El sol del viernes amaneció con un dejo de nostalgia sobre el barrio que ella defendió hasta sus últimos días. En el cementerio Monte Carmelo los acordes de un mariachi rompieron el silencio con una melodía que parecía escrita para ella: “Mujer Luchadora”. Era el último adiós a Antonia “Toñita” Flores Morales, la vecina y líder comunitaria que a sus 97 años se convirtió en leyenda viva de Duranguito, el histórico vecindario del Centro de El Paso.

El féretro blanco avanzó lentamente entre flores y pañuelos en alto. Decenas de vecinos, activistas, líderes religiosos y representantes de organizaciones comunitarias se reunieron para celebrar su vida como se despide a las grandes: con música, con aplausos y con gratitud.

En la Funeraria Sunset, donde un día antes tuvo lugar la velación, se vivió una ceremonia cargada de memoria. En las paredes se proyectaron fotografías de su vida: Toñita barriendo las calles, ofreciendo tamales a policías, abrazando niños o levantando pancartas frente al Ayuntamiento.

“Nunca he estado en un funeral donde la gente se pusiera de pie para aplaudir la vida de alguien. Toñita fue nuestra dirigente espiritual, la brújula moral del movimiento. Nos enseñó que el amor por el barrio es también un acto político”, dijo el historiador David Romo, fundador de la organización civil Paso del Sur, quien siempre estuvo al lado de la originaria de Palomas, Chihuahua.

“Gracias a ella, Duranguito es uno de los pocos lugares en Estados Unidos que logró vencer al poder de los intereses económicos. Su nombre es historia”, agregó.

La guardiana del alma de Duranguito

En la capilla principal de la funeraria, el aire olía a flores frescas y nostalgia. Frente al féretro, dos coronas monumentales —una con la palabra “Duranguito” y otra con “Paso del Sur”— enmarcaban el ataúd donde yacía Toñita. A un costado lucía una fotografía grande de la líder comunitaria que partió, dejando tras de sí una huella de dignidad, ternura y resistencia.

Allí, entre lágrimas y recuerdos, familiares, amigos y compañeros de lucha le rindieron un homenaje que fue al mismo tiempo un acto de amor y de memoria colectiva. El micrófono pasó de mano en mano, y con cada voz surgía una historia distinta, pero todas coincidían en lo mismo: Toñita fue la guardiana del alma de Duranguito.

Verónica Carbajal, abogada e integrante de la organización Sembrando Esperanza College, recordó cómo la conoció en los años de resistencia, cuando la ciudad planeaba demoler Duranguito para construir una arena deportiva.

“Ella no tenía hijos, pero trataba a todos los niños del barrio como si fueran suyos. Los ponía a limpiar las calles, a cuidar las plantas. Les enseñó que la dignidad también se barre, se cultiva y se defiende. A veces la llamábamos ‘La General’, porque dirigía con firmeza, pero con una ternura que desarmaba”, recordó Carbajal.

“Ella y Romelia eran dos mujeres que, aunque vivían solas, nunca tuvieron miedo. Inspiraron a toda una ciudad. Mientras muchos veían a Duranguito como un sitio olvidado, Toñita lo veía como una familia. Fue una mujer que, sin hijos propios, adoptó al barrio entero”.

Carbajal contó cómo Toñita transformó la desesperanza en acción: “Cuando vio que había crimen y basura, se organizó con las vecinas, habló con la Policía, exigió limpieza. Y cuando se trató de salvar a Duranguito, no esperó a nadie. Lo hizo con fe, con amor, con manos firmes. Así nos enseñó que el liderazgo también se cocina con frijoles y se teje con comunidad”.

“Ella no esperaba milagros, los hacía. Donde había basura, levantaba la limpieza. Donde había abandono, sembraba comunidad. Donde había miedo, enseñaba valor. Y hoy Dios la recibe no como a una oveja, sino como a una pastora de su pueblo”, expresó.

Anécdotas que arrancan sonrisas

Cynthia Rentería, también integrante de Paso del Sur, contó una anécdota que hizo sonreír a los presentes: “Durante las guardias que hacíamos para cuidar el barrio de las demoliciones, Toñita me decía: ‘Métete al carro, Cynthia, hace frío, te vas a enfermar’. Ella cuidaba de nosotros como si fuéramos sus hijos. En una lucha donde vigilábamos edificios, ella vigilaba nuestros corazones”.

Uno de los momentos más emotivos llegó con la intervención de Arturo Gallardo, sobrino de Toñita, quien viajó desde California para despedirla. Su voz tembló entre la emoción y la certeza: “Creemos en los ángeles, y uno de ellos fue mi tía. Ella cuidó de su esposo, de su madre, de su tía, y de un barrio entero. Hoy se une al ejército de ángeles de Dios, y desde allá seguirá velando por Duranguito”.

A su lado, Víctor, otro sobrino, agregó: “Nos enseñó que la humildad no está en decir que uno tiene poco, sino en compartir lo mucho que se es. Ella siempre tenía un plato de frijoles, una palabra de aliento, un consejo. Si El Paso tiene alma, Toñita fue una parte de ella”.

“Fue una gran esposa, una mujer valiente. Todo el mundo la quería. Donde había necesidad, ella llegaba con un plato de frijoles y una sonrisa. Era un ángel en la tierra, y deja un ejemplo que no se borra”, remató.

Alicia, otra sobrina de Toñita, recordó que su tía fue, para toda la familia, una figura maternal: “Mi mamá y mis tías Toñita y Josefina eran como nuestras tres madres. Nos cuidaban, nos regañaban, nos enseñaban. Y cuando Toñita se enfermó, mi prima Patricia la recibió en su casa. Por eso decimos que en nuestra familia hay ángeles, porque ella nos enseñó a cuidar sin esperar nada a cambio”.

El último adiós en Monte Carmelo

Cuando la carroza gris partió hacia el cementerio Monte Carmelo, un grupo de mujeres levantó sus manos al cielo. “¡Sí se puede!”, gritaron, y el eco resonó entre los cipreses.

Al llegar al cementerio, ubicado en el Valle Bajo, los sobrinos esperaron en silencio a que se abriera la portezuela trasera. Con solemnidad cargaron el féretro cubierto de flores hasta la tumba donde descansaba su esposo, Raymundo Morales, fallecido años atrás, y donde ahora reposan los restos de una mujer que hizo de su barrio su causa, y de su causa, su vida entera.

El viento del desierto levantó pétalos sobre la tierra recién abierta. Algunos vecinos se persignaron, otros alzaron la voz con un “¡Sí se puede!”, y todos comprendieron que aquella mujer menuda, de voz suave y alma indoblegable, no se iba del todo.

El mariachi abrió con “Amor Eterno”, pero fue la interpretación de “Mujer Luchadora” la que arrancó lágrimas colectivas. “Esa canción parecía escrita para ella y para su compañera Romelia”, dijo una de las vecinas más veteranas, quien recordaba a ambas como “las dos columnas del barrio”.

En el servicio religioso, la pastora local habló de Toñita como una “sierva incansable del bien común”. Recordó que su fe y su sentido de justicia iban siempre de la mano.

Al despedirla, Romelia Mendoza, su vecina y compañera de lucha, colocó una flor blanca sobre el féretro. “Toñita no se fue. Nos dejó su voz, su ejemplo, su fuerza. Y mientras en Duranguito quede una piedra, una planta, o un niño que la recuerde, ella seguirá viva”, expresó.

Un legado que continúa

Compañeros de la organización civil dieron a conocer que este 2 de noviembre, a las 6:00 p.m., se inaugurará un altar comunitario en su honor, en 323 Chihuahua Street, el corazón de Duranguito. Vecinos y amigos invitaron a llevar flores, veladoras y fotografías para celebrar su vida y continuar su legado.

“Toñita Flores Morales no fue solo una vecina. Fue el alma de un barrio, la chispa de un movimiento, la voz que dijo ‘no’ cuando muchos callaron”, dijo uno de los deudos mientras acariciaba el ataúd.

Aunque el viento del otoño se llevó sus cenizas, su ejemplo sigue soplando fuerte entre las calles que ella ayudó a limpiar, cuidar y defender. “Duranguito sigue en pie, y Toñita, desde su cielo fronterizo, sigue luchando”, exclamó con orgullo una de las mujeres de la agrupación defensora del barrio y la comunidad.

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