Chihuahua.- El registro histórico de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) ubica a Chihuahua con grave déficit hídrico anual, pues sale del estado un volumen promedio de 7 mil 275 millones de metros cúbicos de agua y sólo ingresan 390 millones, lo que se traduce en apenas el cinco por ciento del total.

Al estado ingresan caudales provenientes de Texas y Durango, pero salen en mayor medida a Sonora y Sinaloa sin control alguno por la forma natural de las corrientes, así como al río Bravo para cumplir con las disposiciones del Tratado Internacional de Límites y Aguas.

Pese a esta disparidad, la entidad no recibe a cambio programas como el pago de servicios ambientales o inversiones extraordinarias.

En el “Análisis de diferentes tipos de agricultura para la conceptualización de una nueva ruralidad. El caso Chihuahua” -realizado por Víctor Quintana y Martín Solís como consultores de la sede subregional de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) en México- es consignado el principal problema de la producción rural del estado.

“Como corresponde a un estado tan extenso, pero árido como Chihuahua, las corrientes de agua, es decir, los ríos y los arroyos, son abundantes, pero en su inmensa mayoría son estacionales. Sólo unos cuantos llevan agua todo el año, aunque en el tiempo de secas su caudal se reduce al mínimo”, asientan los investigadores.

El río Conchos aparece como el más importante del estado y además el principal afluente mexicano del río Bravo. Su cuenca cubre más de la mitad de los 67 municipios del estado. En su curso están las dos represas más grandes de la entidad: La Boquilla y El Granero.

La hidrografía de Chihuahua, dada la gran extensión del estado, se distribuye en varias cuencas y regiones hidrológicas, que son Sonora Sur y Sinaloa hacia el océano Pacífico; Bravo-conchos, hacia el Golfo de México; al norte y noroeste, Cuencas Cerradas del Norte y, al sureste, Mapimí.

“Este es en buena parte el problema de Chihuahua. Hay muchas corrientes de agua en su territorio, así sean intermitentes, que captan muy importantes caudales por las lluvias, nevadas o deshielos. Sin embargo, la mayor parte del agua se vierte en otros ríos que van a dar a otras entidades federativas e irrigan fértiles valles en ellas”, explican.

“En las montañas chihuahuenses nacen ríos cuyas aguas no se aprovechan en el estado más que parcialmente, pero que se convierten en una importante fuente de riqueza para otras entidades, ya sea en la vertiente del Bravo o en la de los ríos Yaqui, Mayo y Fuerte”.

Un saldo desfavorable

El saldo es desfavorable en los escurrimientos que ingresan al estado y los que salen cada año, por lluvias, nevadas y deshielo, principalmente de las zonas más favorecidas por las precipitaciones.

Por el norte del estado ingresa agua a Chihuahua por Texas proveniente del Río Bravo o Río Grande, como se le denomina en Estados Unidos. El registro de 2020 asienta que por esa región entró a la entidad un volumen de 120 millones de metros cúbicos por el alto Río Bravo.

De Durango, por el Río Florido, también fluye agua a los valles del sur de Chihuahua, por 270 millones de metros cúbicos.

En contraparte, de Chihuahua a Sonora fluye un volumen estimado de cinco mil 648 millones de metros cúbicos y a Sinaloa 930 millones de metros cúbicos, producto de los escurrimientos naturales de la zona boscosa de la entidad.

Además, Chihuahua aporta por el Río Conchos en la salida noreste de la entidad, 697 millones de metros cúbicos de agua al bajo Río Bravo, como parte del Tratado Internacional de Límites y Aguas de 1944 con Estados Uni- dos, para pagar parte de lo que envía el país vecino a los valles de Baja California y Sonora por el Río Colorado.

“A cambio de esta entrega no recibe (Chihuahua) compensación de ningún tipo, ningún pago por servicios ambientales, lo que torna muy precaria la disponibilidad de agua para el estado y lo hace depender en gran medida de las aguas subterráneas”, asientan Quintana y Solís en el extenso análisis del agua en el estado y su potencial de producción agropecuaria, que mantiene primeros lugares nacionales en diferentes rubros, pero está en el límite de la sustentabilidad.

Sin lluvias y con las presas secas

Los investigadores chihuahuenses señalan que la ubicación del estado en la latitud de los grandes desiertos del planeta lo hace especialmente vulnerable a las manifestaciones del cambio climático, sobre todo a las sequías.

“Este factor es clave para entender tanto la evolución del sector agropecuario chihuahuense como la disputa por el acceso a los recursos naturales y a los bienes de capital que amortigüen dicha vulnerabilidad, y, al mismo tiempo, profundiza las brechas entre quienes cuentan más recursos con los que contener o resistir los efectos del cambio climático y quienes no cuentan con ellos”, consideran.

La precipitación pluvial es vista como el primer factor determinante. En los 35 años que van de 1985 a 2020, en 25 de ellos la precipitación anual ha sido inferior a 500 milímetros y en 11 de estos, incluso inferior a 400 milímetros.

“Ahora bien, el ya de por sí exiguo volumen de precipitación no cae en su totalidad durante el ciclo productivo, lo que torna menos aprovechable el agua de lluvia para los cultivos. Solo llueve consistentemente un máximo de 17 días de junio a septiembre”, detallan.

“Además, la falta de humedad en el ambiente hace que la evaporación sea más fácil y no corra suficiente agua de lluvia para llenar presas y recargar mantos acuíferos (...) Este régimen de lluvias ha hecho que en los últimos cuarenta años se mantenga sin cambios significativos la extensión de la superficie sembrada en Chihuahua y la superficie cosechada siga las variantes de la precipitación”.

La situación actual de las presas reportada por la Conagua al concluir el ciclo agrícola de este año, el pasado 30 de septiembre, refleja con claridad cómo continúa agudizándose la problemática del agua en el estado.

El promedio de las 10 presas que hay en la entidad -ocho de las cuales son pequeñas en comparación con la gran capacidad de La Boquilla, la más grande de Chihuahua- cerró el mes pasado con apenas un 19.3 por ciento de almacenamiento.

En junio de este año, el promedio de las presas se encontraba en un 25.1 por ciento de almacenamiento, básicamente por un alto nivel de El Granero, el embalse ubicado en las aguas bajas del Conchos, en la salida al noreste de la entidad, por donde se aporta el agua para el tratado con Estados Unidos.

Anteriormente, había tenido cerca del 50 por ciento en agosto de 2023 y en agosto de 2022, tras las lluvias que aliviaron en parte los veranos de esos años.

Pero La Boquilla, ubicada en la corriente alta del Conchos, cerró septiembre con un 15.8 por ciento de almacenamiento este año, lo que no garantiza el siguiente ciclo agrícola; en junio de este año tenía un 21.9 por ciento; en agosto de 2023 y de 2022 rondó el 50 por ciento.

Las Vírgenes, en la corriente del Río San Pedro, terminó con apenas un 11.6 por ciento de almacenamiento y comenzó el ciclo agrícola de este año con apenas un 17.6 por ciento, nivel que tuvo altibajos gracias a pocas y ocasionales lluvias de semanas pasadas; en agosto del año pasado estuvo cerca del 50 por ciento y en el de 2022 alcanzó hasta un 107.1 por ciento, gracias a las lluvias con las que fueron favorecidas las regiones de los afluentes que corren a su vaso.

En este año, el bajo nivel de almacenamiento en la zona centro-sur de la entidad, la más productiva del sector primario estatal, no permitió la siembra de todas las hectáreas disponibles dada la falta de garantía de mayores volúmenes de agua; esa situación habrá de agravarse para la producción agrícola y pecuaria del siguiente ciclo.