Javier, ingeniero mecánico que laboró en la industria maquiladora.
Aunque le daba temor haber salido de su terruño natal, lo hizo con la determinación de buscar mejores oportunidades y apoyar a su familia, a sus padres Gregoria y Humberto, y a sus hermanos. Era la primera vez que salía de casa, enfrentándose al reto de vivir en la fronteriza Ciudad Juárez.
Su primer trabajo fue en una maquiladora: A.C. Nielsen, dedicada al procesamiento de cupones, donde comenzó a conocer de cerca el esfuerzo del trabajo diario.
Con el tiempo se desempeñó como secretaria en esa misma empresa, y posteriormente en United Technologies Automotive —llamada Lear Corporation—, donde desarrolló sus habilidades empresariales y contables adquiridas durante su bachillerato en el CBTIS (Centro de Bachillerato Tecnológico Industrial y de Servicios) 109, donde se graduó como técnico en contabilidad y perfeccionó el idioma inglés, ampliando su panorama profesional.
Su vida tomó un giro importante cuando comenzó a salir con quien luego sería su esposo, un estudiante de la Universidad de Texas en El Paso (UTEP). En 1990 asistió a su ceremonia de graduación, y al ver tantas banderas ondeando, sintió una mezcla de admiración y lejanía. “No creí que fuera posible para mí, pero lo fue”, recuerda. Contra todo pronóstico, Sonia decidió seguir ese mismo camino.
Con tenacidad, esfuerzo y sacrificio obtuvo un título de Asociado en Educación Infantil del El Paso Community College (EPCC), una licenciatura en UTEP en 2005 y un MBA en un programa acelerado de la misma universidad en 2016.
Pronto su historia dio un giro profundo. No solo continuó con sus estudios, sino que alcanzó uno de los logros académicos más altos: un doctorado en Liderazgo en Educación y Administración con concentración en Políticas (Ed.D) en la Facultad de Educación de UTEP, ceremonia de investidura a la que acudió como invitada especial su madre.
“Para mí fue muy importante su asistencia”, dijo la orgullosa estudiante, quien tuvo el honor de dedicarle unas palabras de agradecimiento y presentarla con orgullo a la comunidad académica y estudiantil del campus. También dedicó su esfuerzo a su padre, fallecido recién llegada a la frontera.
“Ahí tuve la oportunidad de dedicarle unas palabras. Era muy importante para mí decirle que, gracias a ella, yo podía estar ahí en ese podio, porque esa ceremonia significó el trabajo de ellos. Fue una gran oportunidad para reconocerla delante de la audiencia y decirles que ella es mi mamá”.
En su trayectoria académica ha tenido experiencias internacionales en Hong Kong, Shanghái, Múnich y Turín, donde descubrió cuán interconectadas están las economías del mundo.
Actualmente trabaja desde hace 15 años en el departamento de presupuesto del Distrito Escolar Independiente de El Paso (EPISD) y planea seguir creciendo en el ámbito educativo.
Sonia se describe como una aprendiz tardía, pero incansable. “Llevo 10 años estudiando y no pienso detenerme. El trabajo duro da frutos”, subrayó.
“Siempre he tenido ese gusto por la escuela, una curiosidad por el aprendizaje. Me ha llamado mucho la atención observar las cosas... Se me hace algo maravilloso que un día usted no sepa una cosa y hoy, por ejemplo, aprenda algo sobre cómo hacen los nidos las golondrinas. Es algo que quizás no tenga importancia, pero que no sabía y aprendió algo nuevo”, dijo Sonia, quien empezó tomando algunos talleres en el Colegio de la Comunidad (EPCC) al establecerse recién casada en El Paso.
Ávida del aprendizaje y con esas ganas constantes de seguir adelante, piensa aprovechar cada una de las oportunidades que se le presenten en su vida, esas oportunidades que se van abriendo con el tiempo.
“Las habilidades que uno tiene... Yo siempre pienso que el gusto por la lectura me ha facilitado el camino, porque cuando uno viene de allá —México— sin saber inglés, es algo que les impide a las personas avanzar.”
Sonia continúa hoy su labor en el ámbito educativo con la convicción de que la transformación social comienza en las aulas y que las políticas públicas deben construirse desde la experiencia y la empatía.
Para muchos, su historia cobra aún más valor si se recuerda que sus padres apenas terminaron la primaria. Su padre solo llegó a sexto grado, y su madre al cuarto año. Hoy, Sonia honra ese amor con cada título y con cada paso que da.
Adoptada por la frontera, esta mujer mexicana se ha convertido en un símbolo de esperanza y superación. Su historia no solo es un triunfo personal, sino un legado para quienes sueñan con cambiar su destino a través del conocimiento.
Después de las jornadas extenuantes en las aulas, ahora esta mujer estudiosa lo primero que hará es tomarse un descanso para luego dedicar su tiempo a devolver un poco de lo mucho que le ha dado la vida.
“Quiero regresar a mi pueblo y ofrecer diversos cursos de computación, inglés y otras enseñanzas que domino, al igual que aquí en mi comunidad”, expresó Aguilar, cuya historia sigue escribiéndose, ahora como mentora y guía de nuevas generaciones de jóvenes latinos que ven en ella una luz de posibilidad.
En cada paso, la profesionista demostró que las raíces humildes pueden dar frutos extraordinarios, a pesar de venir de un modesto pueblo donde los sueños muchas veces se apagan antes de nacer. Sin embargo, Sonia Delfina encontró la manera de encender el suyo.
Su historia inspira a quienes, como ella, nacen con más obstáculos que ventajas, pero también con una determinación que nada puede apagar. “Mi mayor sueño no era solo superarme, sino demostrar que sí se puede. Que una niña de un pueblito en Durango puede llegar tan lejos como quiera, si no deja de creer en sí misma”, afirmó con humildad.