A simple vista, Samalayuca es sinónimo de dunas y aventura. Sin embargo, detrás de la arena dorada y del rugido de los motores de los vehículos todo terreno, se esconde una historia muchas veces ignorada.
Este lugar, ubicado al sur de Ciudad Juárez es un tesoro histórico, cultural y natural que guarda secretos fascinantes.
Antes de que existieran los caminos, los complejos turísticos o los recorridos guiados, las tierras de Samalayuca ya eran hogar de antiguos habitantes. Prueba de ello son los petrograbados que aún se pueden observar en algunas zonas del desierto. Estas piedras talladas, cargadas de símbolos y figuras geométricas, son testimonio de las culturas ancestrales que dejaron huella en la región.
El historiador Hernani Herrera destaca que esta zona —que incluye la sierra y los médanos de Samalayuca— es particularmente rica en vestigios arqueológicos. No solo hay petrograbados, sino piezas de cerámica, puntas de flecha y otros restos de culturas milenarias.
“Los petrograbados, en particular, se identifican con estilos como el Mogollón y el Anasazi, relacionados con culturas que habitaron el sur de Estados Unidos y el norte de México”.
Según estudios del arqueólogo Eduardo Gamboa, menciona Herrera, estos grabados pueden datar desde el 6000 a.C. hasta 1350 d.C., aunque también se han identificado figuras más recientes, como carretas, que reflejan la influencia del Camino Real de Tierra Adentro en la época colonial.
Muchos de los símbolos tallados en piedra, explica Herrera, están hechos con trazos simples —líneas, círculos y triángulos— que sintetizan formas humanas o elementos naturales. Algunos incluso se han vinculado a representaciones mesoamericanas, como la de Tláloc, el dios de la lluvia.
Estos grabados son, en palabras del historiador, “una forma de ver el mundo” de distintas culturas que pasaron por la región. La interpretación de los petrograbados sigue abierta, incluso para los visitantes, quienes pueden encontrar en ellos su propia lectura del pasado.
Uno de los rincones más enigmáticos e históricos es la ex Hacienda Ojo de la Casa, una construcción que parece detenida en el tiempo. Esta propiedad perteneció a Inocente Ochoa y fue durante décadas un punto de encuentro para figuras históricas.
Hernani Herrera relata que fue en 1865, durante la Segunda Intervención Francesa, cuando Benito Juárez entregó esas tierras a Inocente Ochoa, como parte de las gestiones de gobierno que impulsaban la propiedad privada. La hacienda operó como una unidad ganadera y más tarde, durante la Revolución Mexicana, fue testigo de un desayuno villista donde las tropas de Pancho Villa degustaron un típico guiso norteño con frijoles y tortillas de harina.
Aunque los documentos oficiales sobre estos hechos son escasos, la historia oral de la comunidad alimenta la memoria colectiva, transmitiendo relatos que, aunque se transforman con el tiempo, son parte fundamental de la identidad local.
Para los amantes de la adrenalina, las Dunas de Samalayuca ofrecen un paraíso natural. Con sus imponentes montículos de arena, que alcanzan hasta 40 metros de altura, son el escenario perfecto para practicar sandboard. También se puede hacer senderismo en la sierra de Samalayuca, ciclismo, paseos en vehículos todo terreno o simplemente contemplar un atardecer que tiñe el desierto de tonos rojos.
Viviana Velador, habitante del pueblo y guía de turista, comparte que los paseos por las dunas son de lo más placentero y relajante. A través de su página Turistiando por Samalayuca en Facebook, se organizan actividades como sandboard, recorridos en cuatrimoto, caminatas por la sierra y visitas guiadas por los petrograbados.
Velador también menciona que el interés turístico ha crecido notablemente en los últimos años. “Cada fin de semana se encuentra saturado de visitantes que disfrutan las actividades en familia”, asegura. Este auge ha beneficiado a la comunidad, generando empleos temporales y fomentando el comercio local.
Después de una jornada intensa de exploración o deporte, los restaurantes del pueblo ofrecen un respiro cálido y sabroso. La cocina local es un viaje: platillos típicos del norte de México, como caldos, guisados, frijoles y quesos frescos, deleitan a los visitantes.
Samalayuca también es hogar de una sorprendente biodiversidad. En sus tierras habitan gatos montés, pumas, liebres, serpientes, tarántulas, coyotes, y aves como el halcón y el corre caminos. Viviana cuenta que además es común ver ardillas, cotuchas, lagartijas y conejos en la vida cotidiana.
La flora, aunque resistente y escasa, tiene sus joyas: destaca el ocotillo, una planta delgada y espinosa que crece en vertical y florece en rojo intenso después de las lluvias, pintando de color el desierto.
Uno de los secretos más bellos y menos conocidos de Samalayuca es la Rosa del Desierto, una formación mineral que parece una flor esculpida en piedra. Se forma cuando el yeso absorbe agua y, al evaporarse rápidamente, se compacta con la arena para dar lugar a figuras cristalizadas. Cada una es única.
“Es impresionante ver una por primera vez”, comenta Viviana, “te queda la duda si fue hecha de forma natural”. Para los pobladores, la Rosa del Desierto es un símbolo de identidad, ya que Samalayuca es uno de los pocos lugares en el mundo donde se pueden encontrar.