Chihuahua— Chihuahua encabeza la lista nacional de suicidios con una tasa de 13.8 por cada 100 mil habitantes, más del doble de la media nacional de 6.7, de acuerdo con el informe preliminar del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) a propósito del Día Mundial para la Prevención del Suicidio.

De los mil 354 casos registrados por la Fiscalía General del Estado (FGE) entre enero de 2024 y agosto de 2026, Juárez concentra 358, y la ciudad de Chihuahua 352; entre ambos suman más de la mitad de las muertes por este motivo en el estado.

Según el Inegi, durante el año pasado se registraron 8 mil 709 suicidios en todo el país, mientras que en el estado de Chihuahua la Fiscalía contabilizó 476.

En lo que va de éste, de enero a agosto, suman 334 en la entidad. En 2024 fueron contabilizados 544 casos.

El desglose por municipio desde 2024 muestra que Cuauhtémoc registra 110, Guachochi 51, Hidalgo del Parral 40, Delicias 38, Bocoyna 33, Guerrero 27 y Guadalupe y Calvo 23.

El informe señala que a nivel nacional las personas de 15 a 29 años presentan la tasa más alta, con 10.2, y es la tercera causa de muerte en ese grupo.

En Chihuahua el fenómeno es aún más crudo: de 18 a 22 años hay 184 (el rango con más muertes), de 23 a 26 años, 156; de 31 a 35 años, 148; de 27 a 30 son 136, y de 12 a 17, 113.

Más de la mitad de los suicidios en el estado son de personas menores de 35 años, aunque hay casos entre menores de 0 a 11 años.

Tanto el Inegi como la Fiscalía coinciden en que el 80 por ciento de las víctimas son hombres, con mil 86 de mil 354 casos, mientras que 268 fueron de mujeres.

El método más común a nivel nacional, según el Instituto, es el ahorcamiento, con 89.5 por ciento, y el 70.3 por ciento ocurre dentro de la vivienda.

Día Mundial

Hoy es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una iniciativa global que, de acuerdo con la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), tiene como objetivo concientizar y sensibilizar a la población respecto a la importancia de reducir el estigma, promover la comprensión de sus causas y factores de riesgo, así como resaltar la necesidad de ofrecer apoyo.

Esta fecha fue promovida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP, por sus siglas en inglés).

Este día brinda la oportunidad de unir esfuerzos a nivel internacional con el propósito de fortalecer la detección de factores de riesgo, implementar programas de salud mental y difundir información de manera responsable.

Dignidad y prevención

Para la psicóloga Karen Palmira del Valle Rosario, “hay dolores que no hacen ruido. No siempre se anuncian con lágrimas, aislamiento o frases evidentes. A veces se esconden detrás de una sonrisa, de una rutina aparentemente intacta, de un ‘estoy bien’, de un cumpliendo en todas sus funciones y áreas que termina sonando convincente incluso para quien lo pronuncia”.

Según lo que refiere, hablar del suicidio exige algo más que prudencia: exige humanidad, ya que durante mucho tiempo el silencio se ha presentado como una forma de protección.

“Se pensaba que mencionar el tema podía provocarlo, que mirar de frente ese sufrimiento era peligroso o innecesario. Sin embargo, el silencio no elimina el dolor, con frecuencia lo deja más solo. Una persona que tiene pensamientos de muerte no necesariamente desea morir; muchas veces desea que termine un sufrimiento que se ha vuelto insoportable. Esta diferencia es importante. No para minimizar el riesgo, sino para comprender que detrás de una crisis suele haber una historia: una pérdida, una enfermedad, una experiencia de violencia, una situación de carencia, discriminación, soledad, agotamiento o desesperanza”, dijo.

Por lo anterior, señaló que prevenir el suicidio no puede reducirse a decirle a una persona que sea fuerte, que piense positivamente o que busque ayuda, dado que esas recomendaciones pueden ser insuficientes cuando alguien vive en condiciones que destruyen diariamente su seguridad y su esperanza.

Vivienda digna y espacio seguro

Aunado a eso, la especialista refirió que tener un lugar seguro donde vivir no es un lujo, pues ofrece estabilidad, intimidad y protección.

“Cuando una persona vive en la calle, enfrenta un desalojo, habita en condiciones de hacinamiento o teme perder su hogar, su capacidad para afrontar otros problemas se debilita profundamente”, indicó.

Del Valle señaló que la inseguridad habitacional produce ansiedad constante, hace más difícil dormir, cuidar la salud, mantener un empleo, continuar los estudios o recibir tratamiento adecuado o muchas veces necesario; también puede separar a las personas de sus redes afectivas y exponerlas a sufrir violencia o explotación.

“Por ello, las políticas de prevención deben considerar el acceso a viviendas seguras, asequibles y adecuadas. También deben incluir programas de apoyo para quienes atraviesan una crisis económica, eviten desalojos y faciliten alternativas habitacionales temporales. Proteger a una persona de quedar sin hogar puede ser una intervención de salud mental tan importante como una consulta profesional”.

Protección social

Explicó que la desesperanza no surge únicamente de conflictos internos; a menudo se alimenta de problemas concretos: desempleo, deudas, hambre, enfermedad, precariedad laboral, discriminación o falta de oportunidades. “Pedirle a alguien que resista sin ofrecerle condiciones mínimas para hacerlo puede convertirse en una forma de abandono”, dijo.

La psicóloga añadió que una red de protección social debe garantizar, de acuerdo con las necesidades de cada comunidad, acceso a alimentación, ingresos básicos, educación, empleo digno, cuidado infantil, seguridad social y apoyo para las personas mayores, enfermas o dependientes.

“Estas medidas no son ajenas a la prevención del suicidio: reducen la incertidumbre y permiten que las personas no tengan que enfrentar solas situaciones que exceden sus recursos. La salud mental no puede separarse de la justicia social. El sufrimiento psicológico se vuelve más intenso cuando la persona siente que no existe salida material a sus problemas. Cuidar la vida implica atender tanto las heridas emocionales como las circunstancias que las profundizan”, expresó.

La atención en salud mental debe ser accesible, confidencial, culturalmente adecuada y estar disponible antes de que la crisis se vuelva extrema.

“Esto requiere servicios de atención primaria preparados para identificar señales de riesgo, profesionales suficientes, atención comunitaria y mecanismos de seguimiento después de una crisis. También es indispensable que existan servicios de emergencia capaces de responder con respeto, sin revictimización”, señaló.

Explicó además que acompañar profesionalmente no significa quitarle autonomía a la persona ni decidir por ella, sino ayudarla a recuperar la capacidad de elección en un momento en que el sufrimiento puede hacerle ver la muerte como la única salida.

“La familia y las amistades también cumplen un papel importante, pero no tienen que convertirse en terapeutas ni asumir en soledad la responsabilidad de mantener a alguien con vida. Pueden acompañar a una consulta, ayudar a organizar una cita, permanecer cerca durante una crisis y colaborar con el plan de seguridad, siempre respetando la dignidad de la persona y buscando orientación profesional”.

Por último, dijo que si existe peligro inmediato, si la persona tiene intención de hacerse daño o no puede mantenerse a salvo, no debe quedarse sola.

“Hay que contactar los servicios de emergencia de nuestra ciudad, acudir a urgencias o solicitar apoyo inmediato a una persona de confianza. La atención profesional es fundamental en este proceso”, finalizó.

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