Nueva York—El enfoque de Trump recuerda a políticas del siglo XX, cuando Estados Unidos respondió a la llegada de extranjeros con leyes que privilegiaban a unos grupos y cerraban la puerta a otros.
En 1924, el Congreso envió un mensaje al mundo: ya no estamos dispuestos a recibir a “tus cansados, tus pobres, tus masas hacinadas”. Llevado por temores en torno al crimen, la demografía y las pérdidas económicas, estableció cuotas que limitaron la migración desde Italia, Polonia y Rusia. Prohibió de hecho la migración desde Asia. También instituyó un límite de 150 mil migrantes permitidos en el país en un año determinado, con lo que rechazó la visión planteada por la escritora Emma Lazarus en su famoso poema. “Se ha vuelto necesario que Estados Unidos deje de funcionar como un asilo”, dijo en ese entonces el representante Albert Johnson, republicano por Washington. Hoy en día, muchos historiadores ven que esas dinámicas se repiten, excepto que esta vez, el presidente Donald Trump está endureciendo las fronteras del país contra las masas hacinadas en gran medida por su propia autoridad. Mediante el uso de medidas administrativas, y respaldado por nuevos y amplios poderes avalados por la Corte Suprema, Trump ha reducido drásticamente todas las formas de migración. Ha prohibido el asilo en la frontera sur. Ha puesto fin a las protecciones contra la deportación para las personas provenientes de países marcados por desastres y guerras. Ha bloqueado a los refugiados excepto a un grupo de sudafricanos en su mayoría blancos. Ha instituido políticas que esencialmente detienen la migración a largo plazo proveniente de partes de Medio Oriente y África. Y ha tratado de limitar las tarjetas de residencia permanente para aquellos que podrían ser vistos como dependientes de los beneficios del gobierno. Al mismo tiempo, ha deportado a cientos de miles de personas y ha pagado a otras para que se vayan de manera voluntaria, utilizando amenazas de ser desterrados a terceros países peligrosos si se quedan. “Hay claros ecos de la década de 1920 en el enfoque sobre migración del gobierno de Trump. En ese entonces, la migración estaba restringida mediante cuotas nacionales explícitas establecidas por el Congreso”, dijo Julia Gelatt, directora asociada del programa de política de inmigración del Instituto de Política Migratoria, un centro de estudios no partidista. “Hoy, estamos viendo restricciones basadas en el país de origen promulgadas a través del uso expansivo de la autoridad ejecutiva. Pero ambos conjuntos de acciones se basaron en preocupaciones sobre quién pertenece a Estados Unidos y quién es visto como capaz de integrarse a una cultura nacional deseada”. Abigail Jackson, una portavoz de la Casa Blanca que desde entonces dejó ese cargo, dijo en un comunicado que el presidente y su gobierno se estaban concentrando en los problemas actuales. “El gobierno de Trump sigue sumamente enfocado en arrestar y deportar a los extranjeros ilegales criminales, mantener nuestra frontera segura de los extranjeros que buscan ingresar ilegalmente y poner a los estadounidenses en primer lugar en todas nuestras políticas, desde las restricciones de viaje hasta las operaciones de deportación”, dijo. “El enfoque principal del presidente sigue siendo hacer lo que es mejor para el pueblo estadounidense”. Como candidato, Trump prometió sellar la frontera y purgar al país de migrantes ilegales. Pero más recientemente, de manera muy similar al movimiento antiinmigrante de la década de 1920, el gobierno ha sido explícito sobre su creencia de que la cultura y la economía del país están siendo destruidas por la migración legal sin restricciones de ciertas partes del mundo. Eso se comunica claramente en los eslóganes adoptados por el gobierno de Trump en las redes sociales, incluyendo “importa al tercer mundo y te conviertes en el tercer mundo”. Al explicar por qué el gobierno había permitido que solo los afrikáneres, un grupo de sudafricanos en su mayoría blancos, ingresaran como refugiados, el secretario de Estado, Marco Rubio, citó su capacidad para asimilarse al país. Cuando la Corte Suprema ratificó la ciudadanía por derecho de nacimiento en junio, la cual confiere la ciudadanía a cualquier persona nacida en Estados Unidos, los funcionarios del gobierno de Trump aprovecharon el momento para denunciar a ciertas culturas. “Tenemos personas de todo el mundo, de naciones del tercer mundo, naciones que por sí solas nunca habrían inventado la rueda, y mucho menos la tecnología moderna, y mucho menos la medicina, y mucho menos los viajes aéreos”, dijo Stephen Miller, un alto asesor de la Casa Blanca que impulsa gran parte de la política de migración del gobierno, en Jesse Watters Primetime de Fox News. “Y simplemente pueden venir al país, tener un bebé en un hospital, pagado por ti y por mí, y luego ese bebé es en automático un ciudadano”. En las semanas posteriores, el gobierno ha intentado revivir partes de su prohibición de ciudadanía por derecho de nacimiento.Las severas medidas de la década de 1920
La Ley de Inmigración de 1924 fue impulsada en parte por la idea de que culturas particulares son inferiores y, por lo tanto, no pueden asimilarse en Estados Unidos. Johnson, el congresista de Washington, estaba afiliado a una poderosa organización que promovía abiertamente la eugenesia y tenía influencia en los círculos de formulación de políticas. “En general, los migrantes del noroeste de Europa nos proporcionan el mejor material para la ciudadanía estadounidense y para la futura construcción de la raza estadounidense”, escribió el grupo al respaldar la reducción de la migración a los niveles de la década de 1890, tal como lo hizo la legislación, según un artículo del 7 de enero de 1924 en The New York Times. “Tienen estándares de vida más altos que la mayor parte de los migrantes de otras tierras; tienen un promedio de inteligencia más alto, están mejor educados, son más calificados y, en general, son más capaces de entender, apreciar y apoyar nuestra forma de gobierno”. Los autores del informe dijeron que rechazar a los recién llegados del sureste de Europa reduciría la migración de aquellos que, según concluyeron a través de investigaciones ahora desacreditadas, eran más propensos a cometer crímenes y tenían “los grados más bajos de inteligencia”. Pero afirmaron que su intención no era degradarlos en comparación con los europeos del noroeste. La era de migración estrictamente limitada que marcó la ley de 1924 terminó en 1965, cuando el presidente Lyndon B. Johnson y el Congreso rehicieron nuevamente el sistema de migración del país en medio del movimiento por los derechos civiles. Abrieron nuevas vías para que los migrantes de fuera de Europa Occidental hicieran de Estados Unidos su hogar y permitieron a los ciudadanos estadounidenses solicitar tarjetas de residencia permanente para sus familiares en el extranjero. Miller ha condenado la ley de 1965 por socavar el éxito a largo plazo del país, al decir en una entrevista en The Will Cain Show en Fox News el año pasado que permitió “esta capacidad global de las personas en cada parte del mundo de venir a Estados Unidos, traer a sus familias a Estados Unidos, y luego eventualmente vaciar sus pueblos enteros y sus aldeas enteras hacia los Estados Unidos de América”. Miller ha recordado la era posterior a la década de 1920 como un período de grandeza estadounidense. “Lo que no te enseñan en la escuela es que, de 1920 a 1970, hubo una migración negativa”, dijo Miller en la entrevista en Fox News. “Hubo medio siglo de migración negativa. La población nacida en el extranjero disminuyó en un 40 por ciento durante medio siglo”. En ese mismo período, dijo, “la población de Estados Unidos se duplicó a partir del parto natural. Ese fue el crisol en el que se formó una identidad nacional compartida y unificada”. Es por eso que algunos ex funcionarios de migración creen que Miller y el gobierno de Trump están erradicando silenciosamente las medidas de 1965, en particular mediante una prohibición a la migración a largo plazo proveniente de 75 países emitida en enero.